Usurpadora predestinada

Capítulo 1: El Ocaso de los Amantes

El olor a desinfectante y el pitido rítmico del monitor cardíaco habían sido la única melodía en los veintiséis años de vida de Tessa. Atrapada en una habitación estéril por una enfermedad terminal que le había devorado los pulmones desde la infancia, Tessa nunca supo lo que era correr bajo la lluvia, sentir el abrazo cálido de unos padres que jamás conoció, o el vuelco en el pecho por un primer amor. En su soledad, su único escape era la lectura. Devoraba novelas web, y su obsesión absoluta era El Ocaso de los Amantes, una saga de fantasía oscura y tecno-mágica ambientada en el continente de Axia.
Mientras los foros de internet adoraban al Alto Elfo, el héroe perfecto de la historia, Tessa siempre defendía con uñas y dientes al villano: Sauron Ouroboros. El despiadado Alfa Enigma, gélido CEO de Ouros Corp. y Rey del Bajo Mundo, no era un monstruo porque quisiera serlo. Tessa leía entre líneas su insomnio crónico, su desolación, la carga brutal de gobernar un imperio desde las sombras.
Si yo tuviera una oportunidad, solía pensar con los ojos empañados antes de dormir, apretando la tablet contra su pecho débil. Si yo estuviera ahí, te daría todo el amor y la comprensión que este mundo te negó. Te protegería de tu propio destino.
Una noche, el monitor emitió un pitido continuo y sordo. El aire faltó por completo. El dolor en su pecho se extinguió, dando paso a una negrura absoluta. Tessa murió sola, con el alma desbordante de un amor que nunca tuvo la oportunidad de entregar.
Pero el destino, o la Diosa Luna, tenían otros planes.
El frío de la piedra húmeda calaba hasta los huesos, pero no fue el frío lo que la devolvió a la consciencia. Fue el dolor. Un dolor punzante, sordo y ardiente que nacía directamente desde su vientre bajo.
Cuando abrió los ojos, no vio el techo blanco del hospital. La oscuridad de una cueva la recibió. Intentó moverse, pero un gemido de agonía escapó de sus labios agrietados; sus brazos estaban encadenados a la roca, las muñecas ensangrentadas, el cuerpo cubierto de hematomas. El corte pixie de su cabello negro azabache estaba apelmazado por el sudor y la tierra.
¿Dónde... dónde estoy? —el pánico le golpeó el pecho—. Yo estaba en mi cama... yo acabo de morir...
Entonces, la represa se rompió.
No fue un pensamiento; fue una avalancha de recuerdos ajenos que le quemaron el cerebro con la fuerza de un rayo. Imágenes de una vida humilde en la montañosa ciudad de Vannar, de deudas acumuladas, de una abuela enferma y de una pequeña niña de diez años llamada Madison que dependía enteramente de ella. Luego, el resort de lujo Hator, el club nocturno, el encuentro que lo cambió todo.
Sauron Ouroboros, parado detrás del cristal VVIP. Sus ojos gris tormenta fijos en ella. El aroma a Oud Negro, Ron Envejecido y ozono inundando el lugar, aplastando la voluntad de todos. El secuestro salvaje, la Dabria original cargada al hombro como un trofeo primitivo, las dos semanas de cautiverio bajo el celo desbocado de un Enigma que por fin lograba conciliar el sueño gracias a su aroma a grosellas negras.
—Dabria Dess... —comprendió Tessa en un colapso mental, las lágrimas limpiando la suciedad de sus mejillas, pasando justo sobre los dos pequeños lunares bajo su ojo derecho—. Transmigré. Soy la pareja predestinada de Sauron. El personaje que se supone que muere antes de que empiece el libro.
Los recuerdos seguían golpeando: la huida desesperada de la Dabria original, el ataque de los monstruos en el callejón oscuro de Vannar, el rescate sangriento de Sauron, el viaje forzado en jet privado hacia la hipertecnológica capital, Ender. El ático lujoso, la ecografía que mostraba las siluetas de tres lobeznos Enigma, el pánico absoluto al escuchar a escondidas al doctor vampiro Zelma decir que su cuerpo humano no soportaría el parto y moriría.
Y finalmente, la trampa. La maid traidora, Cinthia, sembrando cizaña en su cabeza, convenciéndola de un escape falso que terminó en este infierno. Un mes entero cautiva en los pasajes ancestrales, encadenada, golpeada y drogada con un veneno tecno-mágico diseñado para pudrir a los cachorros en su vientre.
La Dabria original no había soportado. Odiando a Sauron, repudiando su aroma y su lazo, se había quebrado minutos antes, rogando a la Diosa Luna que sus bebés sobrevivieran antes de exhalar su último suspiro.
Pero el cuerpo no se quedó vacío. El alma de Tessa acababa de reclamarlo.
Un calor instintivo, una fuerza feroz y protectora que jamás había sentido en su antigua vida de enferma, se encendió en su pecho. Su aroma a grosellas negras, densas y jugosas, comenzó a emanar con fuerza en la cueva, luchando contra el hedor a óxido del veneno y la inmundicia de semanas sin bañarse.
—No voy a permitirlo —se juró, clavando los talones en el suelo de piedra e ignorando el dolor de los grilletes—. No van a morir. Mis bebés no van a morir. Y tú, Sauron... no te vas a quedar desolado.
