Universo The Lightning: Historias de un pasado

Prólogo: El Archivero del abismo

El silencio aquí no es ausencia de sonido. Es la digestión lenta del tiempo. Es el zumbido de fondo del universo, un bajo continuo de potencialidades desvanecidas y realidades que nunca aprendieron a latir.

Este es el Limbo. El No-Lugar.

No es un vacío. Es un archivo cósmico desordenado. Fragmentos de ciudades flotan como islas pétreas, sus calles congeladas en medio de gritos que nunca se oyeron. Ríos de luz estática serpentean entre esferas de cristal que contienen paisajes en miniatura: un bosque donde los árboles son de hierro fundido, un océano de tinta que chapotea contra un cielo de pergamino. Aquí, las leyes de la física son sugerencias, recuerdos de otros sitios más estables.

En el corazón de este caos geométrico se alza una torre.

No fue construida. Fue extraída. Sus piedras son la sombra de ladrillos que existieron en mil Veltharas distintas, compactadas por la gravedad de la nostalgia. En su cima, una plataforma abierta a la nada. Y en ella, un hombre vestido de blanco inmaculado.

Es Johny Vexar. Pero no el tuyo.

Este Johny lleva el rayo dorado en el pecho. aunque su gema era pálida, seguía siendo un diamante de dorado que parpadea con luz tenue. Su rostro es el mismo, cincelado por los mismos ángulos, pero en sus ojos hay un peso que el otro aún no carga. No es la mirada de un héroe que lucha, sino la de un superviviente que ha dejado de contar los días.

"El Viajero" "El Fantasma" El Johny Blanco.

Extiende una mano. No toca nada, sólo acaricia el aire. Y donde pasan sus dedos, el limbo responde. Se abren ventanas de luz rasgada, como cortes en la tela de la realidad. En cada una, un destello:

-Un Serafín con corona de relámpagos negros, gobernando sobre una Velthara de ceniza.

-Un Punch que no sonríe, con los brazos convertidos en columnas de piedra sangrante, enterrado hasta el cuello en un desierto.

-Un Chandler anciano, mirando desde una ventana a una Weston perfecta, silenciosa y vacía.

-Una Terra con el cabello blanco, acunando no a un niño, sino a un pequeño árbol que crece de su pecho.

Las ventanas se abren y se cierran. Ecos. Posibilidades. Realidades que fueron, que pudieron ser, que nunca serán.

Él las observa todas. No con curiosidad. Con el deber fatigado de un archivero que ya ha clasificado cada tragedia.

Entonces, gira lentamente la cabeza. No hacia otra ventana. No hacia el limbo.

Gira hacia ti.

Sus ojos, del color de un cielo antes del amanecer, se clavan en un punto que no debería existir aquí. Te está mirando. A ti, lector. A ti, testigo.

Y cuando habla, su voz no es un sonido. Es una vibración que se instala directo en la médula del entendimiento, tranquila, clara, sin eco.

"No pienses que esto es un regreso al principio. Los principios son mentiras reconfortantes."

Hace una pausa, dejando que la inmensidad del limbo susurre a sus espaldas.

"Te voy a mostrar las grietas. No las que hay en el mundo, sino las que hay en las personas. Las pequeñas fracturas interiores por donde se filtra el caos y decide si construye un héroe... o forja un verdugo."

Un suspiro que no es de cansancio, sino de certeza.

"Vas a ver el momento exacto en que un hombre decidió que salvar a su hermano significaba romperlo para volverlo a armar. Vas a entender por qué el ángel más brillante terminó creyendo que el cielo era un techo demasiado bajo. Vas a caminar por la callejuela donde un niño aprendió, con los nudillos sangrantes, que la piedad es el primer sabor de la derrota."

Eleva la mano de nuevo. Esta vez, no abre ventanas. Con un gesto, empuja hacia ti un torrente de sensaciones: el olor a ozono después de un relámpago, el frío del hielo que quema, el sabor metálico del miedo, la textura áspera de una promesa rota.

"Esto no es una historia de poderes. Es una historia de precios. Y cada uno de ellos... ya ha sido pagado."

Sus ojos brillan con la luz fría de su gema.

"Así que siéntate. Y observa. Porque donde tú ves un pasado, yo veo el manual de instrucciones de un desastre. Y es hora de que alguien, al fin, lo lea."

La plataforma bajo sus pies empieza a disolverse en finas hebras de luz. El limbo alrededor se curva, se estira, preparándose para mostrar la primera herida, la primera grieta, el primer ladrillo en el muro de todo lo que vino después.

La última palabra del Johny Blanco llega como un susurro final, una orden y una profecía a la vez:

"Empecemos."




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