Loreto se preocupó por ambas y se preguntó qué había causado el desmayo de Taiga. Lierur miraba asombrado a Mirage; ella tenía en sus manos el diamante, pero la piedra no brillaba. Eso era una mala señal. Podía significar que Taiga se había equivocado respecto a ella. La guardiana del lago estaba más interesada en su amiga que en la piedra. Para Og, todo resultaba más confuso; justo cuando pensó que todo regresaría a la normalidad, una gema indicaba que no sería así. Ellos eran los únicos que lo sospechaban; no era bueno que los demás se enteraran, ya que eso desataría el pánico de nuevo.
—¿Qué les pasó a las dos? —preguntó Loreto al acercarse a la ninfa inconsciente.
—Necesitan la piedra para salvar Urania —respondió Mirage, caminando hasta ellas—. Como estaba en la laguna, la saqué.
—¿Le ha pasado esto antes a Taiga? —preguntó Loreto mientras acariciaba el cabello de ella. Mirage se sentó junto a las dos.
—Se sentía débil, pero no se había desmayado —dijo Mirage, bajando la mirada con tristeza—. ¿Se va a recuperar?
—No lo sé —musitó la ninfa de cabello azul, también triste—. ¿Qué hacían para que no se desmayara?
—Al encontrar la esmeralda, ella la sujetó y después se recuperó, lo suficiente para continuar —explicó Mirage, su voz temblaba y tenía la piel crispada.
—Lo de la esmeralda ya no podrá ser —objetó Loreto, seria—. Ella necesita dormir. Y tú, ropa seca —miró a la joven de cabello negro temblorosa. Ella asintió.
—Lierur y Vennehelael, vigilen desde aquí el volcán —pidió Loreto amablemente a los elfos—. Og, lleva a Taiga con nosotras y Mirage, sígueme y trae contigo el diamante.
Los tres subieron por la escalinata hasta la habitación principal que perteneció a Raven. Loreto sacó un vestido del armario. Og recostó con cuidado a la ninfa del bosque en la cama. El centauro salió de la habitación, dando privacidad a las ninfas. Loreto indicó a Mirage que se cambiara detrás de un biombo. Ella así lo hizo, se quitó la blusa azul y sus jeans negros. La ninfa de cabello azul se recostó junto a Taiga, y al verlas, Mirage hizo lo mismo.
El volcán causó una gran sacudida; algunos de los riachuelos cercanos se habían secado. El agua se había evaporado, incluso del abrevadero de los centauros. Grietas surcan el suelo del bosque, que vienen desde Vatra. En el palacio se notan grietas en las paredes y el techo. A las ninfas, la situación les preocupa. El último sismo se ha sentido hasta Sirenia, donde los elfos y la mayoría de los animales están resguardados. Vennehelael, Lierur y Og están en el lugar, alarmados por las ninfas que están en la planta. Taiga sigue recostada en la cama, inconsciente. Mientras Loreto y Mirage se toman de las manos y abrazan a la joven, esperando que todo se calme.
En el monte Vatra, la historia no es tan tranquila; es lo contrario. La exhalación es cada vez más violenta y desesperada, como si el monte demostrara que está enojado. De su interior emerge lentamente el magma, con estruendo. Aquel sonido parecía rugido y gruñidos salidos desde lo profundo de Urania, seguido de una gran expulsión de ceniza, formando un árbol saliente del volcán. Con un lanzamiento iracundo de rocas incandescentes, esto aterró a los jóvenes que, desesperados, suben las escalinatas hasta la habitación.
—¡Señoritas! —gritaron los tres asustados.
Golpeaban incesantemente la puerta de la habitación, buscando sacar a las señoritas del lugar y ponerlas a salvo. El monte no había mostrado tal actividad en todos estos siglos, hasta hoy. Vatra ha tenido un iracundo despertar, y todo comenzó con la muerte de Raven. Un oscuro día nos espera. Desde el pasillo, al otro lado de la puerta, Lierur, cansado de esperar, la abre de una patada. Se acercan a la cama donde las jóvenes están, asombrados porque las tres se ven tan serenas.
—Vennehelael, lleva a la joven Mirage a un lugar seguro —pidió Lierur—. Og, tú lleva a Loreto. Yo me llevo a Taiga.
Su sobrino y el centauro obedecen; las ninfas protestan, pero ellos ignoran las amenazas de las jóvenes. Mientras corrían los tres por el corredor, una gran roca incandescente, escupida por el monte, se impactó en la habitación de la que salieron. Con ello, Loreto y Mirage se percataron de la gravedad de la situación y de que escaparon ilesas de la muerte. La guardia del bosque sigue inconsciente; su estado es crítico.
Una vez afuera, su atención se centró en el volcán. Arrojaba rocas envueltas en llamas en todas las direcciones, destruyendo todo a su paso. De la exhalación de cenizas también se veían relámpagos. Urania estaba siendo despedazada desde lo profundo. Con ello se llevaría cada ser que una vez fue protegido. Mirage siente que no puede permitir que ocurra tal tragedia; serían demasiadas muertes. Ella llegó para ayudar, y es lo que hará.
—Escuchen —dijo Mirage asustada—. Busquen refugio. Yo iré a la cascada y haré lo necesario para que se detenga.
—Eso es muy peligroso —comentó Loreto, preocupada.
—Ya no hay tiempo —habló Vennehelael, alarmado.
—El volcán sepultará a todos aquí —dijo Lierur, asustado.
—Creo ser la única que puede hacerlo —repuso ella decidida, entre sus ropas llevaba consigo el diamante.
—Está bien —musitó Loreto—. Hazlo.
Vennehelael la miró irse con rumbo a la cascada. Después de eso, se fueron a buscar refugio de las rocas y cenizas que caían provenientes del Vatra.