«Qué tranquilo se ve el mar, sus aguas turquesas se mueven en suaves olas. En el horizonte hay una isla, ahora se encuentra tan calmada, pero todo ha cambiado; antes se escuchaba música, cantos y alegres risas», pensé para mí. La vida aquí ha cambiado tanto, lo puedo sentir.
Atardece luego de un gris y gélido día, parece normal para todas las criaturas que aquí habitamos. Cada uno se ocupa de lo suyo, y es que hay mucho trabajo por hacer. Caminé hacia lo que antes era un bosque lleno de vida; ahora solo quedan los troncos quemados. Limpié una lágrima que se deslizó sobre mi mejilla. Me interné por el bosque hasta donde estaba un gran árbol de un grueso tronco; sus ramas están quemadas… solo espero que ella esté bien.
Sigo mi marcha sin detenerme. El suelo, que solía ser una alfombra de hojas y musgo, ahora está cubierto por una capa de ceniza.
—¡Señorita, la esperan! —escuché una voz ronca y me giré para verlo. Detrás de mí estaba él, su rostro inclinado, esperando mi respuesta. El centauro que siempre me sigue.
—Vamos —dije e inicié la marcha de vuelta. Caminaba con cuidado, pues había muchos troncos caídos y quemados.
Él seguía mis pasos a una distancia prudente. Aunque insisto en que no tengo problema en que mire y otros detalles, se niega a hacerlo. Dejaré que siga así; hay demasiado trabajo para concentrarme en un centauro terco. Continué sin detenerme y tampoco quise preguntar quién me esperaba. En este lugar, solo dos seres solicitan verme; a veces deseo no encararlos, pero no hay remedio. Es mi deber, como diría ella. Además, ellos son necesarios para reconstruir el lugar.
Una vez llegué a lo que una vez fue una laguna cristalina; ahora solo es un hueco con más ceniza. Los miré. Allí estaban ellos: una hermosa mujer de cabello rubio, junto a ella un joven apuesto de oscura melena y mi amiga, de largo y sedoso cabello azul celeste; los tres sonrieron al verme.
Cuando estuve más cerca, observé con detalle lo que era la cascada. Solo queda el cauce por el que antiguamente corría una vigorosa corriente de agua que alimentaba la cascada y caía hacia la laguna. Mi vista se trasladó directo al cielo, en el cual unas pocas nubes grises flotaban con un movimiento letárgico. Miré, pues, el Palacio en donde una vez las tres estuvimos reunidas; fue solo un breve momento, antes de que la tragedia nos alcanzara.
—Señorita, ¿se encuentra bien? —me cuestiona la mujer de cabello rubio. Su voz me sacó de mis nostálgicos recuerdos. Puse mis ojos en ella.
—Sí —musité, pasando una mano por mi cabello y ordenando un mechón rebelde detrás de mi oreja—. ¿Para qué me buscaban?
Creo que mi pregunta fue un poco hosca, pero no estaba para tonterías; soluciones es lo que busco. Además, la necesito; no imaginan cuánto la extraño.
—Hemos hecho lo que pidió —respondió ella, cambiando su expresión a un gesto serio—. Me temo que el único lugar habitable es la isla.
—Eso no les gustará nada a las sirenas —opinó mi amiga, que se había mantenido al margen—, pero también creo que no hay otra opción.
—Debemos dejar que el bosque se recupere por sí mismo —comentó el joven moreno—. No podemos forzarlo.
—Parece que no tenemos más opción —comuniqué, no muy convencida. Entrelacé mis manos detrás de mi espalda—. Hay que llevarla con nosotros.
—Sí, será mucho tiempo —dijo la rubia; su voz sonó anodina. Presiento que está en desacuerdo, piensa igual que su hermano.
—Si no te molesta —indicó mi amiga, mirándome con sus bellos ojos azules—, yo puedo hablar con las sirenas; además, ellas pasan más tiempo en el agua —bromeó. Eso me sacó una leve sonrisa. Asentí de acuerdo; no estaba de humor para discutir con una de ellas ni con la rubia.
Dicho eso, me alejé de ellos. Fui hacia el edificio cubierto de ceniza y corroído por la lluvia. Me apresuré hasta una habitación pequeña, donde una mujer joven de largo cabello castaño descansa sobre una cama improvisada. Siempre vengo aquí, deseando que abra los ojos, esperando oír su melodiosa voz. Cuando la conocí, no imaginé estar en esta situación con ella; no pude hacer nada para protegerla, no salvé a nadie. Ella se equivocó conmigo… no soy quien buscaba.