El silencio que siguió al estruendo fue peor que cualquier explosión.
No era paz. Era el vacío que deja la detonación en los tímpanos, un zumbido fantasma que hacía eco del colapso estructural del mundo. En el centro de ese vacío, rodeados por el polvo de mármol y esperanza que aún se asentaba, estaban ellos.
Greenly no respiraba.
O quizás sí, pero eran respiraciones tan superficiales, tan ausentes, que no movían ni el polvo sobre sus labios. Tenía quince años, pero en ese momento parecía un niño de cinco perdido en una pesadilla demasiado grande para su cuerpo. La saliva viscosa y fría que Maw había dejado en su mejilla brillaba bajo la luz quebrada que filtraba del techo derrumbado. No se limpiaba. No parpadeaba. Sus ojos, del color del cielo después de la lluvia, estaban clavados en un punto imposible de mirar: el muñón donde el brazo izquierdo de su padre había dejado de ser.
No era un corte limpio. La onda sónica de Fracture había hecho algo peor que segar: había pulverizado hueso, había desgarrado músculo en un fractal de fibras retorcidas, había convertido la carne en una geografía de violencia abstracta. La sangre no brotaba a borbotones; manaba con la persistencia terrible de un manantial que hubiera roto su lecho de piedra. Cada latido débil del corazón de Digester empujaba un poco más de ese líquido espeso y oscuro a formar un charco lento, hipnótico, que avanzaba con la determinación de una marea.
Y Greenly observaba. Como si al descifrar ese patrón de carmesí pudiera entender cómo un domingo de ofrendas a un héroe muerto había terminado con su padre desangrándose sobre los restos de una bandera.
La bandera.
Un fragmento del estandarte del rayo blanco, rasgado en la caída, yacía a medio metro de Digester. El tejido blanco inmaculado, el símbolo de la paz protectora, había absorbido el borde del charco. La tela bebía la sangre con una sed obscena, transformándose de blanco puro a un rosa pálido y enfermizo en los bordes, hasta alcanzar un rojo profundo, casi negro, en el centro donde el rayo bordado en plata ahora parecía crucificado sobre un ocaso de entrañas. Era una profanación tan perfecta, tan simbólica, que parecía coreografiada por un dios con sentido del humor macabro.
Sobre ese altar improvisado, Quakewave no era la heroína, la poderosa generadora de ondas sísmicas. Era una mujer que se desmoronaba en cámara lenta.
No hubo grito. No hubo el alarido desgarrador que el dolor de esa magnitud exige. En su garganta, el sonido se atascó, se compactó en algo demasiado denso para escapar. Lo que salió fue un gemido. Un sonido bajo, gutural, que no parecía soryonita. Era el ruido que haría la tierra si le arrancaran una montaña de cuajo: un quejido profundo, arraigado, de algo que nunca debería haberse movido.
Sus brazos, que podían partir el hormigón, temblaban como varillas de avellano mientras intentaban contener el cuerpo de Digester. No lo levantaba. Lo acunaba, como si aún fuera el bebé al que una vez meció en este mismo domo, cuando el mundo era seguro y los monstruos no llevaban las caras de sus amigos. Sus dedos se movían torpemente, buscando presionar una herida que no tenía bordes, solo un ausencia sangrante. Cada vez que sus yemas tocaban la carne devastada, un nuevo espasmo la recorría, como si el dolor de él se transmitiera por contacto directo al centro de su alma.
Sus labios se movían, formando palabras que el gemido se tragaba. -No... no... no...- Pero no era una negación de la realidad. Era un conjuro fallido. Una plegaria a un dios-¿Johny? ¿El destino?-que ya había demostrado su sordera. Las lágrimas no caían. Se acumulaban en sus ojos, formando dos lagos de desesperación que reflejaban el rostro cada vez más pálido de su esposo, hasta que el peso era demasiado y se desbordaban, trazando caminos limpios a través del polvo y la sangre seca en sus mejillas.
Ella era el epicentro del dolor. Y las ondas de ese cataclismo emocional se expandían, golpeando a cada uno de los que aún estaban de pie.
Everfrost estaba congelado. Literalmente. Una capa de escarcha fina y crujiente se había extendido desde sus botas, cubriendo los escombros a su alrededor. Su rostro, normalmente sereno como un lago invernal, era una máscara de hielo animado por la furia. Los músculos de su mandíbula estaban tan tensos que parecían tallados en cuarzo. Sus ojos, del azul gélido de un iceberg, no veían a Quakewave o a Digester. Veían a Scorch. Veían la silueta vacía de su amigo Bob, reducido a una herramienta de aniquilación silenciosa. En sus manos, el aire se curvaba y cristalizaba en dagas efímeras que nacían y se estrellaban contra el suelo, una y otra vez, en un tic de violencia contenida. Era la tormenta de nieve antes del alud, el frío que no entumece, que quema.
A su lado, Magic era el polo opuesto. No había hielo en él, solo un vacío calculador. Su postura era ergonómica, analítica. Evaluaba ángulos de colapso estructural, calculaba la tasa de pérdida de sangre de Digester, proyectaba probabilidades de supervivencia (un 17.3% que bajaba un punto cada cuarenta segundos). Pero la lógica tenía grietas. Un tic nervioso, rápido como el aleteo de un colibrí, le sacudía el párpado izquierdo. Sus dedos, que podían mover toneladas con un pensamiento, apretaban y soltaban el aire en un ritmo irregular. Era la mente tratando de construir un dique de datos contra el tsunami emocional, y fallando. Sus ojos ámbar escaneaban la sala, pero evitaban el charco rojo y blanco. Se concentraban en las salidas, en las sombras donde habían huido los Silenciosos, en cualquier cosa que fuera un problema con solución posible. Porque el problema en el centro de la sala no tenía solución. Solo tenía un final.
Terra se aferraba a su vientre como si el mundo fuera a desgarrárselo de cuajo. Sus manos, que podían hacer temblar los cimientos de un rascacielos, se posaban sobre la curva de su embarazo con una delicadeza que era un contraste desgarrador con la destrucción alrededor. No sentía la patada de su hijo. Solo sentía un hielo interno que se extendía desde el estómago. Su mirada iba de Digester a Wild, a su propio vientre, en un ciclo de terror. Veía el futuro en ese charco de sangre: la fragilidad de la vida, la facilidad con que una familia podía ser mutilada. Cada jadeo de Quakewave era un martillazo en su propio corazón. Se reclinó imperceptiblemente contra Wild, quien estaba plantado detrás de ella como un acantilado vivo.