Sergio no paró de darle vueltas a lo que le había dicho Carlos. Sabía de sobra la inquina que se tenían los hermanastros.
En primaria eran conocidos por llevarse bien, pero al entrar en secundaria ya mostraron su verdadera familiaridad. Tanto el cansancio de Jennifer por el pasotismo de Carlos como la envidia corrosiva que él le tenía a ella.
Y aún así, Carlos no dejaba de tener razón; Jennifer se había enganchado demasiado rápido a Brian como para que fuera solo un interés puramente escolar.
Si le gustaba, lo había ocultado bien. Porque no mostró en ningún momento predilección hacia el americano por encima del resto de los chicos de la clase.
Y sin embargo su mente volvía a las palabras de Carlos. Él era un simple lacayo enamorado de su señora y ella siempre le vio como eso y nada más.
Intentó distraerse ayudando a su hermano pequeño y le encontró dibujando esquemas de fútbol en un cuaderno. Le sorprendió lo bien que tenía detallada a la chica del dibujo y le provocó una dulce empatía que el pequeño Alejandro también dibujara a la chica que le gustaba.
—Cada día dibujas mejor, Álex.
El chico levantó la vista y se colocó las gafas.
—Gracias. Aunque no llego a tu nivel ni por asomo.
Sergio señaló la cara tan detallada de la ilustración.
—¿Es esa chica que te gusta?
Se le encendieron tanto las mejillas, que pareció que el naranja de su pelo se había vuelto casi neón.
—Sí.
Sergio sonrió con empatía y le trajo su cuaderno de bocetos.
—No eres el único que está coladito por una compi, Bro.
Le enseñó esos rinconcitos donde Jennifer residía entre fachadas y bocetos.
—Ella también se ve guapa. —El pequeño sonrió al decirlo.
Sergio le alborotó un poco el pelo y se lo dejó un rato para que lo observara.
Llegó la hora de la cena y enseguida se fueron a acostar.
La noche se le hizo bastante pesada cuando volvió a pensar en Jennifer sobando a Brian como si le estuviera moldeando en arcilla.
Cada vez se le hacía más verosímil esa escena y eso le cabreó muchísimo. No pudo dormir en absoluto.
Al día siguiente, intentó que no se le notara las ojeras y cuando se lavó la cara, procuró que fuera con el agua especialmente fría.
Jennifer llamó a su puerta a la hora de siempre.
Cuando se dispuso a salir, vio que no estaba sola.
—Hola, Carlos.
—El diamante en bruto de bachillerato de artes se ha despertado cansado hoy, ¿te ha faltado tomarte el zumo de naranja esta mañana?
La sorna no le impidió plantarle un brick en todo el pecho.
Jennifer rodó la vista y se puso en marcha. Su hermanastro y su mejor amigo la siguieron.
Al llegar a la puerta del instituto, tuvieron que esperar a que abrieran para entrar. Carlos dió un paso atrás y les indicó que procedieran sin él.
Jennifer mostró auténtico alivio y Sergio también. Y prosiguieron sin rechistar.
Al principio de la acera, a la vuelta de la esquina, era Brian quien llegaba algo justo de hora.
—Hola, cuñado. —le comentó Carlos cuando el americano llegó a su altura.
—¡Charlie, hello! —Miró a ambos lados y creyó entender mal— ¿Cuñado, conoces a mi hermana?
—¡Pero mira si eres atractivo, que la energía se quedó en el cascarón! —Se cruzó de brazos al contemplar al rubio— Tú sí que conoces a mi hermana, Brian Walker.
—¿Qué hermana?
—Ayer, en el descanso, te acercaste a Jennifer Sastre.
—Ah, ok. Eres hermano de Jennifer.
—Iré directo al grano. Me he fijado en que ella te idolatra como si fueras Bad Bunny, y he pensado en que deberías saberlo.
Brian miró a las otras dos chicas que le acompañaban. Lo ignoraron y siguieron a clase.
—Quisiera saber qué interés tienes en ella. Si te gustaría salir con ella y tener algo en serio. —Carlos sonrió al comentarlo.
Brian se quedó sorprendido y tardó en contestar.
—¿Serio? ¡No! —Negó con vehemencia—. ¡Será mi sastra!
—¡Oh, pues lo siento por tí!
—No te entiendo, Charlie.
—Conozco a mi hermana y sé que si ahora le dices que le has pedido esa cita solo para que te tome medidas; se va a entristecer tanto que va a hacer el traje fatal.
Brian se llevó las manos a la boca, casi por asombro.
—No parece la Jennifer que hablé ayer.
—Hazme caso, ayer estaba hecha un flan. ¡Hasta tuvo que apoyarse en el pobre Sergio para atreverse a hablar contigo!
El chico recordó la manera en la que ese amigo la tuvo que recordar esa supuesta propuesta y lo dió por bueno.
—Pero yo no quiero novia, solo quiero ponerme su ropa.
—Pues es así, Adonis, o todo o nada.
Brian sopesó todas las opciones. O se arriesgaba a suspender un trimestre más y le mandaban sus padres de vuelta a Ohio con la familia; o le daba un poco de esperanzas a la modista para que le usara de modelo y poder terminar el curso en Madrid.
—Gracias por el consejo, Charlie. Quieres mucho a tu hermana.
—No te haces una idea de lo que siento por ella.
El americano fue a clase con una idea clara de los pasos a seguir, y no era la de trabajar en la granja de los abuelos.
Cuando llegó al aula, vio que Jennifer y Sergio hablaban de manera distendida entre ellos y cómo al aparecer él, se sentaron en silencio. Entendió que Carlos tenía razón.
Cuando apareció la profesora de historia del arte, todos se callaron para atender.
Una a una fueron pasando las asignaturas hasta llegar la hora del descanso; en la cuál, Brian se acercó a Jennifer sin titubeos.
—Podríamos cambiar el teléfono y ya concretamos la cita.
Todas las chicas de clase exclamaron expresiones inconclusas de envidia o admiración. De repente, Jennifer se sentía el centro de la clase, y con razón.
Una sonrisa de bobalicona apareció en su cara mientras sacaba el teléfono para abrir los contactos.
Sergio no pudo mirarles del dolor que sentía en el pecho. Y sin embargo, aunque mostraba concentración en recoger su estuche y su mochila, quien más sonreía era Carlos.
Editado: 03.08.2026