PARTE I: EL CORAZÓN
Velthara, año 2100.
El mantel era blanco, de un algodón tan grueso que conservaba las arrugas como cicatrices de otras comidas, de otras celebraciones. Valeria Rojas pasó los dedos por encima de una de esas arrugas, siguiendo su trayectoria sinuosa mientras la risa de Leo llenaba el espacio entre el tintineo de los cubiertos y el murmullo bajo del restaurante La Terraza del Sol. Diez años. Diez años desde que el dolor se había transformado en esa criatura de ojos oscuros y preguntas infinitas que ahora mismo estaba intentando explicarle a su padre por qué un cohete necesitaba alas para salir de la atmósfera.
-Pero papá, si en el vacío no hay aire, ¿para qué las alas? ¡Es contraintuitivo!
Marco, con esa paciencia de padre que se construye capa a capa sobre el amor, movía las manos como si eso ayudara a esculpir su explicación en el aire cargado del aroma a romero y ajo asado. -No son alas para volar, Leo. Son para... estabilizar. Para no dar vueltas como una peonza.
Valeria observaba. No escuchaba las palabras, sino la música detrás de ellas. El timbre de la voz de su marido, un bajo reconfortante. El chirrido entusiasta de Leo, que aún no había perdido esa cualidad aguda de la infancia. El sonido de su propio tenedor al raspar suavemente el plato de cerámica, recogiendo los últimos restos de una lasaña que había sabido a felicidad, a tiempo detenido.
Era un domingo perfecto. Demasiado perfecto. Y Valeria, en algún lugar profundo de su ser, en ese lugar que no obedecía a la lógica sino a los instintos ancestrales de especie, lo sabía. La felicidad absoluta era una campana de cristal, bella, translúcida, y terriblemente frágil. Una opresión sutil se instaló en su pecho, justo debajo del esternón. No era un dolor, sino un peso. Como si alguien hubiera colocado suavemente una piedra lisa y fría sobre su corazón.
Ansiedad, se dijo, desviando la mirada hacia la calle soleada de Velthara. Siempre la misma tontería. No puedes permitirte un momento de paz sin que tu mente invente fantasmas.
Se obligó a sonreír. -¿Tienen ganas de postre? Dicen que la tarta de queso aquí es celestial.
Leo saltó en su silla. -¡Sí! ¡Con salsa de frutos rojos!
Marco la miró, y en sus ojos café oscuro Valeria vio el reflejo de su propia inquietud, rápidamente enmascarada por una chispa de complicidad. -Lo que la reina ordene.
Fue entonces cuando el mundo respiró hondo y contuvo el aliento.
El zumbido empezó en los huesos.
Valeria lo sintió primero en los molares, una vibración aguda que hizo rechinar sus dientes. Luego en la columna vertebral, un temblor que subió desde el coxis hasta la nuca. El vaso de agua frente a Leo comenzó a cantar, un sonido cristalino y fino que se elevó por encima del silencio súbito que había ahogado el restaurante. Todos los cubiertos se callaron. Todas las voces murieron.
Miró a Leo. Su hijo tenía la cabeza ladeada, las gafas reflejando la luz anormal que empezaba a filtrarse por las ventanas. El cielo, ese azul despreocupado de domingo, se estaba rizando. No había nubes. Era el propio firmamento el que se ondulaba, como la superficie de un estanque sobre el que alguien hubiera arrojado una piedra enorme e invisible.
-Marco...- Su voz sonó diminuta, apagada por el zumbido que ahora llenaba todo, que era el mundo.
La luz cambió. No se apagó. Se volvió densa. Dorada y violeta a la vez, como una herida purulenta y divina abriéndose en las costuras de la realidad. Empezó a gotear. O eso parecía. Bolas de luz del tamaño de un puño, suaves y pulsantes, flotaban hacia abajo con una languidez onírica. Una de ellas, un diente de león espectral, se posó sobre la mesa de al lado, donde una pareja mayor cogida de la mano contemplaba el horror con la boca abierta.
No hubo explosión. No hubo fuego.
El mantel de lino blanco, justo donde la luz tocó, simplemente dejó de ser. No se carbonizó, no se desintegró con estruendo. Se deshizo en un millón de motas de polvo luminoso que se elevaron y se apagaron en el aire. La madera de la mesa debajo quedó expuesta, lisa y perfecta, como si el mantel nunca hubiera existido. La mujer de la pareja miró su mano, que había estado sobre esa tela, y empezó a temblar sin emitir sonido.
El pánico, hasta entonces contenido por la incredulidad, estalló. Una mujer gritó, un sonido desgarrador que cortó el zumbido. Una silla cayó. Alguien corrió hacia la salida.
Valeria se movió por instinto. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Agarró a Leo por el brazo, tirando de él para meterlo debajo de la mesa de roble macizo. Marco se puso en pie, su figura ancha convirtiéndose en un escudo entre su familia y las ventanas por donde ahora llovía el apocalipsis.
-¡Quédate con él!- le gritó Marco, pero su voz era un susurro ronco perdido en el caos ascendente.
Valeria abrazó a Leo contra su pecho, sintiendo el corazón del niño martillear contra sus costillas como un pajarillo aterrorizado. -Cierra los ojos, cariño. No mires.
Pero Leo miraba. Sus ojos, enormes tras los cristales de sus gafas, estaban fijos en el cielo a través del cristal. -Mamá... es bonito.
Y lo era. De una manera terrible, antinatural. El desgarro principal había vomitado geometrías imposibles: espirales de relámpagos que giraban sobre sí mismas, árboles fractales de energía que crecían y morían en segundos, un caleidoscopio de colores que no tenían nombre. Era la belleza de un órgano vital expuesto, de un sistema funcionando con una precisión aterradora.
Entonces, el mundo contuvo el aliento por segunda vez.
Una de las espirales, un tirabuzón de pura violencia violeta, se desprendió de la masa principal. No cayó. Se lanzó. Como si tuviera voluntad, como si hubiera detectado un latido en la oscuridad y quisiera silenciarlo.
Pasó a través del techo de cristal del restaurante como un fantasma. El cristal no se rompió. Se volvió opaco, luego transparente, luego opaco de nuevo, en un parpadeo enfermizo.