Las palabras no sonaron humanas. Salieron cargadas con la vibración destructiva de la Voz Suprema, un eco gutural que hizo parpadear las láminas de acero del ascensor con chispas de estática. En la penumbra roja de la cabina, el Alfa Enigma se irguió en toda su imponente estatura de más de dos metros. Su camisa negra estaba rasgada, dejando ver los tatuajes de obsidiana y ceniza de plata que comenzaban a palpitar con un brillo carmesí líquido, respondiendo a la furia desbocada de Samael.
Antes de que el líder de los captores pudiera reaccionar o usar a Tessa como escudo, las pesadas puertas automáticas del piso 42 se abrieron a la fuerza desde el exterior.
El hackeo de Sullivan había retrasado el sistema, pero los comandos enemigos en el pasillo activaron los generadores auxiliares. Lo que se abrió no fue una vía de escape, sino las puertas del mismísimo infierno. Un escuadrón táctico de más de diez mercenarios encapuchados, armados con rifles de asalto modificados, abrió fuego a quemarropa en cuanto las luces parpadearon.
El cubículo se iluminó con el destello ensangrentado de las ráfagas.
Sauron no dudó. Con una velocidad que desafiaba las leyes físicas, arrojó su enorme cuerpo hacia adelante, envolviendo a Tessa entre sus brazos y usando su ancha espalda tatuada como una armadura de carne y hueso. Los impactos de los proyectiles resonaron secos, desgarrando la tela de su ropa y enterrándose en su piel.
—¡Ahg! —un gruñido de dolor puro escapó de sus dientes apretados.
Las balas no eran comunes; estaban infundidas con extracto concentrado de acónito negro. Para cualquier Alfa dominante común de la manada Erebus Black, esa cantidad de veneno mata-lobos en el torrente sanguíneo habría significado una parálisis inmediata o una muerte fulminante. Pero Sauron era una anomalía divina. Aunque el veneno le quemaba las terminaciones nerviosas y la plata de los casquillos le causaba una molestia punzante, su curación acelerada comenzó a sellar los tejidos alrededor del metal de forma casi instantánea, expulsando las toxinas.
Con un rugido de rabia, estiró un brazo cubierto de sangre, sujetó la pesada puerta de titanio del ascensor y la jaló hacia el centro, doblándola y trancándola a la fuerza para bloquear la línea de fuego del pasillo.
El cubículo volvió a quedar a oscuras, roto solo por la respiración agitada de ambos.
Sauron se agachó en el suelo metálico, ignorando los hilos de sangre que le goteaban por la espalda. Sus manos gigantescas y tatuadas acunaron el rostro pálido de Tessa.
—Estás a salvo, mi Luna... estoy aquí —murmuró, intentando modular su voz de trueno para no lastimar sus oídos humanos.
Tessa, con el labio ensangrentado y los dos pequeños lunares bajo su ojo derecho brillando en la penumbra, parpadeó con debilidad. Sentía el cuerpo de Dabria al límite, letárgico por el veneno que le habían inyectado durante semanas en la cueva. Pero al respirar de cerca ese aroma de él —esa densa e imponente mezcla de madera de Oud Negra y Ron Envejecido—, algo cambió en su interior. La fragancia de las grosellas negras en su piel se intensificó de golpe, respondiendo al lazo. El alma transmigrada, la fanática que siempre había querido salvar al villano, se aferró a la realidad.
Samael arañaba las paredes de la mente de Sauron, queriendo transformarse ahí mismo, en toda su forma licántropa de tres metros, para destrozar el edificio. Pero el Alfa logró contener a la bestia. Samael lloraba por dentro, con un chillido lastimero, al ver a su pequeña humana con los grilletes ensangrentados en muñecas y tobillos.
¡Mátalos! ¡Deslízales las gargantas! ¡Tocaron a nuestra hembra!, rugía el lobo interno.
