Usurpadora predestinada

Capítulo 2: El Foso de los Ancestros

El rastro digital del video se convirtió en el único hilo de vida en medio de la tormenta.
En el centro de comando subterráneo de Ouros Corp., las pantallas holográficas proyectaban cascadas de código binario que se reflejaban en los ojos almendrados de Sullivan. El asistente híbrido zorro/lobo tecleaba con una velocidad sobrehumana, ajustándose las gafas corporativas mientras su cabello castaño cobrizo centelleaba bajo las luces led de la sala.
—¡Lo tengo! —exclamó, perdiendo por un segundo la habitual rigidez ejecutiva de su voz—. El mensaje del conserje entró a través de un repetidor secundario de la red pública de Ender, pero los metadatos del video revelan algo imposible. No hay señal GPS, porque están usando un inhibidor de frecuencia de grado militar... pero el espectro electromagnético coincide con las frecuencias de la vieja red de alcantarillado ancestral.
Valkian Ouroboros se inclinó sobre el hombro del híbrido, dejando que su aroma a menta gélida y tabaco blanco enfriara la tensión del ambiente. Su lobo interno, Kaelen, analizaba el mapa con una lógica implacable.
—Los pasajes del subsuelo —murmuró el Beta, con sus ojos azul helado fijos en una zona sombreada del holograma—. Los túneles que usaban nuestros ancestros antes de la unificación del bajo mundo. Quedaron incomunicados tras el derrumbe del sector norte hace una década. Sin cámaras, sin sensores, sin tecnología humana. El escondite perfecto para la resistencia de la manada.
—Killian ya está abajo, en los hangares, Valkian —la voz de Sauron cortó el aire como una cuchilla de titanio.
El Alfa Enigma apareció bajo el umbral de la puerta. Se había puesto una camisa negra sastre que apenas contenía la densidad de su musculatura de más de dos metros, pero no se había molestado en afeitarse ni en borrar las ojeras que le enmarcaban el rostro gélido. Su aroma a Oud Negro y Ron Envejecido se había vuelto espeso, pesado, casi tóxico: el olor de un depredador Alfa listo para la masacre. Samael, su lobo interno, arañaba las paredes de su mente, exigiendo sangre por cada segundo que su hembra pasaba lejos de su protección.
—Sullivan, Arthur, ustedes dos se quedan aquí —ordenó, ajustándose los puños de la camisa con una calma siniestra—. Controlen los perímetros de la ciudad. Si alguna facción enemiga intenta aprovechar mi salida para moverse en Ender, ejecútenlos.
—Entendido, Alfa —respondieron ambos al unísono.
Arthur Walker, el Mayordomo Imperial, enderezó su postura rígida y deslizó una de sus dagas de plata por la manga del traje sastre, con una sonrisa fría que delataba al asesino de élite legendario que era bajo esa fachada impecable.
Sauron entró al ascensor privado que lo llevaría directo a los hangares. Al mirar su propio reflejo desaliñado en el espejo de acero, apretó la quijada hasta escuchar el crujido de sus propios huesos. Sabía que el tiempo corría en su contra. Sabía que Dabria estaba al límite.
Mientras el imperio de Sauron se movilizaba en la superficie, en las profundidades de la tierra la tortura había cesado temporalmente, pero el infierno apenas cambiaba de forma.
Tessa sentía que el cuerpo de Dabria no era más que un saco de carne rota y dolorida. La última inyección del veneno tecno-mágico le había dejado las venas del cuello teñidas de un violeta enfermizo. El sudor frío le empapaba el corte pixie azabache, y el aroma a grosellas negras que emanaba de su piel se sentía denso, madurado a la fuerza por el sufrimiento, como un licor fino gótico que luchaba por no ser extinguido por el óxido del calabozo.
—Muévete, escoria humana —rugió uno de los captores, tirando con violencia de las cadenas conectadas a sus muñecas ensangrentadas.
Tessa reprimió un grito de agonía y clavó los talones en el suelo de piedra. Al levantar la vista, sus ojos cafés claros se cruzaron con la silueta de sus nuevos verdugos. No eran los pandilleros comunes del bajo mundo de Ender que la Dabria original recordaba. Estos hombres eran gigantescos, de más de dos metros, y vestían trajes tácticos de un material grueso y oscuro sin ninguna insignia. Sus rostros permanecían ocultos bajo capuchas especiales que bloqueaban cualquier rastro de su olor o su energía. Mercenarios profesionales. Una fuerza de élite contratada por alguien con el poder y el dinero suficiente para desafiar a Ouros Corp.
—El cliente cambió las órdenes —siseó el líder del comando a través de un modulador de voz que distorsionaba cada palabra—. El Enigma se está moviendo demasiado rápido en la superficie. Si se queda aquí, destruirá la montaña entera antes de que el veneno termine de pudrir a los cachorros. Nos la llevamos al helipuerto del edificio central. Le sacaremos a los neófitos allá arriba.
No... no les va a dar tiempo, pensó Tessa, apretando los dientes mientras la obligaban a caminar a rastras por los pasajes oscuros. Sauron ya vio el video. Él viene. Sé que viene.
