¡ Ups! Embaracé a la Equivocada

CAPÍTULO 2: Divorcio exprés y una raya de más

A las diez de la mañana, Maeva Russo se miró en el espejo del baño de la suite y no se reconoció.

Tenía el rímel corrido hasta las mejillas, como si hubiera llorado negro. El pelo parecía un nido de pájaros que había sufrido un terremoto. Y en la mejilla izquierda llevaba marcada la costura de la almohada, un dibujo perfecto de rayitas que la hacía parecer un mapa de carreteras.

—Maeva, hija mía —le dijo a su reflejo—, tú tenías un plan. El plan era no quemar el arroz, pagar la renta y no meterte en problemas. Sacaste uno de tres. Felicidades.

Se lavó la cara con agua helada, se enjuagó la boca con el enjuague bucal de cortesía del hotel y salió al pasillo con el uniforme arrugado, los zapatos en la mano, porque el zapato bueno había aparecido debajo de la cama y el malo seguía perdido, y la dignidad hecha pedazos.

En el vestíbulo la esperaba Rosie, con dos cafés enormes y una expresión de reportera de chismes que acaba de encontrar la exclusiva del año.

—Dime que no es verdad —dijo Rosie.

—Es verdad.

—Dime que no te casaste con el millonario.

—Me casé con el millonario.

—¡Maeva!

—¡Lo sé! —Maeva agarró el café y le dio un trago largo—. ¡Lo sé, lo sé, lo sé! No me regañes, que ya me estoy regañando yo sola desde que abrí los ojos.

—Pero, ¿cómo? ¿Cuándo? ¿Quién los casó?

—Un Elvis.

—¿Un qué?

—Un señor bajito disfrazado de Elvis. Cobró cincuenta dólares. Setenta y cinco con canción.

Rosie se quedó mirándola con la boca abierta. Después, lentamente, empezó a reírse. Primero una risita, luego una carcajada, y luego tuvo que sentarse en una banqueta del vestíbulo porque no se podía sostener de pie.

—Si fuera tu amiga de verdad, te estaría consolando —dijo entre lágrimas de risa—. Pero es que es tan tuyo, Maeva. Es tan, tan, tan tuyo. Tú eres la única persona en el mundo que se casa en Las Vegas con un Elvis y un millonario en la misma noche.

—Qué orgullo —dijo Maeva con la voz seca—. Por favor, ponlo en mi lápida.

—¿Y ahora qué?

—Ahora nos divorciamos. Su abogado dice que en veinticuatro horas. Yo ni siquiera necesito pagar nada, ni abogados ni nada. Él se encarga de todo. Qué amable.

—Qué conveniente, querrás decir.

—Es lo mismo.

—No, no es lo mismo, Maeva. Si un millonario te paga un divorcio sin que se lo pidas, es porque tiene algo que esconder o algo que ganar.

—Lo que tiene que esconder es la vergüenza, Rosie. Lo que tiene que ganar es su libertad. Es un cactus que quiere volver a su desierto.

—Los cactus no tienen desiertos. Tienen macetas.

—Pues que vuelva a su maceta de oro.

A las dos de la tarde, Maeva estaba sentada en una sala de espera de un edificio de cristal, rodeada de plantas que parecían falsas y revistas de negocios que no se atrevía a tocar. Tenía puesto un vestido prestado de Rosie, de flores amarillas, que le quedaba un poco corto, y unos zapatos prestados que le quedaban un poco grandes.

Harrison llegó a las dos y diez. Se había bañado, afeitado, cambiado el traje por uno azul marino idéntico al anterior pero sin arrugas, y se había puesto unas gafas de sol que se quitó al entrar. Detrás de él venía un hombre de pelo canoso, con maletín de cuero y un aire de cansancio permanente, que debía de ser el abogado que dormía con el teléfono en la almohada.

—Maeva —dijo Harrison, con un saludo rígido.

—Harrison.

—Este es el señor Whitlock, mi abogado.

—Encantado, señora Fitzpatrick —dijo el abogado.

—No —dijeron los dos al mismo tiempo.

—Perdón. Señorita Russo.

—Mejor —dijo Maeva.

El señor Whitlock los llevó a una sala con una mesa larga de madera, sillas de cuero y un ventanal desde donde se veía toda la ciudad. Sobre la mesa había dos montones de papeles. Uno tenía una pestaña amarilla, el otro una pestaña azul.

—Estos son los documentos de disolución matrimonial. Se firma aquí, aquí y aquí. Una copia queda en el tribunal, otra en mi oficina, y otra para cada parte. Es un procedimiento sin disputa, ya que no hay hijos ni propiedades conjuntas ni pensión. Si ambos están de acuerdo, mañana a mediodía el juez firma, y se acabó.

—Estamos de acuerdo —dijo Harrison.

—Completamente de acuerdo —dijo Maeva.

—¿Seguros? —El abogado los miró por encima de las gafas—. Los matrimonios en Las Vegas se disuelven muy rápido, pero una vez firmado esto no hay vuelta atrás. Quiero asegurarme de que no se trata de una decisión apresurada.

—Señor Whitlock —dijo Maeva—, apresurado fue el matrimonio. Esto es lo más sensato que hemos hecho en doce horas.

—Estoy de acuerdo con ella —dijo Harrison.

—Primera vez que estamos de acuerdo en algo —dijo Maeva.

—Segunda. La primera fue en que somos incompatibles.

—Tienes razón. Tercera, entonces, cuando acordamos que fue un error.

—Cuarta, cuando...

—Basta —suspiró el abogado—. Firmen, por favor.

Maeva firmó. La mano le temblaba un poco, no por nervios, sino por la resaca, que todavía le zumbaba en las sienes. Harrison firmó con un trazo limpio y seguro, como quien firma un contrato de cien millones.

Cuando terminaron, el señor Whitlock recogió los papeles, los metió en una carpeta y se levantó.

—Los veo mañana en el juzgado, a las once. Y señorita Russo, una cosa más.

—¿Sí?

—El anillo.

Maeva miró su mano. El anillo seguía ahí, apretado contra el dedo como un cangrejo enfadado.

—Ah. No sale.

—Lo he intentado todo —dijo ella—. Jabón, agua fría, agua caliente, aceite de oliva del bar, mantequilla del desayuno.

—Ya veo.

—Y saliva. Pero eso mejor no lo cuento.

Harrison cerró los ojos con un gesto de dolor.

—Es el anillo de mi abuelo. Pesa como un ladrillo, y está diseñado para que no se lo quite nadie. Mi abuela dice que los Fitzpatrick no se dejan quitar nada.

—Pues entonces tienes un problema —dijo Maeva—, porque yo no pienso salir de este despacho con tu anillo.




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