Perdóname, Ivy
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Apenas entré dejé caer el paraguas y segundos después, todo mi cuerpo mientras me quitaba los zapatos. Empecé a llorar como nunca lo hacía frente a nadie, hoy me derrumbé y las lágrimas que contenía desde hace más de diez años, al fin fueron libres.
—¿Ivy?—Matt se sienta a mi lado con voz preocupada.
Sabía que todos estaban aquí, pero no aguantaba hasta llegar a mi habitación. Estaba mojada, llorando y me sentía patética.
—¡Papá! —lloré su nombre como no lo hacía desde niña—. Soy una terrible persona.—Rachel se puso de cuclillas a mi otro lado y empezó a secar mis lagrimas.
—No eres una terrible persona, amor —ella trataba de consolarme.
—¿Qué sucede cariño? —papá se agachó frente a mí, también estaba preocupado porque no sabía qué era lo que me estaba atormentando.
—Él... —sollocé—. Él me dijo lo que sentía y yo lo rechacé, dije cosas que no sentía y lo hice sufrir sabiendo que había sufrido mucho durante toda su vida.—Mis lágrimas salían sin consuelo y entre Matt y Rachel me hicieron poner de pie para que vaya a sentarme al sofá.
Mi amiga entrelazó sus dedos con los míos.
—Te sientes culpable —señala Maddie—. Eso es lo que tienes.—Aunque parezca mentira, no estaba atacando.
Asentí arrepentida—. Él siempre fue bueno conmigo, me cuidó y siempre se aseguró que yo estuviera bien —moví mi cabeza hacia los costados tratando de deshacerme de las lágrimas—. Papá —él se arrodilló frente a mí y acarició mi mano—. Lo arruiné. Sé que mis miedos son estúpidos, y lo arruiné.
—Wow, es extraño verte llorar —dice mi hermano sorprendido—. Eso solamente demuestra que él es la única persona capaz de hacerte llorar. No sé si felicitarlo o golpearlo.
—¿De qué hablas? Jamás he llorado frente a nadie, por lo menos no desde que éramos niños —yo no era tan débil como estaba aparentando en este momento.
—En eso te equivocas —señala Maddie—. Sí lo hiciste.
Estaba perdida, no entendía nada de lo que estaban hablando.
—Cuando el director tuvo el accidente —comenta Rachel.
—Y cuando él vino a casa y estaba enfermo —le sigue mi hermano, como si quisiera que lo recordara.
—¿Qué? —mis mejillas estaban cubiertas de lágrimas.
—Sí... pues... los espiamos —confiesa Maddie.
Era obvio que lo harían, no me sorprende en absoluto.
—Tú le diste la espalda para poder limpiar tus lágrimas, no lloraste de gran manera, pero soltar lágrimas es llorar al fin.—Observé a Rachel con una mueca totalmente confundida.
Ellos me consolaron unos minutos; me hicieron reír, no permitieron que me derrumbara para quedarme en el suelo.
Al fin entiendo lo que se siente que te rompan el corazón, por primera vez no fui espectadora de ese hecho, pude sentir en mí lo que la mayoría describía. Y lo peor es que él no me rompió el corazón, fui yo, me lo rompí yo sola. Mis miedos e inseguridades me hicieron tomar decisiones que nos rompieron a los dos.
Cuando me liberé sentí cómo mi cuerpo pesaba menos, me apoyaron y pude levantarme y tomé fuerzas otra vez. Entendí que no siempre tenemos que ser fuertes, está bien ser vulnerables y dejar que alguien más nos tienda la mano, porque somos humanos. Sentimos, sufrimos, amamos y lloramos. Y eso está bien. No tenemos que guardar lo que nos hace daño solamente para que no nos vean vulnerables, ni minimizar nuestro dolor.
—Sabía que estarías aquí.—Quité mi mirada de las estrellas para enfocarme en mi hermano.
—¿Cómo?
—En este parque nos hemos juntado a platicar profundamente del amor.—No pude evitar sonreír.
Siempre traté de sostener mi vida para que no se derrumbara, por eso creí que jamás iba a poder sostener una relación.
—¿Por qué explotaste de esa manera? —sabía que tarde o temprano preguntaría.
—Porque ya no aguantaba más, porque mi corazón se rompió, y porque por tenerle miedo al amor terminé rompiendo a alguien que no lo merecía.
—Ivy, no le tengas miedo al amor, en ocasiones, es el único que te salva —suspiré y miré al frente—. No pudo salvar a nuestra madre, pero el amor de nosotros hizo que papá tuviera fuerzas. Quizás... tu amor pueda salvarlo de ese abismo en el que vivía, quién sabe, quizás tú seas su luz en la oscuridad. —Moví la cabeza dándole la razón.
—Es cierto, dicen que el amor puede con todo, pero mi problema siempre ha sido pensar si yo de verdad podré con el amor. Y no es así. No sé si pueda con él. No sé si puedo ser su luz en medio de la oscuridad.
Ríe suavemente—. Qué locura, siempre terminamos hablando de lo mismo, y siempre te repito exactamente las mismas palabras —me señala—. No vengas a quejarte cuando el que no escuche sea yo.
—No te burles.—Le reclamé avergonzada por decir eso frente a él.
—Ivy —lo observé y después volví al frente, mi mirada se perdió—. Si tienes miedo, hazlo con miedo. El amor consiste en conocer los riesgos, y aún así tomarlos. En mi opinión, hermana, tienes que decirle que sí.—Volteé a verlo de repente y él asiente muy seguro—. Créeme, dile que sí, aunque te mueras de miedo, aunque después te arrepientas, porque de todos modos, te arrepentirás si le dices que no. Y es mejor arrepentirse por haberlo hecho, y no por no haberlo hecho.
Sus palabras me dejaron mucho que pensar.
Cuando volví a verlo noté como su expresión se relajó con una sonrisa, lo conocía demasiado bien para saber que estaba a punto de molestarme.
—Además, no todos los días llega un CEO millonario y se enamora de alguien pobre como tú.—Al ver mi cara de indignación estalló en carcajadas. Golpeé su brazo pero él no dejaba de reír.
—No soy pobre. Tampoco soy rica pero tengo estabilidad económica. ¿Puedes decir lo mismo? —inquirí. Él borró la sonrisa y luego nos reímos un rato sin tener motivo alguno para hacerlo, después volvimos a casa.
Tanto tiempo que dije que Matt era un niño, me demostró ser mucho más adulto que yo. Maduró mucho desde que llegamos, y eso lo agradezco, porque ahora sé que puedo ser vulnerable sabiendo que alguien más está sosteniendo los cimientos de este hogar y que no se derrumbará cuando yo lo haga.