Usurpadora predestinada

Capítulo 3: El lazo en la Penumbra

Mientras Sauron aún abría camino por los túneles ancestrales, kilómetros arriba, en el corazón de Ender, el reloj para Dabria corría en sentido contrario.
Las luces del ascensor parpadearon una última vez antes de morir por completo, sepultando la cabina en una penumbra gótica y asfixiante. El zumbido digital de los motores se apagó de golpe; el hackeo remoto de Sullivan había congelado el transporte a solo dos pisos del helipuerto.
El impacto de la bofetada resonó en el cubículo de metal. La cabeza de Dabria se giró con violencia por la fuerza del golpe, y un hilo de sangre le brotó del labio agrietado. Sus ojos cafés claros se abrieron de par en par en la oscuridad, fijos en la silueta gigantesca del líder de los captores, cuyas facciones quedaban ocultas bajo esa capucha táctica de material extraño que parecía absorber la poca luz ambiental.
—Tú ya estás muerta —le siseó el hombre al oído, la voz distorsionada por un modulador tecno-mágico, fría como el granizo que golpeaba el edificio por fuera—. Y él también. Nadie sale vivo de aquí una vez que el cliente toma lo que quiere.
Dabria, con los grilletes pesándole en las muñecas ensangrentadas y el collar inhibidor quemándole la piel de la nuca para ocultar su lazo, no lloró. Tampoco suplicó. La Dabria original se habría quebrado en mil pedazos ante esa amenaza, pero la chica transmigrada, la huérfana que había muerto sola en una cama de hospital en su otra vida, solo sintió una chispa de furia pura encenderse en su pecho.
En lugar de responder al insulto, cerró los ojos y concentró cada gramo de su debilitada energía en su vientre bajo.
Escúchenme, mis amores —les habló en su mente, envolviendo a los trillizos con todo el amor que nunca pudo dar en su vida pasada—. Su papá ya viene. El mensaje fue enviado. Quédense conmigo, manténganse con vida. Vamos a salir de esto juntos.
La respuesta de los neonatos Enigma fue inmediata. Aunque eran apenas unos fetos de tres meses, su genética maldita y ultrapoderosa reaccionó al peligro inminente que corría su madre. Dabria sintió un calor abrasador expandirse desde su útero. No era dolor; era poder. Una estática tecno-mágica invisible comenzó a emanar de su cuerpo, extendiéndose por el suelo metálico del ascensor. De pronto, las armas de plasma de alta gama que portaban los gigantes encapuchados empezaron a emitir pitidos de error; sus circuitos se sobrecargaban por la energía vital que los cachorros proyectaban desde el vientre.
—¿Qué demonios...? —gruñó uno de los guardias, golpeando su rifle táctico que parpadeaba en rojo—. Las baterías de energía están fallando. El inhibidor de señal tiene interferencia.
—¡Mantengan la posición! —ordenó el líder, sujetando a Dabria del cabello pixie azabache para levantarle la cabeza—. No importa el equipo. En cuanto las puertas se abran, la suben al helicóptero a la fuerza. Si el Enigma llega, solo encontrará cenizas.
Mientras tanto, en la planta baja del edificio, la tormenta en Ender parecía haberse desatado dentro de la misma estructura.
Las puertas principales de cristal templado no se abrieron; estallaron en un millón de fragmentos cuando el primer blindado de Ouros Corp. entró a toda velocidad, derrapando en el vestíbulo de mármol. Detrás de él, una hilera de camionetas tácticas se desplegó en abanico.
Killian, el Gamma militar, fue el primero en saltar del vehículo. Su lobo Ragnar rugía en su sangre, empujando su aroma a pólvora y humo de fogata por los conductos de ventilación. Sus hombres, armados hasta los dientes, abrieron fuego inmediato contra los guardias rezagados que custodiaban el edificio. Las detonaciones de plasma iluminaban las paredes en destellos azules y naranjas.
—¡Aseguren las escaleras de emergencia! —rugió Killian, los ojos dorados ambarinos brillando con una violencia controlada e implacable—. ¡Nadie toca a la Luna! ¡Masacren a cualquiera que no lleve nuestro uniforme!
Detrás de él, Valkian caminaba con una calma aterradora, sosteniendo un comunicador en la mano enguantada mientras sus ojos azul helado analizaban el mapa holográfico que Sullivan le enviaba en tiempo real desde los servidores centrales.
—Sauron, el ascensor está trabado en el piso 42 —informó, la voz de menta gélida—. Sullivan apagó los sistemas del edificio, pero tienen generadores auxiliares de tecnología militar. Te quedan menos de tres minutos antes de que reinicien el helipuerto y despeguen con ella.
