Unidad 0: La mente de los ausentes

Más Allá del Umbral

El borde del portal se agitaba como una herida abierta en el aire, palpitando al compás de algo que no pertenecía a este mundo. Era imposible mirar sin sentir que el estómago se retorcía. Geometrías imposibles se doblaban y retorcían en su interior; ángulos que no podían existir, colores que herían la vista y que parecían beber la luz de alrededor. Un zumbido grave se filtraba hasta lo más profundo del cráneo, presionando los huesos como si quisiera romperlos desde dentro.

Amelia dio un paso y todo se volvió líquido, pesado, como si su cuerpo hubiera caído en un océano sin agua. El tubo que llevaba reaccionó al contacto con el torrente invisible que emanaba de aquel vacío. Un calor insoportable le recorrió el brazo, seguido por un frío que quemaba igual que el fuego. La piel se tensó, se abrió en pequeñas laceraciones y algo metálico comenzó a crecer desde dentro, abriéndose paso entre carne y tendón. El dolor era tan feroz que apenas pudo gritar; su garganta se cerró, y por un instante creyó que la mente se le apagaba.

En medio de ese tormento, destellos se encendían y morían: rostros que no conocía pero que parecían reconocerla, ciudades de torres retorcidas como raíces, símbolos que se repetían como un eco en el vacío. La sensación era de caída, pero no había suelo; de estar flotando, pero sin aire para respirar. Un segundo, un año, toda una vida… el tiempo no significaba nada allí.

El mundo regresó como un latido doloroso. Primero, la luz: un blanco cegador que no venía del sol, sino de lámparas frías, perfectas, demasiado puras para ser reales. Después, el olor: metal reciente, como monedas apretadas en el puño, mezclado con ese aroma estéril que tienen las salas donde nada vive.

Parpadeó. El techo estaba tan liso que parecía no tener fin. No entendía si estaba acostada o flotando, si había pasado un minuto o toda la noche. Solo sabía que cada respiración le costaba, que su pecho se alzaba rápido, como si hubiera corrido kilómetros, y que un sabor espeso y ferroso le llenaba la boca.

Entonces el dolor habló. No fue un golpe ni una punzada; era una presencia, un monstruo vivo que se aferraba a su brazo izquierdo. El calor palpitaba bajo la piel como un corazón ajeno, y al intentar mover los dedos, nada respondió. Ni un temblor. Ni un reflejo.

Gimió. Una súplica rota que no sabía a quién iba dirigida. Su mano derecha, temblorosa, fue a buscar la causa y encontró lo imposible: la piel desgarrada en tiras, pegada a algo duro, frío, que no debería estar allí. El metal salía como raíces negras incrustadas en carne, y en cada hueco, un hilo fino de sangre se deslizaba hasta gotear al suelo.

Quiso apartar la vista, pero sus ojos volvieron una y otra vez. No podía aceptar que fuera suyo. No podía aceptar que aquella cosa rígida, inmóvil, que pesaba más que todo su cuerpo, fuera su brazo. El aire se le rompió en el pecho y las lágrimas empezaron a caer, calientes, incontrolables.

Se mordió el labio… y el dolor le atravesó el cuerpo como un rayo. No hubo forma de contenerlo. Un grito desgarrado se le escapó, tan alto que sintió cómo le arañaba la garganta, saliendo roto y áspero. La voz rebotó contra las paredes blancas, multiplicada, hasta que parecía que alguien más gritaba con ella.

Las lágrimas le nublaron la vista, cayendo sin control; la nariz se le llenó, y la saliva, espesa, se deslizó por la comisura de los labios sin que pudiera tragar. Su pecho se agitaba en convulsiones entre sollozos, cada inhalación más corta que la anterior. El brazo, esa cosa rígida y fría pegada a su cuerpo, palpitaba como si tuviera vida propia, arrancándole jadeos de dolor. Quiso apartarlo, arrancarlo, pero solo consiguió hundir más los dedos en la carne rasgada y sentir el metal helado bajo la piel.

Se acurrucó un poco, como si encogerse pudiera volverla invisible. Pero el brazo seguía ahí, brillante bajo la luz blanca, sangrando. Y el miedo se sentó junto a ella, sin prisa, como si supiera que no iba a irse.

Tardó en recuperar algo que pudiera llamarse control. Los gritos todavía resonaban en su cabeza como un eco atrapado, y cada respiración era un esfuerzo consciente para que no se rompiera por completo. El brazo seguía rígido, pesado, colgando a un lado como un trozo muerto de su propio cuerpo. Sentía el latido del dolor subir hasta el cuello.

Se obligó a mirar alrededor. No estaba en una celda, ni en una sala médica… o tal vez era ambas cosas. La blancura se desdibujaba hacia un pasillo amplio, y allí, como si se tratara de un invernadero para algo inhumano, se alzaban hileras de cápsulas translúcidas. La luz amarilla que emanaban no era cálida, sino enferma, como el brillo de una lámpara antigua que insiste en funcionar cuando ya debería apagarse.

Sus piernas comenzaron a temblar, primero de forma apenas perceptible y luego con espasmos más visibles, como si el peso de todo el lugar quisiera empujarla al suelo. Aun así, dio un paso, y después otro, arrastrando los pies hasta la cápsula más cercana.

Dentro, suspendida en un líquido denso, había una figura robótica. Su superficie era de un metal mate, desgastado por un proceso que parecía haber ocurrido dentro de la máquina misma. Placas sólidas recubrían cada centímetro, sin dejar huecos de carne o tejido vivo; en su lugar, se veían juntas selladas, engranajes y conectores que destellaban débilmente. Tubos se incrustaban en el cráneo metálico y bajaban en espirales, enlazados con cables que desaparecían en el techo y el suelo, pulsando con un ritmo frío y artificial.

En el lateral de cada cápsula, pantallas verticales proyectaban flujos de datos que corrían como ríos de símbolos imposibles. Entre las líneas, a veces, estallaban breves hologramas distorsionados: fragmentos de voces humanas, imágenes fugaces de calles, habitaciones, manos escribiendo… recuerdos que no podían pertenecer a máquinas, arrancados y puestos a girar en bucles infinitos.

Amelia sintió un escalofrío que le recorrió la espalda y le tensó la mandíbula. Aquello no era un hospital. Era una fábrica. Y algo dentro de ella entendió que, si permanecía demasiado tiempo allí, acabaría dentro de una de esas cápsulas.




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