Cerró los ojos y concentró cada gramo de su debilitada energía en su vientre, que a los tres meses de embarazo ya se sentía extrañamente pesado, abultado, como si fuera el sexto mes de un embarazo humano común. Sintió un leve latido triple, una chispa mágica que respondía a sus pensamientos. Los trillizos neonatos estaban usando su propia energía Enigma para mantener el cuerpo con vida, contrarrestando el veneno. Ella les habló mentalmente, envolviéndolos con todo el amor que había acumulado en sus veintiséis años de soledad.
—Quédense conmigo, pequeños. Su mamá está aquí. Yo sí los amo. Yo sí los quiero... y su papá ya viene por nosotros.
Días enteros pasaron en esa agonía, reuniendo fuerzas, hasta que un eslabón débil apareció: un conserje, un hombrecillo asustado que limpiaba la celda-caverna porque los captores se quejaban del mal olor de la prisionera. Dejó un cuenco bajo una gotera para que ella pudiera beber, un trozo de pan y un trapo limpio, conmovido por la mezcla de esperanza y hierro que la nueva Dabria mantenía a pesar de sus heridas.
En un descuido, Tessa estiró el brazo y le sujetó la pierna del pantalón con una fuerza sorprendente.
—Ayúdame, por favor —le suplicó con la voz ronca.
—No... no puedo, me van a matar —dijo el hombre, temblando.
—Escuché a los guardias. Van a matarme a mí y a sacarme a los bebés vivos. A ti también te desecharán cuando esto termine —siseó Tessa, mirándolo fijamente con sus ojos cafés—. Solo marca este número. Envía un mensaje. Diles dónde estoy. Ayúdame, y mi pareja te dará más dinero y protección de la que puedas imaginar.
Le dictó el número de emergencia del celular exclusivo que Sauron le había configurado en Ender, un recuerdo grabado a fuego en la mente de la Dabria original. El conserje, acorralado por el miedo pero viendo por fin una oportunidad de escapar de la mafia, asintió. Esa misma tarde, mientras los captores drogaban a Tessa para prepararla para el traslado, el hombrecillo grabó a escondidas un video de la tortura con su teléfono.
Lejos de allí, en la imponente y tecnológica ciudad de Ender, la tormenta caía con furia sobre los rascacielos. En el ático de Ouros Corp., el ambiente era desolador. El lugar estaba parcialmente destruido, no por los enemigos, sino por los ataques de ira de su propio dueño.
Sauron Ouroboros estaba sentado en la oscuridad de una habitación vacía. Llevaba días sin asearse, con la barba crecida y unas ojeras profundas que marcaban su estoico rostro de más de dos metros de altura. Su aroma a Oud Negro y Ron Envejecido estaba rancio, mezclado con el olor del whisky más fuerte y los puros de alta calidad con los que intentaba ahogar su culpa.
Había fallado. Su lobo interno, Samael, una bestia colosal que absorbía la luz, se había recluido en lo más profundo de su mente, dándole la espalda y maldiciéndolo en silencio por dejar que se llevaran a su hembra y a sus cachorros. Afuera de la habitación, su hermano Beta, Valkian, y el Gamma, Killian, daban órdenes a los comandos tácticos, pero llevaban casi un mes siguiendo pistas falsas.
En la cama vacía, un teléfono celular comenzó a vibrar. Una notificación iluminó la pantalla en la penumbra.
Sauron no quería prestarle atención, sumido en sus ruegos mudos a la Diosa Luna para que Dabria estuviera viva. Pero el ascensor se abrió y Arthur Walker, el Mayordomo Imperial, entró junto al Beta Valkian.
—Sauron, déjate de estupideces, date una ducha —ordenó Valkian con su aroma a menta gélida—. Tenemos un nuevo reporte de los muelles...
El teléfono volvió a sonar, esta vez con el tono de una llamada de un número desconocido. Valkian frunció el ceño. Nadie tenía esa línea de alta seguridad más que unas pocas personas, y el celular de Dabria estaba sobre la mesa.
Antes de que el Beta pudiera acercarse, Sauron se levantó con una velocidad sobrenatural. Le arrebató el teléfono de la mano y presionó el botón de aceptar.
—¿Dónde estás? —rugió, su voz gutural haciendo vibrar los cristales del ático.
Al otro lado, solo se escuchaba el fuerte sonido de la lluvia y una respiración agitada.
—¿Quién eres y dónde está ella? —siseó el Alfa Enigma, sus ojos tornándose de un rojo carmesí brillante en la oscuridad.
—Vea el mensaje... apúrese o ya no podrá hacer nada —respondió la voz temblorosa del conserje, colgando de inmediato.
Sauron bajó la mano y abrió el archivo de video adjunto. En la pantalla se mostró la celda húmeda. Escuchó los gritos de dolor de Dabria mientras la inyectaban, vio sus muñecas encadenadas, su vientre abultado, su rostro pálido.
El monstruo despertó. Un rugido bestial y ensordecedor rasgó la garganta de Sauron, un sonido tan potente que obligó a Valkian y a Arthur a dar un paso atrás por el impacto de las feromonas asesinas. Samael regresó a la superficie de su mente con una cólera destructiva absoluta, tomando el control de sus músculos. Los puños de Sauron se cerraron con tanta fuerza que sus propias garras le perforaron las palmas, haciendo correr sangre fresca por sus tatuajes oscuros.
—Valkian... llama a Zelma. Preparen las unidades médicas de inmediato —ordenó, la quijada tensa, las venas marcadas en el rostro, avanzando hacia la salida—. Killian, moviliza a los hombres del bajo mundo. Traeré a mi Luna. Y juro por la Diosa que nadie en ese maldito lugar quedará vivo para contarlo.




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