. Los secretos más callados, terminan siendo revelados, y sin aviso ni cuidado, dejan corazones quebrados .
Me acercaba cada vez más al palacio, ansiosa por llegar, dejar atrás el cansancio y sumergirme en el calor de mi cama. Cuando finalmente estuve frente a la gran puerta, la abrí con todo el cuidado del mundo, asegurándome de no hacer ruido. Pero antes de que pudiera siquiera dar un paso dentro, una voz resonó desde la distancia...
—Cariño, no hagas como si no me escucharas—la voz de mi madre era firme, cortando el aire con autoridad—Ven aquí, quiero presentarte a tu futuro esposo.
Mi cuerpo se tensó.
—Además—continuó con un tono calculado—te casarás con él a los 18. Tienes ocho años para conocerlo bien... y hablar.
El aire frío del palacio se volvió aún más sofocante.
Cuando entré a la sala del trono, mi mirada se encontró con la suya.
Era él...
El mismo chico con el que me había tropezado en el pueblo, el que intentó humillarme... pero no lo permití.
—Papá, esta es mi futura esposa—dijo con absoluta indiferencia.
Su padre, Fredick, asintió con aprobación, mientras su hijo me examinaba con evidente desdén.
—Pensé que sería más bonita y tendría mejores modales—soltó, su voz teñida de desprecio.
Sentí la sangre hervir en mis venas.
—Por lo menos yo no recojo basura de la calle como otros.
No iba a quedarme callada, no iba a permitir que me hablara así. Así que respondí de golpe, con la misma firmeza con la que él intentaba menospreciarme.
—¡Hija! Así no se comporta una dama—gritó mi madre, su voz cargada de furia.
Vi su movimiento antes de que pudiera alcanzarme, su pata se alzó, dispuesta a abofetearme.
Pero no iba a permitirlo...
Con mi pata izquierda la detuve en seco.
—Y así no se comporta un príncipe—solté con desprecio, sosteniendo su mirada sin temor.
Aún podía sentir su rabia vibrando en el aire, pero no me quedé a escuchar más, solté su pata y me alejé de aquel lugar, con pasos firmes hacia mi habitación.
Había límites que no estaba dispuesta a dejar que cruzaran...
Ella se quedó perpleja, su expresión congelada en una mezcla de incredulidad y furia, según ella, la había desobedecido.
Pero para mí, solo había defendido mi dignidad...
Podía sentir su mirada clavada en mi espalda mientras me alejaba, pero no me detuve...
No iba a permitir que sus reglas me definieran...
No esta vez...
Peleaba conmigo misma, mi mente dividida entre el deber y el deseo.
Mis manos temblaban, mi corazón latía con fuerza.
Me detuve y miré por la ventana...
Ahí estaba el Bosque Nébora.
Oscuro, imponente, pero también lleno de promesas.
Sabía que tenía la posibilidad de escapar, de correr hacia la libertad que siempre había anhelado, pero no...
El peso de mi destino seguía anclado a mis pasos. Mi reino aún me retenía, y mi madre aún dictaba mi vida.
Para ser joven, mi mente estaba llena de deberes y obligaciones, sabía lo que estaba pasando el reino, lo veía reflejado en cada rincón, en cada mirada cansada de su gente.
No quería que sufriera más...
Podía soñar con la libertad, con el bosque llamándome en la distancia... pero la realidad pesaba más que mis deseos.
Mi destino ya estaba marcado... Y aunque me doliera, debía soportarlo...
El hambre me empezaba a incomodar, y sabía bien que mi madre nunca me traería comida a la habitación, no era cuestión de que no pudiera hacerlo, podía pedírselo a una doncella y ella la traería sin problema... pero no.
Esta vez, decidí bajar a la cocina por mi cuenta...
Avancé por los pasillos silenciosos, sintiendo el frío del mármol bajo mis patas, al entrar a la cocina, esperaba encontrarme con platos vacíos y una lámpara tenue iluminando el espacio... Pero, en cambio, me topé con él.
—Scar...—murmuré, sorprendida al verlo allí.
Sus ojos se alzaron hacia mí, brillando con una chispa traviesa.
—Evie, ¿qué haces aquí tan tarde?
Mi hambre pasó a segundo plano. Ahora, lo inesperado de su presencia captaba toda mi atención.
—Tengo hambre... ¿Tienes algo que puedas darme?—pregunté, dejándome caer en la silla con un suspiro pesado—. Me volví a pelear con mi madre... otra vez.
Scar levantó la vista, con una mezcla de sorpresa y resignación.
—Vaya, eso sí que no es novedad...—murmuró, rebuscando en la despensa—A este paso, terminarás peleando más con ella que comiendo.
—Dímelo tú...—crucé los brazos, esperando—¿Encontraste algo?
Scar sacó un pequeño paquete y lo deslizó sobre la mesa.
—Aquí tienes, no es un banquete real, pero te servirá.
Le dediqué una sonrisa cansada antes de tomar el alimento.
—Gracias, Scar. Si no fuera por ti, pasaría la noche muriendo de hambre... y de enojo.
Scar soltó una risa leve, apoyándose contra la mesa.
—No hay de qué. Además, sabes que siempre puedes venir aquí cuando lo necesites.
Mientras mordía el pan, sentí un alivio momentáneo. Tal vez, en medio de todo el caos, aún quedaban pequeños instantes de paz.
—¿Y tu madre?—pregunté, sintiendo una inquietud repentina. Llevaba días sin verla.
Scar desvió la mirada, su expresión perdiendo la chispa habitual.
—Mi madre...—murmuró, fijando los ojos en el suelo, como si el peso de sus pensamientos fuera demasiado—No se siente bien estos días, está enferma, así que ha decidido quedarse en casa.
Pausó un momento antes de continuar, su voz más apagada.
—Yo vengo a hacer todo por ella... Además, necesito bastante dinero para una cirugía que le urge, si no la hace, no podrá seguir viviendo.
Sentí un nudo en la garganta al verlo así. Scar, siempre tan fuerte y despreocupado, ahora parecía atrapado en una lucha que iba más allá de su propia fuerza.
Al escuchar sus palabras, sentí un nudo en el pecho, sin pensarlo, me bajé de la silla, dejando que mis patas tocaran el suelo con suavidad. No dudé...
Editado: 27.02.2026