Con cada paso que daba sobre el suelo húmedo de los túneles ancestrales, Tessa enviaba oleadas de pensamientos desesperados hacia su vientre abultado. Sus trillizos Enigma, que a los tres meses ya tenían el tamaño de un embarazo avanzado, respondían estirando sus pequeñas garras místicas dentro de su útero, inyectándole ráfagas de adrenalina licántropa para evitar que su corazón humano fallara por el veneno. Había una conexión hermosa y salvaje naciendo entre el alma transmigrada y esos cachorros que la Dabria original había repudiado; Tessa los amaba con la desesperación de quien nunca tuvo nada en su vida pasada, y los lobeznos la reconocían ya como su verdadera Luna protectora.
De repente, una detonación lejana hizo eco en las paredes de piedra. El suelo tembló.
—¡Están aquí! —gritó uno de los guardias encapuchados, desenfundando su rifle de plasma—. ¡Burlaron la seguridad del túnel norte! ¡Es el Gamma!
—¡Muévanse! —ordenó el líder, arrastrando a Tessa hacia una pesada puerta de acero que conectaba con los niveles inferiores del rascacielos del helipuerto—. ¡Sellen los pasajes! ¡Que se queden atrapados en la roca!
La entrada al foso de los ancestros se convirtió en una carnicería en cuestión de segundos.
El techo de piedra colapsó cuando las granadas de plasma de la manada Erebus Black estallaron contra él. Killian Ouroboros, el Gamma militar, lideraba la línea de ataque. Su lobo, Ragnar, guiaba cada uno de sus movimientos con una adrenalina pura y una violencia controlada e implacable; el aroma a pólvora y humo de fogata inundaba los pasajes oscuros mientras sus hombres avanzaban tras escudos tácticos, barriendo con fuego azul a los mercenarios encapuchados que intentaban cubrir la retirada.
Detrás de la infantería, Sauron caminaba como el mismísimo dios de la muerte. No llevaba armas de fuego. No las necesitaba. Sus manos cubiertas de tatuajes oscuros se transformaban parcialmente en garras de Enigma que desgarraban el kevlar y la carne de cualquiera que se atreviera a cruzarse en su camino. Sus ojos eran dos carbones encendidos, rojo carmesí, inyectados en sangre por la furia de Samael.
—¡Alfa! ¡Encontramos al informante! —gritó uno de los soldados de Killian.
En una esquina del pasaje principal, encogido detrás de un contenedor de basura y temblando de terror, estaba el pequeño conserje que había enviado el video, cubierto de inmundicia y polvo del derrumbe.
Sauron se plantó frente a él con una pesadez mística que obligó al hombrecillo a pegarse contra el suelo, casi asfixiado por las feromonas del Enigma. Lo sujetó del cuello de la camisa con una sola mano, levantándolo del suelo sin esfuerzo.
—¿Dónde está ella? —rugió, la voz gutural rasgando la quietud del túnel—. ¡¿Dónde está mi Luna?! ¡No la siento! ¡El lazo está bloqueado!
—Se... se la llevaron hace quince minutos, señor —tartamudeó el conserje, las lágrimas corriendo por su rostro sucio—. Escuché al líder... la llevan al edificio del helipuerto privado. Quieren sacarle a los bebés vivos esta misma noche. Es todo lo que sé, se lo juro.
Sauron arrojó al hombre al suelo y avanzó hacia el fondo del pasaje, donde se encontraba la celda-caverna. Al cruzar el umbral, el mundo pareció detenerse para el Rey del Bajo Mundo.
El olor a sangre sucia, humedad y el aroma casi extinto de las grosellas negras de Dabria le golpeó el olfato. En el centro de la celda, vacíos y manchados de óxido, colgaban los cuatro grilletes donde su pareja predestinada había permanecido encadenada durante un mes entero por su propia culpa, por no haberla escuchado a tiempo, por haberla dejado sola.
Un aullido de puro coraje, dolor y desolación animal escapó de la garganta de Sauron, un sonido tan desgarrador que Valkian y Killian apretaron los puños en silencio, sintiendo el sufrimiento de su hermano mayor a través del lazo de sangre.
En ese instante, el comunicador táctico en el oído de Valkian vibró con la voz urgente de Sullivan desde la central de Ender.
—¡Valkian! Detecté actividad tecno-mágica en el edificio del helipuerto central. Acaban de activar los generadores auxiliares, y un helicóptero stealth está encendiendo motores en la azotea bajo la tormenta. Llevan un inhibidor de señal biológica de alta gama colocado en el objetivo; por eso Sauron no puede sentir su marca.
Killian se giró hacia su hermano, los ojos dorados ambarinos destellando furia.
—Sullivan, hackea el maldito edificio —ordenó el Gamma militar, la voz vibrando con la urgencia de la cacería—. Apaga los ascensores, bloquea las compuertas del helipuerto, retrásalos al menos tres minutos. No dejaremos que se la lleven de esta ciudad. ¡Hay que detenerlos ya!
—Iniciando hackeo remoto ahora —respondió el híbrido zorro.
A kilómetros de distancia, desde la central de Ender, los dedos de Sullivan volaron sobre el teclado holográfico, inyectando un virus de código zorro en la subestación tecno-mágica del edificio. El pulso digital de la megaciudad de Ender se detuvo en seco en el rascacielos del helipuerto.




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