Universos Paralelos

Capítulo II | Bosque Nébora

. No hay que temer si el riesgo es real,

confía en quien te tiende la mano leal .

Caminaba y caminaba, sin detenerme, con la mirada perdida entre los árboles interminables del Bosque Nébora, cada rama crujía como una advertencia, cada sombra parecía alargarse para atraparme. No sabía cuántas horas habían pasado, pero el cansancio ya no era físico... era mental.

No lograba encontrar una salida. El bosque parecía cerrar sus puertas a propósito, burlándose de mi desesperación, la ansiedad me subía por el pecho como una ola espesa, difícil de contener, el susto se colaba en mis pensamientos y comenzaba a tragarse cada rincón de calma que intentaba aferrarme.

Tragué saliva. El aire era más espeso, más frío, más vivo, algo, no sabía qué, me observaba. Y lo peor es que no sabía si era real... o solo mi mente colapsando.

Solo tenía trece años. Era apenas una niña, frágil como una ramita al viento, y el mundo a mi alrededor se sentía inmenso y cruel, me encontraba perdida en aquel bosque del que los adultos hablaban con susurros, como si temieran que nombrarlo con voz alta invocará algo terrible. El aire era espeso, cargado de silencio, interrumpido apenas por el crujir lejano de las ramas y el canto extraño de aves que no reconocía.

Con cada paso, los árboles parecían cerrarse más, como si quisiera tragarse el camino que había detrás de mí, el miedo se instaló en mi pecho como un nudo, oprimiendo mi respiración, y mis ojos buscaban en vano alguna figura familiar, algún indicio de que no estaba sola. Pero no había nadie. Nadie que tomara mi mano. Nadie que dijera "todo estará bien".

Llorar no me servía de nada, lo había descubierto hacía un rato, el bosque no se conmovía con lágrimas, ni con súplicas, era un gigante indiferente. Me abracé a mí misma como si mis brazos pudieran protegerse del frío y del terror, y seguí caminando, un paso a la vez, con la esperanza casi rota... pero todavía viva.

Después de un largo rato caminando, finalmente llegué al corazón del bosque, allí, solitario en el claro, se alzaba el tronco de un ravol, como llamábamos a los árboles en Faythiano, o al menos, lo que quedaba de él. Había sido talado, y solo quedaba su base, ancha y firme, como el último suspiro de algo que alguna vez fue majestuoso.

Me acerqué con cautela, subí sobre el viejo tronco con mis cuatro patas temblorosas y me senté en lo alto, intentando encontrar algo de paz, no sabía si podría sobrevivir la noche, pero desde allí, al menos, podía pensar. Quizás idear un plan o quizás simplemente esperar a que el bosque decidiera qué hacer conmigo.

Escuché un ruido a lo lejos, el crujir de unas patas que se arrastraban entre las hojas, lentas pero inevitables. Por un instante, el corazón me golpeó el pecho, supe que una criatura del bosque por fin me había hallado... que el momento de que me devoraran había llegado.

De pronto, salió de entre los árboles un lobo como yo, solo que más grande... quizás cinco años mayor. Su presencia imponía respeto, y sus ojos, intensos y firmes, me observaron como si ya supiera quién era yo.

Sentí un nudo en la garganta. Sin saber qué más hacer, le pregunté con voz temblorosa.

—¿Quién eres tú?

Él no apartó la mirada. Una risita, apenas audible pero cargada de burla, escapó de sus labios.

—Eso debería preguntárselo yo, pequeña... ¿Qué hace una loba tan joven en tierras que no le pertenecen, hmm?

—Eh... yo... pues...

Las palabras se atoraron en mi garganta. No sabía qué decir, pero al final, dejé que la verdad hablara por mí.

—Me adentré en el bosque siguiendo una voz... era angelical, suave como el viento entre las hojas. Me guiaba, me llamaba, y no pude evitar seguirla, pero cuando llegué al corazón del bosque, el canto se desvaneció. Quise volver a mi reino, pero... me perdí.

—Interesante —murmuró mientras me recorría con la mirada de pies a cabeza, como si intentara descifrarme.

El silencio se alargó unos instantes, cargado de una expectativa que no entendía del todo. Luego de unos minutos, dio un par de pasos, con calma, y comenzó a acercarse al lugar donde yo seguía sentada, sin atreverme a moverme.

Estaba muy asustada. Mi cuerpo comenzó a temblar sin que me diera cuenta, y mi respiración se volvió cada vez más agitada. Él notó el cambio de inmediato... y decidió volver a hablar.

— Oye, tranquila... no voy a hacerte daño. Solo quiero verte de cerca —dijo mientras aceleraba el paso hasta quedar justo frente a mí.

Cuando quedó justo frente a mí, me miró fijamente, como si intentara descifrar cada miedo oculto en mis ojos. Luego, sin apartar la mirada, se sentó lentamente, justo ante mí, alzó una de sus patas con cautela y la extendió hacia mi rostro.

Con una suavidad que me sorprendió, acarició mi cabeza durante unos segundos. No hablaba, pero en ese gesto había una calma extraña... casi reconfortante.

Después, decidió volver a hablar.

—Sé que tienes miedo... cualquier loba pequeña lo tendría. Pero recuerda, nunca juzgues un libro por su portada —dijo mientras bajaba su pata con suavidad hasta tocar el suelo.

El silencio pesaba más que el miedo. Las hojas apenas se atrevían a crujir bajo el viento mientras lo observaba, aún temblando. Y entonces, sin poder contener la curiosidad, o quizás solo queriendo llenar el vacío de ese momento, hablé.

—¿Quién eres?

Mi voz salió más baja de lo que esperaba, casi un susurro, pero él la escuchó. No solo con los oídos... con los ojos también, porque me miró como si mis palabras le hubieran abierto una puerta que llevaba mucho cerrada.

Él desvió la mirada, poco a poco, la fue bajando hasta que sus ojos quedaron fijos en el suelo, como si las palabras le pesaran más que el silencio. No dijo nada durante unos segundos... hasta que finalmente habló.

—Solo te diré que mi nombre es Juan —dijo con la voz más baja que tenía.



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En el texto hay: misterio, secretos, suspenso

Editado: 27.02.2026

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