Universo League Of Leguends: La Leyenda Del Rey Lobo

Capitulo II: EL RETORNO DE LA MATRIARCA

Noroeste del Freljord.
Última hora de la tarde,
Salón del Lobo,
Yurta mayor de la tribu Garra Implacable,

El salón no era una sala construida, sino la pieza más viva de la tribu: una yurta agrandada con anillos de madera vieja, tensores de cuero curtido y capas superpuestas de piel que detenían el viento sin poder borrarlo del todo. En la entrada colgaban dos colmillos de morsa, pulidos por manos distintas en años distintos, y bajo ellos se veía el suelo apisonado con grasa y ceniza. En los laterales, los bancos estaban hechos de troncos recortados, cubiertos por pelajes de lobos diente helado, estos últimos, eran lobos grandes, de cuello ancho y mandíbula hechas de hielo verdadero muy comunes en el norte; la tribu los cazaba como se caza lo necesario, sin ceremonia, sin relato añadido. Lo que no era común era el olor que quedó después del ataque. No era solo sangre seca. Era el olor de una pérdida reciente: cuero abierto, carne que se enfría sin sal, humo que no alcanzó a curar nada, una mezcla ácida que se pega a la lengua. Quienes entraban al salón lo traían encima, en la ropa, en la barba, bajo las uñas.

Y esque en el Freljord, el cuerpo vuelve con la nieve en las pestañas y con lo ocurrido en los dedos. Nadie necesitaba escuchar para saber, lo que había acontecido en Ghillimanyar. Pero, aun así, hablaron.

La matriarca Gnauril estaba de pie junto al poste central, donde se amarraba el armazón de la yurta. No llevaba casco. Su cabello, ya con hebras grises visibles, estaba trenzado en dos cuerdas tensas que le caían por delante de los hombros. Tenía un bastón con remate tallado en rostros antiguos: caras sin ojos, con bocas rectas, como si cada una hubiera sido obligada a callar. Era un bastón de mando, no un adorno. En las tribus del norte, el bastón no da fuerza, da permiso.

A su derecha estaba Thenglir, su hija y sucesora, y el contraste no era un asunto de edad, sino de movimiento. Thenglir se mantenía quieta por disciplina, pero su quietud tenía tensión. Una mano descansaba cerca del hacha, no encima, como si la mano recordara el peso del metal aunque la mente obligara al cuerpo a no mostrarlo. La otra mano la mantenía cerrada, con los nudillos blanqueados. Sus ojos recorrían las caras, buscaban grietas, medían lealtades. No lo hacía por paranoia; lo hacía porque acababan de perder cuarenta hombres y mujeres en una tarde y porque, después de una pérdida así, las tribus se rompen por dentro con más facilidad que por fuera. Pues se ponía en duda, la protección de su matriarca, y más aún de su sucesora.

Frente a ellas se reunieron los caudillos menores, los jurasangre de la Matriarca Gnauril, y varios supervivientes del ataque. Aquellos Jurasangre, eran guerreros que habian entregado una porción de su sangre —en un cuenco, ante la matriarca— y habian aceptado que su vida valia menos que la orden. No eran simples guardias. Eran una herramienta de estabilidad: cuando hay duda, el jurasangre sostiene la línea. Cuando habia hambre, debían ser los primeros en repartir y los ultimos en morder. Eso, en el norte, significa que siempre llegaba un momento en que también los Jurasangre, deberían ser los primeros en morir.

En el banco más cercano a la entrada, dos enviados de la Garra Invernal permanecían sentados con rigidez. Tenían vendas gruesas en el antebrazo y en el cuello; se notaban los bordes de hielo en la tela, porque algunas heridas se cerraban con hielo verdadero, --- este último tenia que ir en pequeñas cantidades pues podía matar a aquel que estuviera demasiado tiempo en contacto con el mismo,--- sobre todo, para detener la hemorragia. La Garra Invernal era una potencia en crecimiento: una facción que absorbía tribus por promesa o por presión, con chamanes ursinos —seguidores del Volibear— como el núcleo duro de toda la faccion. Que hubieran dejado representantes en el campamento de los Garra Implacable, había sido una señal de interés. Y que esos representantes hubieran sido heridos por lobos de cuya existencia desconocian, bajo el techo de una tribu que quizá pudiera ser aliada, era una mancha. Una mancha que no se lava con disculpas.

Un hombre llamado Burskain, ancho de hombros, con una cicatriz que le cruzaba el labio inferior, dio un paso al centro. No era el mayor de todos, pero tenía algo que el resto respetaba, había visto a la loba blanca de cerca y había sobrevivido. En la nieve, eso equivale a un argumento.

—Matriarca —dijo, y la palabra “matriarca” en su boca no era un saludo; era una ancla—. No hemos venido a quejarnos. Hemos venido a pedir lo que corresponde a esta reyerta.

Se escuchó el roce de botas y el crujido de cuero. Nadie interrumpió. Las interrupciones, en un consejo así, son un modo de medir fuerzas, y aún no había llegado el momento.

Burskain levantó el brazo derecho. Tenía marcas en el antebrazo: mordidas que no habían atravesado el hueso, pero habían dejado el dibujo de colmillos como un sello que permeara en su mente, su piel y carne. Señaló hacia el norte, aunque no se viera nada desde el interior de la yurta.

—Esos maldito Wolfar, están en los bosques cercanos a los témpanos —continuó—. No hablo de los lobo diente helado que conocemos. Hablo de esos otros.

Los “Wolfar” era un término usado con prudencia, como se usa el nombre de algo que no se invoca sin necesidad. Para ellos, el wolfar, eran lobos de lomo alto, de patas largas, con cabeza más ancha que el pecho de un humano. Un animal capaz de partir el cuero endurecido y el hueso. Muchos en la tribu describían al wulfar como “basilisco” por una razón simple: no por escamas, sino por tamaño y por la idea de que, cuando se abre esa mandíbula, el cuerpo entiende el mensaje antes que la mente. En el norte, el miedo corre más rápido que la prueba, sí, pero también hay miedos que nacen de haber visto.

—Esos malditos no llegaron por casualidad —añadió Burskain, y su voz bajó un tono—. No entraron como animales perdidos. Nos rodearon. Buscaron los bordes de la Población y sacaron gente de la línea defensiva. Atacaron. Alas Damatrixes primero, porque era lo que podían tomar con menos daño. Después vinieron por los hombres, de tres en tres, como si ya supieran dónde caeríamos. Y cuando cayó Woldver…




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