Universo The Lightning: Historias de un pasado

Capitulo 2: The force of lightning parte 2

El polvo de la puerta desintegrada aún danzaba en el aire, creando un velo grisáceo a través del cual la luz herida del Domo se fracturaba. A través de ese umbral de humo y ruina, avanzaron.

No fue una irrupción caótica. Fue un despliegue. Las sombras vestidas de negro, un color que no reflejaba, sino que devoraba la luz, se filtraron en formaciones de a dos, cubriendo ángulos, ocupando posiciones tácticas con una precisión que hablaba de entrenamiento brutal y de una mente única orquestándolos. No emitían sonidos, salvo el roce sutil de sus trajes y el siseo constante, rítmico, de sus respiradores. Un sonido mecánico que se mezclaba con un leve vapor de tono púrpura que exhalaban, el aliento visible del Eco metabolizándose en sus cuerpos, un recordatorio tóxico de su poder y su adicción.

Y entre ellos, abriendo camino no con prisa, sino con la aplastante lentitud de un hecho geológico, vinieron sus líderes.

Fracture era una montaña de músculo contenido. Su traje negro mate no era una armadura sobre el cuerpo; era una segunda piel estriada, como la corteza de un acantamiento tectónico, marcada por líneas de tensión y placas que sugerían una fuerza capaz de partir continentes. Sobre su cabeza, una cresta de un rojo intenso, casi sangrante, se erizaba hacia el cielo, un desafío de color en un mar de oscuridad. Pero el horror residía en su rostro. Oculta tras una máscara respiratoria de diseño industrial y reforzado, equipada con dos enormes filtros cilíndricos que palpitaban con un resplandor púrpura enfermizo, en la intensidad con que la máscara apuntaba hacia Serafín, una ira concentrada, una furia que aún buscaba palabras.

A su lado, un paso detrás por puro pragmatismo táctico, estaba Scorch. Donde Fracture era fuerza bruta potencial, Scorch era economía de la destrucción. Su musculatura, firme y letal, estaba encapsulada en un traje negro de placas hexagonales diminutas que se movían con él como las escamas de una serpiente primordial. Pero era la máscara lo que robaba el aliento. Un casco integral de diseño biomecánico siniestro, oscuro como un pozo sin fondo. De esta mascara surgían dos grandes tubos que se curvaban hacia atrás como cuernos de un demonio mecanizado. En el centro, tres respiraderos verticales exhalaban un tenue vapor de luz azulada, fantasmal y fría.

Y entonces, estaban los ojos. A través de las estrechas rendijas de la máscara, dos puntos de luz violáceo azulada brillaban con una intensidad sobrenatural. No había parpadeo. No había un atisbo de emoción reconocible: ni odio, ni ira, ni siquiera fanatismo. Solo una penetrante frialdad, el vacío absoluto de una conciencia que había sido consumida, refundida y soldada al odio y al Eco hasta dejar de ser un persona.

Juntos, Fracture y Scorch no eran solo líderes. Eran una declaración: la ira verbal y la furia silenciosa. El grito y el vacío habían llegado, no a la ciudad, sino al corazón mismo del recuerdo, para profanarlo.

La tensión en la Gran Sala Conmemorativa era un cristal a punto de estallar. El siseo de los respiradores de Los Silenciosos era el único sonido, una serpiente mecánica que se enroscaba alrededor del silencio consternado de los héroes. Entre las sombras inmóviles y los defensores petrificados, solo Serafín se movió.

No fue un avance agresivo. Fue un paso al frente, lento, deliberado, que colocó su cuerpo entre la amenaza y su gente. La luz que entraba por los ventanales se reflejaba en su armadura dorada, pero esa luz ya no era cálida; era desafiante. Su voz, cuando surgió, no tenía el tono de mando que usaba en el campo de batalla, ni la calma del mentor. Tenía algo nuevo: una autoridad herida, la furia contenida de un anfitrión cuyo hogar más sagrado acababa de ser violado.

-¿Qué buscan aquí?- preguntó, y cada palabra era clara, cortante, como un cristal lanzado al vacío. No elevó la voz. No necesitaba hacerlo. El peso de la pregunta llenó el espacio que había entre los escombros. Sus ojos, de un azul ahora gélido, se clavaron en los ojos de Fracture. -¿Acaso el significado de este día... No significa nada para ustedes?

La pregunta flotó, cargada de todo el duelo de la mañana: las flores, las lágrimas silenciosas, la estatua, el juramento. Era una acusación de barbarie espiritual.

Fracture no se inmutó. Su cabeza, coronada por la cresta roja, se ladeó ligeramente. Luego, de las profundidades de su máscara, surgió un sonido. Una risa. Era un sonido distorsionado, metálico, filtrado por los conductos que purificaban el aire y bombeaban veneno. Un sonido que erizaba la piel.

-Oh claro que sí, sabemos exactamente lo que es- dijo, su voz modulada y ronca por el respirador, pero cargada de un desprecio tan denso que era casi físico. -Es el día en que decoran su fracaso más grande con flores. El día en que se engañan a sí mismos, poniendo coronas sobre la tumba de la estupidez. Una conmemoración anual del momento en que un hombre bueno murió por una causa que ni siquiera él creía ya, mientras los demás miraban... o lo sujetaban.

Las palabras fueron un latigazo. Un insulto no solo a Johny, sino a la esencia misma de su sacrificio. Varios héroes, entre ellos The Champion, tensaron los puños. Magic no se movió, pero su gema violeta pulsó con una luz más intensa, analizando, calculando.

Fue entonces cuando la ira, la rabia pura y no filtrada por el liderazgo, estalló desde un rincón de la sala.

-¡BASTA!

La voz era áspera, cargada de estática emocional y de una furia que venía de lo más profundo. Todos giraron. Bio se había puesto de pie, su cuerpo temblaba levemente. Su brazo robótico, inmóvil a su lado, emitía un zumbido de alta frecuencia. Pero era su rostro, la mitad cicatrizada y la mitad humana, lo que mostraba una tormenta. Sus ojos, llenos de un dolor y una lucidez insoportables, estaban clavados no en Serafín, ni en la masa de Silenciosos, sino directamente en la figura monumental de Fracture.

-¡Basta de este espectáculo patético! ¡De este disfraz! ¡JAMSTA!




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