Universo The Lightning: Historias de un pasado

Capitulo 3: El Héroe parte 1

Parte 1: La Periodista.

El aire en el estudio tenía el olor estático de la tecnología enfriándose y el aroma amargo de café recalentado por tercera vez. No era un estudio profesional. Era el loft convertido en búnker informativo de Lyra, colgado como un nido de metal y vidrio en el flanco de un rascacielos de la Avenida Cronos. Desde aquí, a trescientos metros del suelo, se veía la cicatriz que el Desgarro había dejado en el cielo de Velthara: una línea púrpura tenue, latente, como el recuerdo de una herida que se niega a cerrar del todo. No era una grieta abierta; era una costra cósmica.

Lyra Vance, de treinta y dos años, se ajustó los auriculares de fibra óptica que le ceñían como una diadema tecnológica. Su cabello, un bob negro azabache cortado con la precisión de un cuchillo láser, enmarcaba un rostro pálido, con ojeras violáceas que hablaban de noches sin dormir, no por insomnio, sino por vigilia obsesiva. Sus ojos, del color del acero bajo la lluvia, miraban sin ver la ciudad iluminada más allá del cristal panorámico. Veía datos. Patrones de miedo flotando en la red.

Era la dueña, la voz y el cerebro de «Velthara Chronicle», el podcast más escuchado, y más temido en la ciudad post-Desgarro. No emitía noticias. Emitía autopsias de la realidad. No tenía estudios, ni patrocinadores llamativos. Tenía credibilidad.

Tocó un panel táctil en el aire. Un holograma esmeralda parpadeó frente a ella: «EN VIVO - CRÓNICA 47: LOS HUESOS DEL MUNDO NUEVO». Un contador en la esquina indicaba 1.2 millones de oyentes en tiempo real, subiendo. No eran fans. Eran ciudadanos buscando un mapa en territorio ignoto.

Tomó un sorbo de su café frío, hizo un gesto leve de disgusto, y activó el micrófono de captura neural. Su voz, cuando salió, no era la de una locutora. Era un susurro cargado de hierro y ceniza, un sonido que se colaba directamente en el cerebro de sus oyentes, íntimo y clínico a la vez.

"Tres semanas."

Dejó que el número flotara en el éter digital, pesado como un ladrillo.

"Setenta y cinco mil cuatrocientos minutos desde que el cielo decidió que las reglas eran una sugerencia. Desde que aprendimos que la física no es una ley, es una... costumbre. Y como toda costumbre, se puede romper."

Se levantó, acercándose al ventanal. La ciudad de Velthara, una metrópolis que antes soñaba con tocar las estrellas, ahora parpadeaba con una luz nerviosa. Los neones de los anuncios holográficos competían entre ellos.

"Los edificios sanan," continuó, y había un dejo de amargura en su tono. "Los nanorrobots de reconstrucción tejen sus redes de carbono, suturan el acero, borran las fracturas del mármol. Es bonito. Reconfortante. Como poner una curita en un miembro gangrenado. Porque la gente... la gente no sana. Salgan. Miren sus caras. No ven el futuro con asombro. Miran al cielo con el miedo visceral del animal que ha visto romperse la jaula y no sabe si lo que salió fue algo peor. El asombro murió el minuto uno. Lo que queda es la cuenta regresiva hasta el próximo... evento."

Hizo una pausa, sabiendo que sus palabras resonarían en millones de apartamentos silenciosos, en refugios improvisados, en las orejas de los que se escondían.

"Y luego están los "Marcados". Pronunció la palabra con comillas audibles, el término oficial que el gobierno había impuesto con la elegancia de un sello de ganado. "No los llaman 'bendecidos', ni 'elegidos'. Los llaman 'Marcados'. Como una mancha. Un error en el código. Algunos se esconden. Tienen gemas que brotaron de su piel como flores de una pesadilla, destellos de poder que no pidieron y no entienden. Temen a sus vecinos, a la policía, al hombre de al lado que los miraría como a un insecto raro. Y tienen razón en temer."

Pasó sus dedos, delgados, con las cutículas mordidas, sobre un panel táctil. Una nueva ventana se abrió, mostrando una compilación de videos cortos, granulados, robados de redes sociales.

Un niño, no mayor de doce, llorando mientras de sus manos brotaban cristales que crecían como flores venenosas, atrapando su propio juguete. Una mujer en un callejón, sus ojos emitiendo un resplandor naranja, derritiendo la basura a su paso, pero también el asfalto bajo sus propios pies, quedando atrapada en un charco de su propio poder. Un hombre siendo arrastrado por agentes su boca sellada con cinta adhesiva, mientras de su torso, bajo la camisa rasgada, se veía el destello errático de una gema color sangre incrustada en la piel.

Su voz bajó a un tono aún más grave, confidencial.

"Porque otros no se esconden lo suficiente. Y esos... esos son cazados. No con redes y lanzas. Con escáneres de resonancia caótica y equipos de contención de kevlar blanco. El recién formado "Departamento de Fenómenos Anómalos", un nombre tan burocrático como aterrador, dirigido por el siempre ambicioso Silas Thorne. No buscan ayudar. Buscan estudiar. Catalogar. Diseccionar. Convierten a personas aterrorizadas en "Sujetos de Estudio", sus poderes en "Propiedades Anómalas", su miedo en "Datos Colaterales". Es la vieja fórmula: primero viene el miedo, luego la clasificación, luego el control. O la eliminación."

En la otra pantalla, apareció la imagen oficial del DPFA: un escudo geométrico, frío, sobre un fondo azul acero. Y debajo, el nombre de Silas Thorne. Lyra no necesitaba una foto. Lo había visto una vez, en un acto público antes del Desgarro. Un hombre alto, de facciones talladas en hielo, con una sonrisa que no llegaba a los ojos, esos ojos que calculaban el valor de todo, incluidos los seres humanos. Ahora, Thorne tenía una nueva cacería.

Lyra miró una pantalla secundaria donde corrían feeds de noticias oficiales. Hablaban de "recuperación" y "unidad". Ella apagó el sonido con un gesto despreciativo.

Se recostó en su silla, que chirrió. La cámara siguio grabando su cansancio, su cinismo, su rabia impotente. Miró directamente a la lente, desafiando al futuro espectador, a la historia, a sí misma.




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