Universo The Lightning: Historias de un pasado

Capitulo 2: The force of lightning parte 1

El zumbido de la nada.

El silencio aquí no era verdadero. Era la suma de todos los sonidos fallidos, de todas las voces que se apagaron antes de nacer, de todos los ecos que se perdieron en el camino entre una boca y un oído. Era el zumbido de fondo del universo, un bajo continuo de potencialidades desvanecidas.

El Johny Blanco no escuchaba el zumbido. Lo era. Era una parte más de ese No-Lugar, una mancha de conciencia persistente en el lienzo infinito de lo que pudo ser y no fue. De pie en la plataforma de su torre de sombras y ladrillos nostálgicos, sus ojos del color de un cielo olvidado, no miraban el caos circundante. Estaban fijos en una burbuja de realidad.

No todas las esferas del Limbo gritaban. Algunas, muy pocas, susurraban. Y entre ese mar de pesadillas cristalizadas, una brillaba con una luz constante, serena, como una perla perfecta engastada en el lodo primordial. Dentro de ella, Velthara no era una cicatriz de relámpagos y gemas. Era una joya. Sus torres no se alzaban como dientes rotos, sino como agujas de esperanza, bañadas por una luz solar que en este lugar no tenía derecho a existir. El aire alrededor de la esfera no se retorcía; fluía con una calma geométrica, casi musical.

Una paz. Una paz tan profunda que, en este reino del fracaso, resultaba obscena.

Los labios del Johny Blanco, finos y marcados por líneas que no eran de edad, sino de eternidad contemplada, se entreabrieron. Su voz no rompió el silencio; se tejió en él, una vibración más en el zumbido, pero cargada de un significado que dolía.

"Existen fisuras," comenzó, y cada palabra era un latido lento en el vacío, "que no se abren hacia el rasgar del tejido de lo real. Algunas... son costuras. Puntadas delicadas en el manto de la posibilidad, hechas no con la fuerza bruta de un dios enfadado, sino con el hilo tenaz de una compasión obstinada."

Giró lentamente la palma de su mano hacia la esfera. Un gesto que no era de posesión, sino de muestra. De ofrenda amarga.

"En algunos universos, el punto de inflexión no es un grito, sino un susurro. No es el puño que impacta la cara, sino la mano que se abre en la oscuridad, esperando a que otra, temblorosa y llena de rencor, decida agarrarla. En esos lugares raros y preciosos, una palabra dicha en el precipicio, una elección de fe en lugar de miedo... redirige una trayectoria fatal. No la detiene. La transforma."

Su mirada se nubló por un instante, no con lágrimas, había agotado las lágrimas eones atrás, sino con el peso de un recuerdo que no le pertenecía y, sin embargo, lo definía por contraste.

"En ese mundo," continuó, su voz bajando a un tono íntimo y pétreo, "el martillo del destino no se usó para romper el espejo de un alma. Se usó, con una paciencia infinita y un amor temerario, para pulir sus bordes. Para limar las asperezas del trauma, el odio y la soledad. Y el reflejo que ese espejo comenzó a devolver... no fue el de un monstruo. Fue el de un hombre."

Hizo una pausa. El Limbo pareció contener su aliento de no-aliento.

"Un hombre que no se conformó con salvar ciudades de escombros. Él quiso salvar a las personas de sus propios abismos. No apagó incendios; intentó sanar la llama interna que los causaba. No derrotó villanos... rescato almas. Les mostró el monstruo que podrían elegir ser, y luego, con una terquedad que rayaba en lo divino, les tendió un puente hacia el guardián que siempre estuvieron destinados a ser."

Ahora, su voz adquirió un tono de elegía fúnebre y gloriosa.

"Aquel día, en esa realidad gemela, no cayó un héroe. No hubo un final. Hubo... una siembra. Un hombre llamado Johny Vexar miró al abismo, sonrió con tristeza, y plantó en él una semilla de luz. Regó esa semilla con su ejemplo, con su fe, con su sacrificio final. Y lo que ven ahora..."

Su brazo se extendió completamente, señalando la esfera con la solemnidad de un profeta mostrando la tierra prometida a un pueblo que nunca la pisaría.

"... esto es el fruto. Este mundo de paz. Esta asamblea de redimidos. Esta prueba viviente de que el camino del caos y la dominación no es una sentencia. Es una elección. La más cobarde de las elecciones."

La serenidad de su rostro se quebró por un instante. Una sombra de ira cósmica, fría y quieta, pasó por sus ojos.

"Miren," ordenó, y por primera vez su voz tuvo un filo, un frío que cortaba el zumbido eterno. "Miren detenidamente. Absorban esta imagen de lo que pudo ser. Porque lo que otras contrapartes, esos seres endurecidos por el miedo y la arrogancia que llevan sus rostro, hicieron cuando llegaron a este lugar no fue un acto de guerra."

Hizo una pausa final, cargada de un significado tan denso que pareció hacer vibrar la misma torre.

"No mataron a rivales en una batalla. Eso habría sido comprensible. Honorable, incluso."

"Lo que hicieron... fue un genocidio de la esperanza. Aniquilaron, con sus propias manos, la prueba física, tangible, respirante, de que su propio sufrimiento no los condenaba a ser verdugos. De que su dolor podía ser el cimiento de un puente, no de un muro. Asesinaron, en cada uno de esos reflejos, la última evidencia de su propia humanidad redimible. Y ahora..."

Su mano se cerró lentamente, como si aplastara una amargura invisible.

"... ahora cargan con ese peso. Un vacío más profundo que cualquier poder. El vacío de haber destruido su propio y único camino a casa."

Quedó en silencio. La esfera de Velthara, y sus Héroe brillaba, ajena al juicio que se cernía sobre ella desde fuera de su realidad. El Johny Blanco inhaló, si es que en el Limbo se podía inhalar algo que no fuera polvo de sueños rotos.

"Y es hora," susurró, más para sí que para un espectador imaginario, "de que ese peso tenga una voz. De que ese fruto prohibido sea visto una última vez, antes de que el invierno de ellos lo hiele para siempre."

Entonces, sus ojos fijos en el corazón brillante de la esfera, dio un paso al frente. No con los pies. Con la voluntad.




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