Sauron no respondió con palabras. Un rugido animal, sordo y vibrante que hizo temblar las vigas de acero del rascacielos, fue su única contestación.
El Alfa Enigma no iba a esperar a que las fuerzas de Killian limpiaran los pisos. Estaba completamente desbocado. Samael, su lobo colosal, se retorcía bajo su piel, estirando sus músculos hasta rozar los tres metros de altura. La barba de días, las ojeras marcadas y la ropa desaliñada, humedecida por la lluvia, le daban el aspecto de un dios de la muerte recién salido del infierno. El aroma a Oud Negro y Ron Envejecido que emanaba de él era tan denso, tan cargado de feromonas asesinas, que incluso sus propios soldados tenían que apartarse para no caer de rodillas bajo la presión mística de su aura.
No sabían que el Enigma ya no estaba en la superficie.
Sauron corrió hacia el cubo del ascensor de carga, metió los dedos tatuados en la rendija de las pesadas puertas de titanio y, con un grito de pura cólera que le desgarró las cuerdas vocales, las separó a la fuerza, doblando el metal como si fuera papel.
Miró hacia arriba, hacia la profunda y oscura fosa del hueco del ascensor. Estaba debajo de ellos, ascendiendo por las venas de acero del edificio. Los cables tensados vibraban bajo la tormenta. Sus ojos ya no eran gris tormenta; eran dos carbones encendidos en un rojo carmesí brillante, bordeados por un violeta místico que delataba que Samael tenía el control total de sus instintos. El lobo colosal rugía en su cabeza con una cólera destructiva absoluta, rompiendo las últimas barreras de su cordura ejecutiva. El aire en el foso pareció vibrar con electricidad estática.
—Voy por ti, mi Luna —gruñó la bestia interna a través de sus labios, rompiendo el esmalte de sus propios dientes por la presión de la quijada.
Sauron flexionó las piernas y saltó al vacío del foso, aferrándose a los cables con las manos desnudas, dejando un rastro de sangre y rabia mientras escalaba el edificio a una velocidad sobrehumana, guiado únicamente por el rastro casi imperceptible de grosellas negras que el collar inhibidor intentaba, inútilmente, ocultar de su olfato.
Al llegar al piso 42, visualizó la base de la cabina detenida en la oscuridad. El collar inhibidor de Dabria flaqueaba por la energía de los trillizos, y el rastro de grosellas negras góticas y jugosas golpeó su olfato con la fuerza de un impacto nuclear.
—¡Dabria! —el rugido que escapó de la garganta de Sauron no fue humano; fue el llamado gutural y posesivo de un Enigma reclamando lo que le pertenecía.
Se impulsó con las piernas, saltando hacia el lateral de la cabina suspendida en el vacío. Con un grito de pura furia, enterró las garras en las láminas de acero del suelo del ascensor.
Dentro de la cabina, el suelo tembló violentamente. Los mercenarios encapuchados perdieron el equilibrio por el impacto, y el líder soltó el cabello de Tessa mientras el metal debajo de sus botas comenzaba a rajarse.
—¡Está aquí! ¡El monstruo está abajo! —gritó uno de los gigantes tácticos, intentando en vano encender su arma averiada.
Sauron no usó la puerta. Con una fuerza destructiva descomunal, tiró del acero del suelo, abriendo una brecha gigante en el piso del ascensor. El metal crujió, doblándose como papel, revelando en la penumbra la figura de más de dos metros del Alfa Enigma. Sus ropas desaliñadas estaban empapadas de sudor y sangre, su barba crecida le daba un aspecto salvaje, y sus ojos, dos carbones encendidos en carmesí bordeado de violeta, delataban el control absoluto de Samael.
Tessa, debilitada en una esquina, con el labio ensangrentado, levantó la vista. Al ver la imponente y terrorífica silueta del hombre al que siempre había querido salvar desde su fría cama de hospital, no sintió el terror de la Dabria original. Sus ojos cafés claros brillaron con una devoción y un alivio absolutos.
Sauron barrió la cabina con la mirada hasta que sus ojos se clavaron en ella: en las muñecas ensangrentadas, en los hematomas del rostro, en el hilo de sangre que le corría por la boca. La visión de su hembra herida terminó de romper el último rastro de humanidad que le quedaba.
—Van... a... morir —siseó, las venas del rostro marcadas por la presión de su aura, mientras saltaba al interior del ascensor, listo para desatar una carnicería que el bajo mundo jamás olvidaría.




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