Universo The Lightning: Historias de un pasado

Capitulo 3: El Héroe parte 2

Parte 2: El Héroe de Amarillo.

El segundo mes comenzaba con el peso del primero a cuestas.

Velthara, a dos mil metros bajo sus botas, no era una ciudad. Era un organismo. Desde esta altura, la sangre no eran los coches, sino los flujos de datos: el pánico encapsulado en llamadas al 911, la euforia efímera de los trending topics, el ronroneo bajo y constante del miedo colectivo, una frecuencia que él había aprendido a sintonizar sin querer. Los edificios no eran estructuras, eran acumulaciones de tensión estructural y emocional. Podía ver las grietas, no en el hormigón, sino en el campo psicosomático de la metrópoli. Un punto rojo oscuro y palpitante allá en el Distrito de los Muelles: un Marcado a punto de entrar en crisis, su energía a punto de desbordarse como un microondas dejado demasiado tiempo. Una línea amarilla serpenteando por la Avenida Cronos: una disputa que escalaría a violencia en aproximadamente 4.7 minutos si no había intervención policial ordinaria. Era todo probabilidades. Todo patrones.

El Héroe no volaba. Había abandonado esa palabra. Volar implicaba esfuerzo, mecánica, alas o turbinas. Él simplemente negociaba su relación con el plano terrestre. Era un acuerdo tácito, constante, con la gravedad: tú te ocupas de ellos, yo me ocupo de mí. Un alto el fuego personal. Flotar era un estado de meditación perpetua, una mente expandida sobre el circuito nervioso de la ciudad.

Cuarenta y siete intervenciones. Cuarenta y siete veces había bajado, había aplicado la solución óptima, desactivar, contener, redirigir, muy rara vez dañar y había regresado a su atalaya. Su tasa de éxito era del 99.3%. El 0.7% de fracaso se desglosaba en variables impredecibles: un transeúnte que entraba en la zona de contención contra todo pronóstico, un agente del DFA que interpretaba mal una orden y disparaba, un perro asustado. Ruido en el sistema. Lo había anotado. Lo ajustaría.

Pero un nuevo patrón se alzaba en sus cálculos internos, uno más complejo, más viscoso que los simples flujos de energía caótica o las trayectorias balísticas. Lo llamaba, por ahora, el Costo de la Atención Pública. Era una curva que no dejaba de ascender, empinándose cada día. Al principio, tras el Puente Magnus, había sido un pico agudo de alivio y asombro. Luego, con la Plaza Central y su sonrisa capturada en mil pantallas, la curva se había transformado. Ya no era solo asombro. Era expectativa. Una necesidad colectiva, hambrienta y profunda, de que él estuviera allí. De que fuera ello: el faro, la solución, el final feliz ambulante.

Cada vez que descendía, no solo resolvía una crisis. Alimentaba la bestia.

Podía sentirlo. No como una emoción, sino como una presión ambiental, una distorsión en el campo social. Cuando flotaba sobre un barrio residencial, cientos de miradas se alzaban, no con miedo, sino con una súplica muda. ¿Estamos a salvo? ¿Lo estás comprobando? En las pantallas públicas, su imagen, siempre la misma, la de la sonrisa serena, la pose perfecta, se repetía en bucles de noticias que ya no informaban, sino que adoraban. Había merchandising barato: camisetas amarillas con la X blanca, figurillas de plástico que no le hacían justicia. Lo llamaban «El Guardián», «El Primer Rayo», «Amanecer». Eran nombres que intentaban domeñar lo incomprensible, convertirlo en una historia que pudieran dormir.

Él no se sentía un héroe. La palabra le resultaba hueca, un cascarón narrativo. Se sentía un supervisor de sistemas críticos. Velthara era la infraestructura. Los Marcados, fallos de software peligrosos. Los criminales de siempre, ahora con poderes, eran virus nuevos y más destructivos. Su trabajo era el mantenimiento, la contención de daños, la optimización continua para evitar el colapso total. La moral, la gloria, la gratitud... eran subproductos, datos interesantes en el gráfico de la estabilidad social, pero no el objetivo. El objetivo era la homeostasis. Que el organismo no muriera.

Un destello de luz, intenso y repentino, interceptó su procesamiento. Provenía de la fachada de cristal espejado del Edificio Aethelstan, un rascacielos nuevo y arrogante. El más grande de veltharaa su izquierda, El sol de la tarde, filtrándose entre nubes, se reflejó en un ángulo perfecto, enviando un haz de luz cegador directamente hacia él. No era un ataque. Era física banal.

Pero por una fracción de segundo, menos de un parpadeo soryonita, la superficie pulida y curvada del cristal actuó como un espejo convexo. Y en él, distorsionada por la curvatura y bañada por la luz dorada del atardecer, apareció una imagen.

No era el Héroe.

Era el hombre debajo.

Un rostro joven. Pálido, como si hubiera pasado demasiado tiempo lejos de un sol que no fuera el de su propio pecho. La estructura ósea era fuerte, la mandíbula cuadrada, pero todo ello estaba suavizado por una palidez de biblioteca subterránea, de luz de pantalla en lugar de luz de día. El cabello, rastas de color blanco sobre una frente alta. Y los ojos...

Los ojos no eran puntos de luz azulada está vez. Eran grises como el mar un día de tormenta. Y en ellos no había serenidad divina, ni cálculo frío. Había una fatiga monumental. No del cuerpo, su cuerpo era un instrumento afinado, alimentado por una energía que parecía inagotable, sino del alma. Una fatiga de cargar con el peso de cada mirada expectante, de cada vida que su algoritmo debía sopesar y priorizar, del silencio eterno que seguía a la «voz» fundacional. Era la mirada de alguien que había visto el mecanismo detrás del universo y lo único que quería era, a veces, solo a veces, poder olvidarlo y ver solo el cielo.

Fue un vistazo. Un error. Un descuido del sistema que mantenía la fachada de luz y geometría. Como si por un instante el programa se colgara y mostrara, en pantalla azul, el código vulnerable que latía debajo.

Luego, el sol se ocultó tras una nube más gruesa. El ángulo cambió. El reflejo en el cristal del Aethelstan se desvaneció, devolviendo solo la imagen familiar: la silueta amarilla perfecta, la X blanca, la gema pulsante, el enigma.




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