Parte 4: La confrontacion.
23:00:00
No hubo cuenta regresiva. No hubo señal. Sólo la implacable certeza del reloj interno de cinco mentes sincronizadas hacia un mismo segundo crítico.
El mundo se descompuso y se recompuso en una fractura de realidad.
No fue un paf. Fue un colapso. El aire en el punto ciego del perímetro sur de Noxis, una cuña de sombra entre dos reflectores desalineados y un montón de chatarra estructural se implosionó. Se succionó hacia dentro durante una milésima de segundo con un sonido seco, de pulmón perforado, y luego expulsó su contenido: tres figuras en una postura de llegada forzada, como si el espacio los hubiera vomitado.
Flicker aterrizó en una posición semiflexionada, pero el aterrizaje fue lo de menos. El verdadero impacto fue interno. Su rostro, normalmente lleno de una energía nerviosa, se desplomó en una palidez de mármol. Un hilo brillante y escarlata brotó de su nariz, serpenteando sobre su labio superior. Transportar su propia masa ya era un esfuerzo titánico para su sistema. Transportar a Apex, una torre de músculo y densidad ósea aumentada, y a Rampart, con su armadura táctica y el peso latente de su poder listo para descargar, había sido como intentar tele transportar una pequeña losa de hormigón. Jadeó, un sonido áspero que intentó sofocar al instante, los ojos vidriosos pero fijos en la siguiente coordenada mental.
Rampart no aterrizó. Se materializó en acción. Sus botas nunca completaron el movimiento de llegar al suelo de gravilla. Antes de que la suela pudiera hacer contacto antes incluso de que el sonido del colapso del aire se disipara, sus brazos ya estaban en movimiento. No fue un gesto amplio, sino una contracción precisa de músculo y voluntad, desde los hombros hasta las yemas de sus dedos enguantados.
De sus antebrazos, se expandió una cúpula. No era luz sólida. Era una perturbación azulada, un campo de frecuencia que devoraba el sonido. El cranch de la gravilla bajo sus botas, el jadeo ahogado de Flicker, el leve crujido del traje de Apex al moverse, todo fue absorbido, tragado por un silencio artificial tan absoluto que resultaba opresivo. Rampart era un núcleo de concentración pura, sus ojos, visibles tras la máscara, escaneando el área inmediata a través de la distorsión silenciosa de su propio campo. No era un escudo. Era un entierro acústico. Su primer trabajo, y ya estaba ejecutándose a la perfección.
Apex, por su parte, fue un espectáculo de biomecánica forzada. No perdió tiempo en palabras o miradas. Al sentir el suelo (o la falta de sonido de él) bajo sus pies, su cuerpo respondió con la frialdad de un protocolo iniciado. Sus brazos humanos, esos que parecían normales se retrajeron contra su torso, como si los músculos y tendones decidieran replegarse para dar paso a algo más especializado.
Entonces, de los paquetes musculares de sus omóplatos y de los arcos costales inferiores, brotó la modificación. No fue un crecimiento suave. Fue una erupción controlada. Un sonido bajo, húmedo, a medias entre el crujido de cartílago y el desgarro de tela tensa, acompañó la aparición de cuatro nuevos miembros. Eran largos, desproporcionadamente delgados en comparación con su torso, con una estructura ósea visible bajo una capa de tendones como cables de acero y una piel grisácea y tensa. No terminaban en manos. Terminaban en garras compuestas de una sustancia ósea negra y brillante, afiladas y ganchudas.
Sin una pizca de vacilación, estas extremidades monstruosas se alargaron hacia el muro de cinco metros que tenían frente a ellos. Las garras no se estrellaron contra el hormigón. Se posicionaron con la precisión de un cirujano que evade vasos sanguíneos. Una aquí, en una grieta superficial. Otra allá, en el borde de una placa de metal. Evitaron los puntos ciegos que Astral había marcado: los sensores de vibración, los hilos de fibra óptica camuflados como grietas. En quince segundos exactos, Apex había generado una estructura de escalada orgánica y viviente. Sus miembros extendidos formaban peldaños y soportes, una escalera hecha de su propia carne y hueso reformados. Era a la vez fascinante, por su eficiencia, y profundamente grotesca, por su rechazante biología invertida.
El cruce fue un ballet de precisión bajo presión.
Rampart ascendió primero. Su domo de silencio se extendió a su alrededor como una burbuja personal, manteniendo el absoluto silencio mientras sus manos y pies encontraban presas en los miembros óseos de Apex. No había sonido de respiración, de roce de tela, nada.
Apex siguió, escalando por su propia creación. Sus miembros de soporte se ajustaban micro-métricamente, contrayéndose o extendiéndose para ofrecer el siguiente punto de apoyo, mientras sus brazos humanos y su cuerpo central se movían con una fuerza animal contenida.
Flicker, abajo, cerró los ojos por un instante. Se llevó el dorso de la mano a la nariz, manchándose de rojo. Respiró hondo, ignorando el sabor a cobre. Luego, parpadeó. No hubo el característico paf. Sólo un leve temblor en el aire dentro del domo de Rampart, y Flicker estaba en la cima del muro, agachado, su rostro aún pálido pero sus ojos ahora alertas, escaneando el patio interior de Noxis que se desplegaba ante ellos, sombrío y lleno de amenazas silenciosas.
Hasta aquí, el plan era un mecanismo de relojería perfecto. Cada engranaje, por doloroso o monstruoso que fuera, había encajado. El silencio era total. La infiltración, impecable.
Sólo eran los primeros minutos.
23:05:00
El cielo sobre el flanco este de Noxis era una bóveda de hormigón mental, un vacío vigilado por cámaras de largo alcance y el zumbido bajo de los drones de patrulla. Las estrellas, tímidas, se negaban a brillar sobre ese lugar. El aire olía a electricidad estática y a la promesa metálica de la contención.
A las 23:05:00, ese vacío fue violado.
No descendió. Cayó. Una estrella blanca y furiosa desgarrándose desde las capas altas de la atmósfera. No había gracia en su entrada, sólo potencia pura y dirección iracunda. Era Serafín, pero el ángel se había despojado de toda serenidad. Lo que atravesaba el cielo era un proyectil de rencor, un misil guiado por una amargura que le corroía las entrañas. Se detuvo con una violencia que desafió la física, una sacudida en el aire que resonó como un trueno sordo, exactamente a doscientos un metros sobre la torre de vigilancia este.