El viento olía a tierra húmeda y a hojas viejas cuando Maya salió del bosque con las manos llenas de flores silvestres.
—¡Te tardaste siglos! —se quejó Naia desde el camino, balanceándose sobre una roca como si quedarse quieta fuera imposible para ella.
Maya levantó la vista y sonrió apenas.
—Solo fui por flores.
—¿Y el bosque intentó adoptarte otra vez o qué?
Maya soltó una pequeña risa.
El sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas de Elaris, cubriendo los árboles con tonos dorados. A lo lejos ya podían escucharse los tambores de la Fiesta de la Luna.
Naia prácticamente sonrió de emoción.
—No puedo creer que por fin nos dejaran ir este año.
Maya no respondió enseguida.
Mientras caminaban hacia las luces del festival observó a varias personas atravesando el sendero frente a ellas. Algunos reían dejando ver colmillos entre sonrisas.
Otros tenían pupilas felinas que brillaban bajo el atardecer.
Todo eso era tan normal para ellos.
Tan natural.
Maya bajó la mirada hacia sus propias manos. Y sintió ese mismo vacío de siempre. Naia caminó hacia atrás para mirarla mejor.
—Ey. No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa cara de "voy a pensar demasiado y arruinar mi propia noche".
Maya rodó los ojos.
—No hago eso.
—Claro que sí.
Naia sonrió con descaro antes de girarse nuevamente.
Su cabello pelirrojo se movía de un lado a otro mientras avanzaba por el sendero.
Maya la observó en silencio. Siempre había admirado la facilidad con la que Naia encajaba en el mundo.
Todo en ella parecía instintivo: su energía, sus reflejos rápidos, incluso esa manera felina de moverse. En cambio, Maya sentía que llevaba toda su vida intentando alcanzar algo invisible.
Algo que nunca terminaba de entender.
Los tambores sonaron más fuerte. Poco después, los árboles comenzaron a abrirse, revelando el enorme claro iluminado por cientos de faroles flotantes. Las luces doradas parecían pequeñas estrellas suspendidas entre las ramas.
La Fiesta de la Luna ya había comenzado. Había música, risas y fuego por todas partes. Algunos bailaban alrededor de las fogatas mientras otros compartían comida y bebida bajo enormes telas decoradas con símbolos antiguos.
Naia abrió los ojos con emoción.
—Esto es mucho mejor de lo que imaginaba.
Y antes de que Maya pudiera responder, Naia desapareció entre la multitud.
—¡Naia!—exclamó ella.
Demasiado tarde.
Maya suspiró.
—Claro... cinco segundos.
Avanzó entre la gente intentando seguirle el rastro. A su alrededor, el ambiente se volvía cada vez más intenso.
Algunos dejaban aparecer garras negras en sus manos mientras competían en juegos. Otros mostraban colas, colmillos o marcas brillantes sobre la piel.
Maya desvió la mirada antes de quedarse observando demasiado. A veces sentía que no pertenecía a ningún lugar de Elaris.
Entonces ocurrió.
El murmullo de la multitud comenzó a disminuir poco a poco. Como una ola extendiéndose.
Maya levantó la vista.
En lo alto de las antiguas escaleras de piedra, frente al templo iluminado por antorchas, varias figuras observaban la celebración.
La realeza.
Pero entre todos ellos, uno destacaba incluso sin intentarlo.
El príncipe Kael.
Su presencia imponía silencio. El cabello castaño dorado rozaba sus hombros y los ojos dorados parecían reflejar directamente la luz de las llamas.
No sonreía.
Solo observaba.
Maya sintió un extraño nudo en el pecho cuando sus miradas se encontraron por un instante.
Fue breve.
Pero suficiente para que algo dentro de ella se estremeciera. Kael entrecerró apenas los ojos, como si hubiera sentido exactamente lo mismo.
Y entonces, el aire alrededor de Maya vibró.
Fue apenas un segundo. Una sensación extraña recorrió su cuerpo, suave pero intensa, como un susurro invisible despertando bajo su piel.
Maya dio un pequeño paso hacia atrás.
Confundida.
Asustada.
Pero cuando volvió a mirar hacia las escaleras, Kael ya no estaba solo observando la fiesta.
Ahora la estaba observando.