. A veces lo libre no es decidir,
sino dejar que la brisa te haga latir .
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. 2064 .
. 13 Velunir .
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La luna se alzaba en lo más alto de su esplendor de la noche oscura, mientras la espesa neblina cubría el palacio como un velo fantasmal. en mi habitación, el silencio pesaba sobre cada rincón, me acurrucada bajo mi cobija, sintiendo el cálido refugio de la tela contra mi piel.
Pero entonces sin previo aviso, una extraña sensación me recorrió el corazón, comenzó a latir rápido como si alguien me acechara en la oscuridad.
Me levanté de golpe y me dirigí a la cocina rápido en busca de algo que me hiciera calmar el corazón, de repente una pata con delicado pelaje me toco la espalda por detrás y me la acarició con cuidado intentando calmarme sin espantarme, me giro y veo que es mi madre.
—Hola Evie—dijo observando mis ojos.
Su voz era suave, como si intentara no romper la quietud de la madrugada. Me quedé unos segundos en silencio, sintiendo el peso de su mirada sobre mí.
—Hola mamá—respondí con un hilo de voz.
Ella notó mi inquietud y no hizo más preguntas. En cambio, con la misma delicadeza con la que me había tocado la espalda, tomó mi pata derecha y la sostuvo entre las suyas.
—Respira—me susurró.
Seguí su indicación, cerrando los ojos por un momento, el aroma del café recién hecho invadió mis sentidos, mezclándose con el calor de su presencia. Me sentí un poco más tranquila, aunque el latido acelerado en mi pecho aún no desaparecía por completo.
Mamá me guió hasta la mesa y se sentó conmigo, sin apurarme, sin pedir explicaciones. Solo estaba allí, presente, ofreciéndome lo único que realmente necesitaba en ese momento, su compañía.
Suspiré y, por fin, decidí hablar.
—Mamá, necesito hablar contigo—comenté en un tono preocupado.
Sus ojos se posaron en los míos con dulzura antes de responder.
—Tranquila, hija. Dime qué sucede—contestó suavemente, su voz era apenas un susurro.
Respiré hondo antes de continuar.
—Hace mucho tiempo tengo un problema... Siempre me despierto con el corazón acelerado.
—¿Siempre, hija?—preguntó con curiosidad.
—Sí, mamá. No sé por qué ocurre, pero es algo extraño... Me pasa todas las noches, sin falta—dije en un tono serio.
—¿Y sientes como si alguien te acechara?—preguntó con un dejo de nostalgia.
—No siempre... pero sí, a veces—respondí en voz baja.
—Bien, por ahora vuelve a tu habitación e intenta dormir. Pasado mañana veremos qué hacer, porque mañana estaré ocupada con un compromiso que ya tenía programado. ¿Está bien?.
—Está bien, mamá. Nos vemos mañana. Que descanses—respondí con un hilo de voz, apenas un susurro, dejando que el silencio llenará el espacio entre nosotras.
Me levanté de la silla y descendí al suelo, sintiendo el contacto suave de mis almohadillas contra la superficie lisa. Me fui alejando poco a poco de mi mamá, dejando atrás su mirada llena de preocupación, a cada paso, la distancia entre nosotras se hacía más evidente, como si el aire mismo se tornara más pesado, mis pensamientos revoloteaban inquietos en mi mente mientras me encaminaba hacia mi habitación.
El pasillo parecía más largo de lo habitual, las sombras de la noche se extendían por las paredes como figuras silenciosas, a medida que me acercaba a la puerta, un escalofrío recorrió mi piel, pero me obligué a seguir adelante, al entrar, el aire se sentía diferente, como si algo invisible me observara desde algún rincón, cerré la puerta con suavidad y exhalé lentamente, tratando de ignorar la sensación extraña que me envolvía.
Me acerqué a mi cama y me acurruqué bajo las cobijas, buscando el calor reconfortante de la tela, no miré a mi alrededor, aunque no podía ignorar la extraña sensación de que alguien me observaba y sin prestarle demasiada atención, cerré los ojos lentamente, dejando que el sueño me envolviera hasta perderme por completo en la oscuridad.
Al día siguiente, los rayos del sol acariciaban la ventana gigante de mi alcoba real, filtrándose con suavidad en la estancia mientras yo seguía sumergida en el mundo de mis sueños, anhelaba el día en que pudiera abandonar el palacio, ser libre al fin, sin la carga de leyes ni reglas impuestas por el nuevo Pacto Golding, no estaba de acuerdo con sus normas, pero ¿qué podía hacer?, a mis trece años, mi voz no tenía peso en asuntos tan grandes.
Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a deslizarse suavemente sobre mi rostro, una calidez reconfortante me envolvió, poco a poco, fui saliendo de mi mundo de sueños, dejando atrás la tranquilidad de la oscuridad y adentrándome en la luminosa realidad, mis ojos se entreabrían con cautela, como si se negaran a abandonar el descanso que tanto habían disfrutado.
Luego, al reunir algo más de energía, finalmente los abrí completamente y contemplé el día que se desplegaba ante mí, con un gesto automático y lleno de ternura, llevé mis patas suaves y tibias a mi rostro, tallando con delicadeza los vestigios del sueño que aún pesaban sobre mis párpados, era el inicio de una nueva jornada, marcada por la cálida bienvenida del sol en mi piel.
Con movimientos pausados y tranquilos, me levanté de la cama, sintiendo cómo el día comenzaba a despertarme por completo, mis pasos eran lentos, casi ceremoniosos, mientras me dirigía al majestuoso salón del trono.
Un lugar que siempre permanecía con un aire imponente, sabía que allí debía estar mi mamá, y al llegar, confirmé mi suposición, estaba inmersa en una conversación con alguien más, deseando no interrumpir, levante una de mis patas con elegancia y la moví de un lado a otro en un gesto amistoso de saludo.
Aunque ocupada, ella notó mi presencia y me hizo una señal suave con su pata, indicándome que me acercara.
Editado: 27.02.2026