Harrison no se sentó.
Hizo exactamente lo contrario de lo que Maeva le pidió, porque era el tipo de hombre que llevaba treinta y dos años sin recibir una orden que no hubiera dado él mismo. Se quedó de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y esa mirada fija que, según Winifred, era su método de defensa.
—Prefiero estar de pie —dijo.
—Como quieras. Pero luego no me eches la culpa si te caes.
—No me voy a caer.
—Eso dicen todos.
—¿Todos quiénes?
—Los que luego se caen.
Harrison levantó una ceja. Maeva se dio cuenta de que acababa de decir una tontería, y de que estaba hablando sin sentido, y de que si seguía así, iba a terminar contándole su vida entera en vez de lo que había venido a decirle. Respiró hondo. Miró el sobre que tenía en las manos. Lo apretó un poco más.
—Harrison —empezó—. Esto es muy difícil de decir.
—Entonces dilo rápido.
—Es que no sé por dónde empezar.
—Por el principio, supongo. Es el lugar donde suelen empezar las cosas.
—Gracias, qué gran ayuda.
—De nada.
Maeva soltó una risita nerviosa y se pasó la mano por la frente. Tenía la piel húmeda, fría, y las rodillas le temblaban dentro de los zapatos prestados. Pensó que, si hubiera sabido lo difícil que iba a ser, habría ensayado frente al espejo. O habría traído un guion. O una carta. O un abogado propio, aunque no tuviera dinero ni para pagar uno de cuarta categoría.
—Tengo algo que enseñarte —dijo al fin.
—¿Qué es?
—Esto.
Sacó la mano del bolso, despacio, y extendió el sobre hacia él. Harrison lo miró, receloso, como si pudiera explotar. Dio un paso. Luego otro. Alargó la mano y lo tomó con la punta de los dedos.
—¿Es una demanda?
—No.
—¿Un cobro?
—No.
—¿Un documento notarial?
—Abre el sobre, Harrison.
Él lo abrió. Metió dos dedos y sacó el objeto con un gesto de cirujano. Lo sostuvo frente a su cara. Lo giró a un lado. Lo giró hacia el otro. Frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
—Una prueba de embarazo.
El silencio que siguió fue tan profundo que Maeva pudo escuchar el zumbido del aire acondicionado, el tictac de un reloj de pared en algún rincón y, lejos, abajo, el rumor de los autos en la calle cincuenta pisos más abajo.
—Ya veo —dijo Harrison, con voz neutra.
—¿Ya ves?
—Sí. Es una prueba de embarazo.
—Correcto.
—Con dos rayas.
—Correcto otra vez.
—Dos rayas significa positivo.
—Eso me explicaron en la farmacia.
Harrison asintió con la cabeza. Una vez. Dos. Después, con total calma, dejó la prueba sobre su escritorio, junto a un portalápices de plata, y se volvió hacia la ventana. Se quedó ahí, de espaldas, en silencio, durante un tiempo que a Maeva le pareció eterno.
—Harrison.
—Un momento.
—¿Estás bien?
—Un momento, por favor.
Ella esperó. Se mordió el labio. Miró la nuca de él, el cuello de la camisa blanca, los hombros rectos y rígidos como los de un soldado a punto de recibir una condena. Se preguntó qué estaría pensando. Si estaría furioso, o asustado, o planeando cómo desaparecer por una ventana de cincuenta pisos.
—Upp —dijo, al fin, la voz de ella, mucho más pequeña de lo que pretendía.
—¿Upp qué? —preguntó Harrison, sin girarse.
—Upp... no sé. Es lo que se dice cuando algo sale mal.
—¿Y esto salió mal?
—Pues no salió precisamente bien, ¿no te parece?
Harrison se dio la vuelta, por fin. Su rostro estaba tranquilo, demasiado tranquilo, con esa calma extraña de las personas que están a punto de perder la cabeza y aún no lo saben. Se acercó a ella un paso y la miró directamente a los ojos.
—Maeva. Dime con claridad qué intentas decirme.
—Creo que...
—No digas creo. Dime.
—Creo que embaracé a la... —Se detuvo, sacudió la cabeza, y se corrigió con un gesto de pánico—. Digo, me embarazaste. Tú a mí.
—Imposible —dijo él.
—Pues el palito dice otra cosa.
—Los palitos se equivocan.
—Hice tres pruebas. Las tres dieron lo mismo.
—Las pruebas de farmacia no son definitivas.
—Entonces, ¿tú qué sugieres?
—Sugiero que no es mío —dijo Harrison, con una frialdad tan súbita que a Maeva se le heló la sangre.
Ella retrocedió un paso, como si le hubieran dado una bofetada.
—¿Perdón?
—No lo digo para ofenderte. Lo digo porque es la explicación más lógica. Yo siempre me cuido.
—¿Siempre?
—Siempre.
—Harrison, tú estabas borracho. Yo estaba borracha. Nos casó un Elvis. ¿De verdad crees que alguien se cuida en esas condiciones?
—Yo sí.
—Pues en Vegas no te cuidaste ni de casarte con la equivocada, cariño.
La palabra salió de su boca sin pensar, con un tono tan sarcástico que ni ella misma se lo esperaba. Harrison parpadeó, sorprendido. Por un instante, solo un instante, pareció que iba a sonreír. Pero la sonrisa murió antes de nacer, devorada por la rigidez de su mandíbula.
—No me llames cariño —dijo.
—No te llamo cariño de verdad. Lo dije por sarcasmo.
—Aun así.
—Está bien. No te llamaré cariño. Pero tampoco puedes decirme que el bebé no es tuyo, porque no hubo nadie más.
—¿Nadie más?
—Nadie. Ni antes ni después. Llevo tres semanas haciendo exactamente lo mismo: trabajar, dormir, comer arroz. No salgo con nadie. No tengo tiempo, ni dinero, ni ganas.
—Eso es lo que tú dices.
—Es lo que es.
—No tengo manera de saberlo.
—Pues puedes confiar en mí.
—No te conozco, Maeva.
Esa frase, dicha sin maldad, solo con la honestidad de quien constata un hecho, le dolió más que cualquier insulto. Porque era cierta. Porque no se conocían. Porque, de una forma absurda, habían compartido una noche entera de risas y confesiones, y sin embargo ninguno sabía el segundo nombre del otro, ni el color favorito, ni qué desayunaba cada mañana.
Maeva bajó la mirada. Se mordió el interior de la mejilla con tanta fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre.