Universo The Lightning: Historias de un pasado

Capitulo 3: El Héroe parte 3

Parte 3: El Interludio

Velthara no dormía. Respirába. Una respiración ansiosa, eléctrica, cargada de un potencial que ya no era maravilloso, sino aterrador. El segundo mes había sido de asombro. El tercero amanecía con el sabor a ceniza y la certidumbre de que las reglas, una vez rotas, nunca se recomponen de la misma forma.

Las pantallas, esas pupilas omnipresentes de la ciudad, contaban la nueva historia. No la de Lyra Vance, cruda y compleja, sino la oficial. La de Silas Thorne.

Pero antes de su discurso, hubo el pecado original. El error que necesitaban.

EL "INCIDENTE DEL DISTRITO NORTE" - TRANSMISIÓN DE SEGURIDAD #14

La grabación era un mosaico de ángulos muertos, grano digital y el sonido metálico y distorsionado de micrófonos de calle. Mostraba la intersección de Kronos y la Séptima Avenida, una zona comercial modesta. La hora: 17:43. Hora punta.

En un extremo del frame, el héroe novato. Un chico, no mayor de diecinueve, que se hacía llamar "Eco". Su poder no era espectacular: podía crear duplicados de sí mismo, hasta tres, que se movían en sincronía, perfectos para confundir y desorientar. Su traje era una sudadera morada con un símbolo de onda sonora pintado con spray plateado. En su pecho una gema redonda de color magenta, Intentaba parecer seguro, pero sus movimientos eran nerviosos, bruscos. Era un actor debutando en la obra equivocada.

Frente a él, "Titan". No era un nombre creativo, pero era preciso. Un hombre de treinta y tantos, con la complexión de un luchador de barrio, cuyo poder era la hipertrofia controlada: podía inflar selectivamente grupos musculares, volviendo un brazo tan grueso como un tronco, una pierna en un pilar de carne y tendones que destrozaba el asfalto con cada paso. No llevaba traje. Llevaba un chaleco antibalas cortado para dejar espacio a su torso, que se expandía y contraía como el fuelle de un órgano monstruoso. Su gema, una protuberancia de color negra en el esternón, palpitaba con cada oleada de fuerza.

Titan había destrozado la fachada de una joyería. No por las joyas. Por el gesto. Por el derecho a hacerlo.

Eco, con la voz quebrada por los altavoces de un dron de vigilancia que sobrevolaba la escena, gritó: -¡Alto! ¡La policía y la DFA están en camino!

Titan se rió, un sonido gutural que vibró en los bajos de la grabación. ;¡Que vengan! ¡A ver si sus balitas hacen cosquillas!- Y para demostrarlo, agarró un coche compacto estacionado y lo alzó sobre su cabeza, los músculos de su espalda formando un mapa de cordilleras bajo la piel.

Fue entonces cuando Eco cometió el error. No de cálculo. De empatía. Vio a una mujer y su hija pequeña, atrapadas en la entrada de una tienda justo detrás de donde Titan iba a lanzar el vehículo. El pánico borró su entrenamiento rudimentario, su lógica. En lugar de crear clones para distraer, o retroceder, sobrerreaccionó.

Gritó, y no generó tres clones. Generó siete. Un estallido de pura ansiedad. Siete figuras moradas, indistinguibles de la real, surgieron a su alrededor en un círculo defectuoso. El problema no fue el número. Fue la inestabilidad. Las ilusiones, en lugar de moverse con coordinación, titilaron, se superpusieron, creando un efecto estroboscópico caótico y desorientador... incluso para él.

Titan, sorprendido por el súbito ejército fantasma, giró bruscamente. El coche en sus manos, ya en movimiento, se desvió de su trayectoria original. No fue hacia la calle vacía, como quizás Eco había pretendido.

El vehículo, una masa de dos toneladas, giró como un martillo mal lanzado y se estrelló contra el frente de un kiosco de perritos calientes. La estructura, hecha de metal ligero y propano, estalló.

No fue una explosión de película. Fue un fogonazo sucio y violento. Un hongo rápido de fuego anaranjado y negro que se tragó el kiosco y envolvió todo a su alrededor en un abrazo instantáneo de llamas y metralla retorcida.

La cámara de seguridad, fija en un poste de luz, tembló con la onda expansiva. Cuando el humo se despejó lo suficiente, se vio la silueta del autobús escolar.

No había sido el blanco. Había sido la víctima geográfica. Estaba estacionado en la parada justo al lado del kiosco, esperando a que los niños que salían de una academia de música cercana subieran. La explosión lo había alcanzado de lleno por el costado. Las ventanas reventadas eran bocas negras. El fuego, alimentado por el combustible del kiosco y los materiales del interior del autobús, ya trepaba por sus flancos pintados de amarillo, pintándolos de negro.

No se veían cuerpos. Sólo se oían. Un coro agudo, desgarrado, de gritos desde dentro del autobús. Un sonido que ni el grano de la grabación podía emascular. Gritos de niños.

En la pantalla, Eco se quedó paralizado. Sus siete clones se desvanecieron de golpe, como pompas de jabón pinchadas por el sonido de aquel horror. Se desplomó de rodillas, una figura diminuta y morada frente al infierno que había ayudado, sin querer, a avivar.

Titan, al otro lado de las llamas, dejó escapar una carcajada. No de triunfo. De absoluto, nihilista deleite. El caos, cualquiera que fuera su causa, era su verdadero poder. -¡JA! ¡MIRA ESO! ¡Estúpido novato, dejaste morir a los niños!- gritó, antes de volverse y huir a trompicones entre la confusión, su masa muscular abriéndose paso entre los escombros.

La grabación terminaba ahí, con el autobús ardiendo, los gritos convertidos en llanto ahogado por el crepitar de las llamas, y la figura de Eco, diminuta, rota, mirando su propio fuego.

Esa fue la chispa.

La pantalla se ennegreció por un segundo. Luego, apareció él.

Silas Thorne no estaba en un estudio. Estaba en lo que parecía el Centro de Comando del DFA, un espacio cavernoso lleno de pantallas táctiles y personal uniformado que se movía en silencio tras él. Llevaba un traje gris perla, impecable. Su rostro, cincelado y frío, mostraba una expresión de grave responsabilidad, no de triunfo. Era el médico que llega a dar el diagnóstico terminal.




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