Rico y desgraciado
La mujer que nos recibió hablaba rápido, sus palabras fluían en un coreano que ninguno de nosotros supo entender. Movía las manos con suavidad mientras señalaba distintos puntos de la casa, hasta que por fin llamó a un pariente suyo para que fuera intérprete.
—Dice que vivió aquí casi toda su vida.—Explicó el muchacho—. Y aunque la casa es pequeña, siempre fue muy cálida y reconfortante.
Miré a mi alrededor. Las paredes estaban recubiertas de madera clara que, bajo la luz suave, parecía irradiar un calor silencioso. Un sofá color crema descansaba sobre una pared, era acompañado por una mesa baja de madera, donde el barniz gastado contaba historias de tazas de café y conversaciones inolvidables.
—Ah, y esto es importante—añadió el intérprete—: aquí nunca se entra con los zapatos de la calle. Se dejan en este espacio junto a la puerta.
Señaló el pequeño pasillo de la entrada, era más bajo que el resto del piso de la casa, un rectángulo de azulejos donde descansaba un estante de madera con pantuflas ordenadas. Era un límite invisible: el mundo exterior quedaba ahí abajo junto al polvo y el ruido; más allá comenzaba la calma del hogar, un suelo elevado que parecía invitar a caminar descalzo.
Nosotros agradecimos y ellos hacen una leve inclinación, fue Maddie quien les devolvió el saludo como si viviera aquí desde hace tiempo. Se notaba su entusiasmo. Pienso que para mí sería cuestión de tiempo acostumbrarme.
Mientras terminaba de desempacar las cosas en mi nuevo cuarto, mi teléfono suena con un mensaje de la secretaria Claire Jones, de Nueva York.
«Hola, Ivy. Espero que estés disfrutando de tu viaje y deseaba comunicarte que tu transferencia fue aceptada, cuando lo desees puedes ir a la empresa donde fuiste transferida "Mirae Editorial Group". Espero que te vaya increíble, eres una empleada excepcional.»
Cuando terminé de leer el mensaje de Claire empecé a saltar emocionada. Wow, jamás me imaginé que fuera así de rápido. La puerta se abre y Maddie me arrebata el celular de las manos.
—¡Oye!—Se lo quité de nuevo.
—Te olvidas de ir corriendo en busca de otro empleo.—Me ordena.
—Cuando trabajes entenderás lo que yo siento.—Le respondí mientras buscaba en el teléfono todas las maneras posibles en las que podía llegar.
—Pero...—Se queja—. Acabamos de llegar.—Comenzó a hacer berrinches a tal punto que creí que de verdad estaba llorando—. Te propongo que te tomes solamente dos días para conocer Seúl junto a mí, solo dos días, luego podrás ir y sentarte en tu dichoso escritorio por ocho o doce horas.—Propone—. Solo... dale una oportunidad a este lugar, ¿sí?—Suspiré y terminé aceptando resignada. Ella tiene el don de manipularme a su antojo, sabe lo débil que soy cuando me hace ojitos de cachorrito maltratado.
Me obligó a cambiarme de ropa y ponerle algo más “adecuado”:
«Necesitas verte como lo que eres, Ivy, una mujer de veintiocho años que todavía es una bomba»
La miré con incredulidad creyendo que exageraba, pero terminé accediendo de todas formas.
Terminé con un conjunto que, debo admitir, me hacía sentir distinta. Un chaleco sastre sin mangas en color crema perfectamente estructurado, lo acompañaba unos shorts del mismo tono, dándole un aire moderno pero elegante. Debajo llevaba una blusa blanca con mangas largas y que se ajustaba al cuerpo, era sencilla pero equilibraba el resto del Look con frescura.
El detalle que más me gustaba era a lo que Madds llamaba “el toque de poder”: una bolsa rígida en tono hueso de textura marcada que parecía sacada directamente de un catálogo de moda. Y claro, mis favoritas: unas botas altas de cuero color beige, con un tacón medio que me salvaba de sentirme diminuta entre la multitud, porque sí, con mi metro cincuenta y cinco —si me estiraba mucho, sesenta—, los tacones eran prácticamente parte de mi ADN. Había aprendido a vivir en ellos el noventa porciento del tiempo; caminar sin un poco de altura de más me resultaba extraño, casi como si no fuera yo.
Me miré en el reflejo otra vez y, aunque no se lo iba a confesar a Maddie, tenía que darle la razón: me veía lista, no solo para subir a la torre de Seúl, sino para todo lo demás.
Eso también era parte de su objetivo, para ella era una necesidad conocer la torre apenas lleguemos.
—Primera en la lista, Ivy: ¡La torre!—Agita el papel frente a mi cara como si se tratara de un contrato oficial.
Yo rodé los ojos, pero no podía evitar sonreír.
—¿Y si yo quisiera comenzar con algo un poco más... tranquilo?—Pregunté pero ella no me hizo caso, seguía extasiada de la felicidad.
El camino hacia Namsan nos pareció sacado de una película: las calles empinadas, los árboles verdes mezclándose con el bullicio de la ciudad, los turistas con cámaras en las manos, y también parejas que subían tomados de la mano como si todo fuese parte de una cita perfecta. Maddie no paraba de sacar fotos con su celular mientras yo trataba de absorber cada detalle, es decir, quería grabar en mi mente el hecho de que estoy en Corea, al pie de una de sus postales más conocidas, y que yo nunca sentí la necesidad de conocer, pero ahora que estaba acá, entiendo lo que mi hermana siente desde que se enteró de este viaje.
Todo el camino ella me guiaba para no chocar con las personas mientras yo usaba el mapa del teléfono, espero no perdernos.
Cuando finalmente llegamos a la base levanté la vista y la torre se alzó imponente sobre nosotras; blanca, elegante, casi futurista, como si vigilara toda la ciudad.
—Es mucho más alta de lo que pensé.—Susurra Maddie como si estuviera viendo su más grande sueño—. ¡Vamos! Quiero llegar a la cima antes que oscurezca. La vista de noche es aún mejor.
Suspiré y la seguí. A veces parecía que ella era la hermana mayor y yo la que debía seguirla, Maddie siempre me arrastró hacia las aventuras.