La luz gris del amanecer se filtraba a través de una grieta en la pared. El polvo flotaba en haces finísimos, y el calor rancio del interior se acumulaba entre sacos deshilachados y bolsas abiertas desde hace días. Amelia abrió los ojos sin apuro, sin sobresalto, como si su cuerpo se hubiera adelantado al mundo. Al girar la cabeza lo vio a él, dormido aún, encorvado contra la pared opuesta con una manta vieja rodeándole las piernas.
El primer movimiento fue compartido: estiraron los brazos casi al mismo tiempo, cada uno en su extremo. El crujido de sus articulaciones resonó como un eco íntimo. Luego, sin hablar, tomaron agua del mismo termo, en turnos pausados. Reacomodaron sus cosas sin cruzar palabra. Todo se movía como si ya llevaran años en esa rutina. Como si la extrañeza hubiera sido descartada la noche anterior, arrojada al suelo junto con los miedos más urgentes.
Amelia no sabía cuánto tiempo llevaban compartiendo refugio. Tal vez tres días. Tal vez más. En ese mundo suspendido entre alarmas y huidas, la medida del tiempo se había vuelto obsoleta. Pero sí sabía que el silencio había cambiado de textura. Ya no era tenso. No necesitaba romperse.
Lo observó con disimulo mientras él manipulaba el encendedor casero que había montado sobre una lata oxidada. Sus dedos se movían con agilidad, ensamblando el pequeño calentador improvisado con piezas recogidas de antiguos ventiladores y cables. Pero su rostro estaba distinto. Ojeroso. Más pálido. Había dormido peor que ella.
—Creo que un panadero murió aquí y todavía está horneándose —murmuró de pronto, sin mirarlo.
La frase flotó un segundo, sin anclaje. Luego, una comisura de los labios de Sam se alzó apenas. No era una risa, ni siquiera una respuesta. Solo el reconocimiento de que algo, en medio de todo, seguía teniendo sentido.
El silencio volvió, pero menos denso. Más habitable.
Mientras partían un pan viejo en porciones, Amelia habló sin pensarlo mucho. Como quien arroja una piedra en un pozo sin saber qué profundidad tiene.
—Si hoy no nos atrapan… podríamos probar por el canal seco, al este. Hay menos rondas ahí.
Sam se detuvo en seco. No dejó caer el trozo de pan, pero su mandíbula se tensó como si lo estuviera masticando entero. No dijo nada. Solo se levantó, tomó su mochila y comenzó a revisar las provisiones.
Cambio de tema.
Amelia no insistió. Se guardó las preguntas. Se tragó las teorías. Pero mientras ataba sus botas con un nudo doble, lo observó de reojo. Ese silencio, distinto del otro, no era cómodo. Era el que se forma cuando alguien decide no mirar por una ventana porque ya sabe qué hay del otro lado.
No entendía por qué no quería salir. Pero lo entendía a él. Y por ahora, eso era suficiente.
El sector industrial comenzaba justo donde terminaban las fachadas de vidrio astillado y las viviendas tapiadas por placas negras del núcleo urbano. A diferencia del centro, que respiraba una decadencia pulida y controlada, allí el paisaje tenía otra textura: más áspera, más honesta. No era una ruina por abandono; era la cicatriz viva de un combate que no había sido borrado del todo. Los muros conservaban marcas oscuras donde alguna vez impactaron los lanzadores de pulso, y en las esquinas aún se podían ver, casi cubiertos por la maleza seca, fragmentos de viejos exoesqueletos o ruedas a medio fundir. Pero no olía a muerte. Olía a óxido, a humedad atrapada, a esa clase de pasado que todavía no se resigna a desaparecer.
Amelia y Sam caminaban en silencio, bordeando una hilera de hangares agrietados, donde el eco de sus pasos parecía evitar tocar las paredes. Sobre sus cabezas, un tendido eléctrico caído se balanceaba con el viento como una cuerda vieja colgando de un mástil invisible. Más adelante, dos estructuras gemelas se alzaban cubiertas de musgo seco, dejando ver sus entrañas metálicas a través de cristales rotos como si fueran heridas abiertas.
La ciudad no estaba vacía, pero lo parecía. No era un vacío de cuerpos, sino de ruido humano. No había gritos, ni motores, ni siquiera perros callejeros. Solo el zumbido lejano de los drones patrullando las zonas seguras y el crujido ocasional de alguna lámina suelta, agitada por el viento. Allí, entre los márgenes, parecía que todo lo que aún quedaba de lo humano se refugiaba en el silencio.
Amelia fue la primera en romperlo.
—Si pasamos por la compuerta del puente inclinado, y luego bordeamos el canal… podríamos alejarnos bastante antes de que los sensores se activen.
Lo dijo sin énfasis. Como quien comparte una idea más por costumbre que por convicción. Pero incluso así, algo en su tono revelaba un deseo profundo: el de irse. El de terminar con ese circuito sin salida que los mantenía atrapados en ciclos de vigilancia, comida rancia y temor contenido.
Sam se detuvo.
No fue brusco. No hubo molestia en su gesto. Solo la firmeza de alguien que ha cargado con una decisión tanto tiempo que ya no necesita defenderla.
Amelia también se detuvo, con una ceja apenas levantada. Esperó una réplica. Un gesto. Algo.
Él bajó la mirada, y cuando habló, lo hizo sin levantar la voz.
—No me voy… hasta encontrarla.
El viento sopló justo entonces, levantando un remolino de polvo junto a las botas de ambos. Amelia entrecerró los ojos, pero no desvió la vista. Sam tampoco. Tardó unos segundos en volver a hablar, como si tuviera que organizar las palabras para no quebrarse en el intento.
—Mostraron su nombre. Su foto. Una noche, durante una de esas proyecciones. Ella ni siquiera preguntó. Solo... bajó la cabeza. Como todos. Yo la vi subir a uno de esos transportes. Corrí detrás. Pero no la alcancé.
Se frotó la cara con ambas manos, como si tratara de borrar la escena de su memoria. Pero sus ojos no temblaban. Su voz era quieta, como un lago helado a punto de quebrarse por dentro.
—Nunca la volví a ver. Pero sé que sigue viva. No me preguntes cómo… simplemente lo sé.
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Editado: 14.08.2025