Under My Wings

31-. Adiós

Eve:

Aquellos tres días transcurrieron con mucha rapidez, y antes de darme cuenta, ya era jueves. No tenía muchas amistades de las que despedirme, y eso en particular lo hacía más difícil para mí. No sabía cómo decírselo a mis amigos, y peor aún, no sabía cómo decírselo a Chris. Me iría a una nueva ciudad para volver a ser aquella chica rara con la que nadie quiere hablar.

Sentí un fuerte ardor en el pecho, y de repente, me dieron ganas de llorar.

«Tranquilízate, Valentine», respiré hondo. «Recuerda que no estás sola». Cerré la puerta de mi casillero e intenté calmarme. No podía dejar que me vieran así.

Apreté los puños, y poco a poco recuperé la compostura. A continuación, me giré y observé que Chris caminaba por el pasillo con la mirada perdida. Iba vestido con un pantalón negro, zapatos deportivos y una camiseta totalmente blanca.

Debía decírselo de una vez o nunca sería capaz de hacerlo, así que me armé de valor y fui hacia él. Sin embargo, antes de que pudiera acercarme, Larissa se adelantó.

—¿Entrenaremos hoy? —se quedó mirándolo con coquetería.

—No lo creo, tengo cosas que hacer —respondió Chris, antes de seguir su camino—. Tal vez mañana

—Entonces te estaré esperando.

La miré de arriba a abajo con desprecio y mordí mi labio inferior, tratando de resistir la tentación de darle una bofetada. Y para empeorar todo, la chica vino en mi dirección. Con toda la naturalidad que pude, actué como si no la viera y fingí que escribía algo en mi teléfono.

—Ahora Chris es mío, guapa —dijo con una sonrisa socarrona, lo que bastó para que guardara el móvil y le plantara cara.

—No lo creo —me crucé de brazos.

—Eve, es normal que estés celosa, después de todo, yo tengo estas —se señaló los senos.

—No me interesan ni tú ni tus bolsas de grasa —gruñí—. No estoy de humor para esas estupideces.

—¿Por qué te molestas? Podemos compartirlo —se acercó a mí lentamente.

—No, gracias —retrocedí unos cuantos pasos—. Él es mío.

—Eres jodidamente sexy cuando te molestas, ¿lo sabías? —soltó, acorralándome contra los casilleros.

Intenté quitármela de encima con un empujón, pero atrapó mi rostro con sus dedos, y para mi sorpresa, me dio un rápido beso con lengua.

—Tus labios son suaves —se relamió y sonrió—. Me gusta.

Quedé petrificada por unos segundos, y al reaccionar, le di un fuerte bofetón.

—¡No vuelvas a hacer eso! —rugí furiosa.

—Te gustó y lo sabes —volvió a acercarse—. Ven, no te resistas.

Nuevamente me acorraló, pero antes de que pudiera intentar algo, le propiné un puñetazo en la mejilla. La chica retrocedió un poco y me conectó un codazo tan fuerte en la sien izquierda que caí sentada al suelo.

—Parece que te gusta hacer todo por las malas —gruñó, colocándose la mano donde había recibido el golpe—. En ese caso, tendré que darte una paliza.

Apenas dijo esto, se sentó sobre mi abdomen y me conectó un par de ganchos en las costillas.

—¡Quítate de encima, asquerosa! —grité, dándole un par de puñetazos en los pechos.

Larissa bajó la guardia para cubrirse y tiré de su cabellera para echarla a un lado. Le estampé una contundente patada en el rostro, e inmediatamente, me reincorporé. No quería seguir luchando, así que traté de irme lo más lejos posible.

—¿Dónde crees que vas? —masculló mi rival, limpiándose la sangre del labio—. Aún no terminamos.

—¡Pelea de gatas! —escuché gritar a alguien, y segundos después, nos vimos rodeadas por varios curiosos.

—¡Pelea, pelea, pelea! —coreaban al unísono.

—No habrá ninguna pelea, así que mejor... —logré decir, antes de que me interrumpiera un abucheo general. Durante ese descuido, Larissa aprovechó de derribarme con una patada en la sien, y se escuchó un vitoreo a lo largo del pasillo.




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