El vestíbulo de Fitzpatrick Global era tan grande que Maeva pensó que se había equivocado de edificio y había entrado a un aeropuerto.
El suelo era de mármol blanco, tan pulido que podía ver su propio reflejo con todos los defectos incluidos. Del techo colgaba una escultura de cristal que imitaba una bandada de aves en pleno vuelo, y probablemente costaba más que el pueblo entero donde nació su madre. Había plantas verdes en macetas gigantes, sillones de cuero que nadie parecía usar y un silencio tan elegante que daban ganas de hablar bajito, como en una iglesia.
Maeva dio tres pasos y sus zapatos hicieron un ruido enorme. Clac, clac, clac. Eran los zapatos prestados de Rosie, un número más grandes, y sonaban como si caminara con dos platos en los pies. Un hombre con traje que pasaba a su lado la miró de reojo. Ella le sonrió con todos los dientes.
—Buenos días. Qué bonito vestíbulo. Muy limpio.
El hombre aceleró el paso.
—Perfecto, Maeva —susurró ella—. Primer paso: asustar a los empleados.
Se acercó al mostrador central, una especie de isla de madera oscura detrás de la cual había tres personas con auriculares y expresiones de profesionales a las que nada sorprendía. Maeva eligió a la recepcionista del medio, una mujer de pelo recogido en un moño tan tirante que parecía darle autoridad, y puso las manos sobre el mostrador.
—Buenos días. Quisiera ver al señor Harrison Fitzpatrick.
La recepcionista levantó la vista con lentitud. Su mirada recorrió a Maeva de arriba abajo, desde la blusa blanca barata hasta los zapatos que sonaban a vajilla.
—¿Tiene cita?
—No.
—¿Es proveedora?
—No.
—¿Es periodista?
—No. Gracias a Dios, no.
—¿Es familiar?
Maeva abrió la boca y la cerró. Era una pregunta con trampa. Técnicamente, hasta hacía tres semanas, había sido su esposa. Y, técnicamente, en ese mismo momento llevaba dentro algo que lo convertía en familiar para siempre. Pero decir eso en voz alta, frente a tres recepcionistas y un guardia de seguridad, no le pareció una gran estrategia.
—Soy una conocida —dijo al fin.
—¿Una conocida?
—Nos conocimos en Las Vegas.
—Ah. —La recepcionista cambió de expresión, una mínima contracción en la comisura de los labios, como quien huele algo que no le gusta—. Una conocida de Las Vegas.
—Sí.
—El señor Fitzpatrick tiene la agenda completa. Si desea dejar su nombre y su número de teléfono, alguien de su equipo se pondrá en contacto.
—Es que es urgente.
—Todos dicen que es urgente.
—Pero esta vez sí lo es.
—Todos dicen eso también.
Maeva respiró hondo. Apretó el bolso contra el costado, donde el sobre con el palito de plástico le quemaba como un carbón encendido.
—Mire, señora...
—Señorita Brenner.
—Señorita Brenner, le prometo que no soy una loca ni una acosadora ni nada de eso. Solo necesito cinco minutos con él. Cinco. Después me voy y no vuelvo a molestar a nadie nunca más.
—¿Cuál es su nombre?
—Maeva Russo.
La señorita Brenner tecleó algo. Esperó. Frunció un poco el ceño.
—No aparece en ninguna lista.
—Claro que no. No soy de las listas.
—Entonces no puedo ayudarla.
—¿No puede llamarlo y decirle mi nombre? Solo el nombre. Si dice que no, me voy.
—No es el procedimiento.
—Señorita Brenner —dijo Maeva, bajando la voz y acercándose al mostrador—, ¿alguna vez en su vida ha hecho algo tan absurdo que todavía hoy no puede creer que fue real?
La recepcionista no contestó, pero algo en sus ojos titiló. Una chispa. Un recuerdo lejano de una noche, un tequila y alguna decisión de la que no se hablaba en la oficina.
—Prefiero no responder —dijo al fin.
—Eso es un sí.
—Es un prefiero no responder.
—Y eso también es un sí. Mire, yo me casé con su jefe. Con un Elvis. Hace tres semanas. Nos divorciamos al día siguiente. Pero hay algo que tengo que decirle que no puedo decir por teléfono, ni por mensaje, ni por una carta. Necesito decírselo en persona.
La señorita Brenner se quedó inmóvil. Su mano, que llevaba rato flotando sobre el teclado, bajó muy despacio al escritorio. Del otro lado del mostrador, las otras dos recepcionistas habían dejado de fingir que trabajaban y miraban a Maeva con la boca entreabierta.
—¿Se casó con el señor Fitzpatrick? —susurró una de ellas.
—Y se divorció —aclaró Maeva—. Lo importante es la parte del divorcio.
—¿Con un Elvis?
—Un Elvis bajito. Con patillas.
—Dios mío —dijo la otra recepcionista, con los ojos brillantes—. Es mejor que cualquier telenovela.
—Silencio, Candace —dijo la señorita Brenner, aunque sin mucha convicción. Volvió a mirar a Maeva—. No puedo dejarla subir. Pero voy a llamar a su asistente. Ella decidirá.
—Gracias. De verdad, gracias.
—No me dé las gracias todavía. La asistente del señor Fitzpatrick se llama Winifred, y tiene fama de ser aún más difícil que él.
—Qué bien. Me encantan los desafíos.
—Siéntese allí. Y no toque nada.
Maeva se sentó en uno de los sillones de cuero, que era tan blando que casi se la tragó. Apoyó el bolso sobre las rodillas, cruzó las piernas, y se puso a mirar al techo, donde la escultura de cristal parecía burlarse de ella con su elegancia.
Pasaron diez minutos. Luego veinte.
Para distraerse, Maeva empezó a observar a las personas que cruzaban el vestíbulo. Hombres con trajes grises que hablaban en voz baja y caminaban con prisa, mujeres con tacones afilados que parecían cuchillos, mensajeros con paquetes, becarios con café, ejecutivos con auriculares. Nadie sonreía. Nadie parecía divertirse. Eran como una colonia de hormigas muy bien vestidas.
—¿Cómo puede trabajar la gente aquí? —murmuró—. Esto parece un funeral con mejor iluminación.
Un niño de unos seis años, que esperaba junto a su madre en el sillón de al lado, la miró con curiosidad.
—Porque pagan mucho dinero —dijo con total seriedad.