Under My Wings

21-. Amor

"Te quiero muchísimo." La frase que retumbaba en mi cabeza desde el momento en que la escuché.

Amor. Ese estúpido y confuso sentimiento que, probablemente, era lo único que me mantenía vivo. De no ser por eso, tal vez me habría rendido hacía un buen rato.

No sabía cuánto tiempo llevaba encerrado en aquel oscuro lugar. ¿Días? ¿Semanas? O peor aún, ¿meses? Fuera como fuera, durante todo ese período solo me dedicaba a observar mi cuerpo inmóvil con la esperanza de que volviera a reaccionar.

Por desgracia, no se notaba ningún tipo de mejoría en mi estado físico. Aunque al menos me tranquilizaba saber que la situación tampoco había empeorado.

Según el informe que hicieron los doctores, uno de mis neumáticos reventó de repente, y esto me hizo impactar con un gran árbol, salí disparado por encima del cinturón de seguridad, atravesé el parabrisas y caí de cabeza contra el suelo. Gracias a este impacto, sufrí un peligroso traumatismo craneal que causó mi actual estado de coma.

Aun así, todos dicen que fui muy afortunado, y que ese golpe habría matado a cualquiera. Sin embargo, puedo asegurar que "afortunado" no es la palabra que usaría para describirlo. Tal vez "mierda" se aproximara más a mi estado anímico.

También recuerdo que, durante una visita de Albert, un doctor entró a la habitación con un gran sobre amarillo en la mano. Este tenía mi nombre escrito en el reverso, y en su interior estaban un par de radiografías tomadas de frente y perfil. Según lo que pude escuchar en aquella conversación, había sufrido varias fisuras a lo largo del cráneo, y por lo tanto, al despertar, me tomaría mucho tiempo recuperarme por completo... Claro, eso si despertaba.

 

 

Para librarme de estos pensamientos negativos, dirigí la mirada hacia la única ventana en la habitación, y al observar la luz de la luna, me di cuenta que ya era de noche. ¿Cuántos días habrían pasado desde la última visita de mis amigos? No valía la pena contarlos, después de todo, no podía hacer nada al respecto.

Coloqué los pies en el suelo, me levanté del borde de la camilla y salí por la puerta de la habitación trece. Necesitaba despejarme. Fui hacia la enorme salida del hospital, y como era de esperarse, nadie podía verme.

De improviso, mis piernas tomaron el control y empezaron a caminar solas hacia algún lugar, a lo que solo me limité a observar el camino con total desinterés. Al fin y al cabo, si algo abundaba, era el tiempo.

Al cabo de unos cuantos minutos andando, me detuve de golpe frente a una fachada bastante conocida. Mi casa. Entré por la puerta trasera, echándole un vistazo rápido a los alrededores, y para mi alivio, todo estaba tal y como lo había dejado. Hecho un completo desastre.

Al recorrer el pasillo de entrada, más de un recuerdo vino a mi mente, y casi pude observar a mamá terminando de preparar las cosas para mi primer día de escuela mientras que yo temblaba de nervios junto a la puerta. Di varios pasos más allá y llegué hasta la sala, donde se encontraba mi viejo sofá de cuero negro.

En él, vi cómo se materializaba el recuerdo de aquel día junto a Eve. Cuando murió mi madre y ella quiso acompañarme para terminar durmiendo abrazados. Por un breve instante, pude contemplar a Eve sentada, con su cabeza recostada sobre mi hombro mientras que yo acariciaba su larga cabellera e intentaba no derrumbarme.

«Demonios», suspiré. «Nunca creí que sentiría tantas cosas al mismo tiempo.»

Subí las escaleras, y por pura nostalgia, no pude evitar asomarme a la alcoba de mi mamá. Allí estaba ella, vestida con una sencilla bata de color azul claro y su cabellera castaña recogida en una coleta. Como de costumbre, cantaba en voz baja, a la vez que organizaba varias de sus cosas sentada en el borde de la cama.

Con un nudo en la garganta, corrí a abrazarla, a lo que ella me vio, se levantó y extendió los brazos hacia mí. Por desgracia, mi cuerpo pasó de largo y supe que solo se trataba de una ilusión.

—No te imaginas cuánto te extraño, mamá —confesé cabizbajo—. Han pasado miles de cosas desde que te fuiste.

—Yo también te extraño, Chris —respondió, esbozando una pequeña sonrisa.

—Debí haberte abrazado la última vez que te vi, ahora daría lo que fuera por hacerlo.

—Yo lamento no haber estado allí cuando más me necesitabas —se disculpó—. Ahora no puedo hacer nada útil para ayudarte.




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