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Cap. 4: Torero (Chayanne)

Sergio se moría de celos; no quería admitirlo, pero era algo demasiado peligroso como para no reconocerlo a estas alturas.
Se había conformado con estar a la sombra de Jennifer porque se sentía suficiente para la chica que iba tan libre por la vida que todos la admiraban.
La miraba de reojo en plena clase de historia del arte. Y se dió cuenta de que ella se giró hacia él.
—¿Y bien?
Centrado y hundido por el remolino en el mar de sus pensamientos, le llamó la atención.
—¿Qué pasa?
—Sergio, ¿responde usted a la pregunta o paso al siguiente alumno? —preguntó la profesora.
—¿Qué pregunta?
Jennifer estiró la cara y la profesora puso los ojos en blanco.
—¿Sabría decirme qué tienen en común Francisco de Goya y Lidwing van Beethoven?
—¡Yo, yo! —El compañero de pupitre de Brian levantaba nervioso la mano.
—¿Mateo? —La profesora se cruzó de brazos—, responda.
—¿Ambos fallecieron sordos?
La mayoría atropelló una risa.
—Razón no le falta, pero eso es solo el motor de lo que daremos hoy. ¿Cómo cambió esa condición en la representación que hicieron ambos artistas en sus respectivas disciplinas?
Mateo, el único alumno con la capacidad de componer, tocar la viola y el piano de oído y, aún así, parecer el más estúpido de la clase, abrió la página correspondiente del libro de texto.
El chico repasó la página, pero Brian se le adelantó y señaló en el libro de su compañero el dato.
Respondió de inmediato y Jennifer miró a Brian con una admiración desmedida.
Carlos, que estaba sentado delante de ella, lo había observado todo. Miró con interés a Sergio hasta que se dio cuenta. Una sonrisa de satisfacción y veracidad mostrando un“te lo dije” al compañero de su hermanastra le dio el placer de que las cosas salieran solas.
Tras pasar las clases sin pena ni gloria; en una de las clases optativas, donde Jennifer acudía a anatomía y Sergio a maquetación; Brian se acopló a la chica y la acompañó a su clase.
—¡Anda! ¿Tú también vas a anatomía?
—Yo estaba en plantas y macetas… ¿cómo se dice, jardinera?
La sonrisilla de boba de Jennifer solo sirvió para darle la razón a Carlos a ojos de Brian.
—Se dice jardinería, Brian. —respondió.
Al chico le gustaba la atención. Quizás más de lo que se podía admitir. Y sentir la atención de la mejor modista del instituto no se sentía para nada incómodo como se pensó en un principio.
La observó con detenimiento y le gustó ese brillo rojizo que encontró en las ligeras ondas marrones de su pelo. Y que sus ojos fueran del color exacto de la Coca Cola le hizo gracia.
—¿Es profesor o profesora? —Intentó desviar sus pensamientos distrayentes.
—¿Anatomía? —Jennifer abrió la puerta sin apartar la mirada de Brian—. Tenemos un profesor algo quejica llamado Ricardo.
—¿Quejica, señorita Sastre? —el profesor le había pillado con la palabra en la boca; aunque su mirada fue directamente al americano—. ¿Y usted, quién es?
—¡El peor alumno de jardinería, Brian Walker!
El chico extendió el brazo con energía y, con una sonrisa blanca y limpia en su cara, hizo que el profesor se derritiera de inmediato.
—¡Espero que no vengas como alumno! —el profesor sonrió con suficiencia— ¿quieres posar para que te dibujemos toda la clase?
El chico aceptó de buena grado y solo tendría que estar sentado durante las dos horas de clase.
Con el cuaderno de bocetos abierto en su caballete, Jennifer notó una presencia inquietante sobre ella. Se giró para ver a la cara a rsa persona que le estaba respirando directamente en la oreja.
Una chica de cabello dorado y media melena la sonreía a veinte centímetros de su cara.
—¿Hola?
—Hola, soy Miriam, la fan number one del guapo Brian Walker desde que está en el Valdés Franco. —Hablaba con prisa y ligereza, como si la lentitud fuera su peor enemiga—. ¿Cómo has conseguido traer a la clase de anatomía al mejor esculpido de todos los alumnos?
Se asustó un poco de la velocidad con la que Miriam hablaba.
—Quiere que le use como modelo…
—¡Cómo modelo sería perfecto!, tiene la cara perfecta para que un simple paño de cocina parezca de diseñador.
Esa descripción le pareció demasiado exagerada y precisa al mismo tiempo.
—¿No querrás decir un pañuelo?
—Oye, que yo quiero ser ilustradora. —Miriam se encogió de hombros—. ¿Qué sabré yo de telas? ¡Todos los alumnos de dibujo quieren dibujarle a él, a ti o al timidito de maques!
La cabeza de Jennifer cortocircuitó.
—¿De quiénes me hablas?
—La bella promesa del diseño, Jennifer Sastre, y el príncipe de la firma Castro Arquitectos.
Era demasiado para su mente. ¿Acaso todos en el bachillerato artístico creían que era tan guapa? Le chocó que metieran a Sergio Castro en la ecuación, pero lo dejó pasar.
—Yo prefiero tener las manos ocupadas. —respondió Jennifer desviando el tema.
—¿Te puedo pedir una cosa? —Una sonrisa de ilusión se acercó demasiado.
Jennifer se apartó un poco.
—¿Qué cosa? —preguntó con algo de temor.
—Me vendría muy bien dibujar alguna puesta en escena de alguien trabajando —Miriam señaló su cuaderno de bocetos, lleno de manos mal estructuradas con herramientas variadas—. Y el hecho de que tú me parezcas una belleza es un plus añadido.
Jennifer se quedó sin habla por un momento. Al mirar a Brian, tan absorto en mantener una postura seria, sabía que le tenía que tener en cuenta.
—Suelo ir los sábados a ver telas y, si Sergio y Brian aceptan, podrías venir con nosotros.
Miriam se irguió como si se hubiera chocado con una pared, con los ojos abiertos como platos.
—¿Cuántos bellezones van a ir a esa excursión?
Definitivamente era el mismo “Castro”. Le hizo gracia que les llamara a los tres con ese apelativo.
—Yo soy la modista y Brian es el modelo. Sergio nos acompaña… —Se pensó la respuesta y no la halló—, porque siempre viene conmigo.
La ilustradora dulcificó su gesto y ya parecía incluso una persona tranquila.
—También me hacía falta experiencia en dibujar expresiones masculinas porque ante el espejo no me sirvo.
Esa explicación le bastó para intercambiar los contactos.
El siguiente sábado se planteaba muy movidito y eso le dió el atisbo de energía suficiente para atender en clase y dibujar al modelo, que es clase sería el de todos.




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