Manteniendo una espeluznante calma ejecutiva, Sauron sujetó el collar inhibidor tecno-mágico que rodeaba el cuello de Tessa y, aplicando una fuerza milimétrica para no romperle la laringe, lo arrancó de cuajo, destrozando los circuitos que bloqueaban su marca. En ese segundo, ella dejó caer la cabeza exhausta contra el enorme pecho del Enigma. Sus dedos débiles arañaron la tela rota de su camisa, absorbiendo su calor. Por primera vez desde que había despertado en este maldito libro, las lágrimas le rodaron por las mejillas y, con una voz suave que apenas era un susurro ronco, dijo:
—Yo sabía... yo sabía que vendrías por nosotros...
Sauron se quedó completamente atónito. La mandíbula se le tensó y sus ojos carmesí se abrieron con fijeza. En los tres meses que la Dabria original había estado a su lado, ella solo le había dedicado miradas de asco, gritos de odio y peleas salvajes, repudiando su existencia. Escuchar a esta misma mujer esperarlo, llamarlo "nosotros", buscar refugio en su pecho, fue un impacto que reescribió en un parpadeo todas las prioridades del Enigma.
En ese instante, el auricular táctico en su oído vibró con la voz distorsionada de su hermano Gamma.
—¡Sauron! Mi gente ya está asegurando el piso 42 —informó Killian, el aroma a pólvora y humo de fogata casi filtrándose por la línea—. Pero los pisos superiores están infestados. Hay soldados especiales, lobos modificados con esteroides y el cerebro lavado. No podemos avanzar al ritmo que necesitas.
—No importa —siseó Sauron, poniéndose de pie con Tessa sujeta firmemente contra su pecho—. Los esperaré en el último piso. Sullivan, manda el helicóptero stealth de Ouros Corp. al helipuerto ahora mismo. Sacaré a mi Luna de aquí.
Las puertas trancadas del ascensor cedieron con un estallido. El pasillo se había convertido en una zona de guerra de balaceras y rugidos salvajes, donde los comandos de la mafia peleaban cuerpo a cuerpo contra los gigantes encapuchados. En medio del humo de las detonaciones de plasma, una figura alta y atlética irrumpió con la mirada alerta. Era Cullen Jackson.
El joven Guardián de Élite traía el hombro vendado, arrastrando las secuelas de un entrenamiento infernal en las fosas del bajo mundo semanas atrás. Su velocidad se había duplicado; se movía como un espectro entre las balas, usando dos armas de pulso para limpiar el perímetro.
Sauron miró hacia el fondo del pasillo. Solo faltaban tres pisos para llegar al helipuerto, pero la estructura del rascacielos cambiaba ahí: la cabina del ascensor ya no subía más; el único acceso a la azotea era a través de unas escaleras de caracol estrechas, flanqueadas por las tropas de los captores modificados genéticamente que bloqueaban el paso.
El Alfa Enigma entendió la estrategia en un segundo. Si intentaba subir las escaleras cargando a Tessa, su capacidad de ataque se reduciría a la mitad y pondría en riesgo el vientre de su hembra ante los impactos de plasma. Él tenía que convertirse en la vanguardia; tenía que masacrar a la línea enemiga con sus propias manos.
Muy a su pesar, con el corazón apretado por la desconfianza instintiva de Samael, transfirió el cuerpo débil de Tessa a los brazos de Cullen, el hombre en quien había confiado antes en misiones de guerra.
—Si le pasa un solo rasguño más a mi Luna —amenazó, la mirada carmesí clavándose en los ojos del guardián con la promesa implacable de la muerte—, lo pagarás con tu propia vida, Jackson.
—Con mi vida, Alfa —asintió Cullen, apegando a Tessa contra su pecho y protegiendo su vientre abultado con los brazos.
Sauron se dio la vuelta y se lanzó al ataque como un huracán de destrucción, abriendo paso en las escaleras. Cullen lo siguió de cerca, subiendo escalón por escalón entre golpes, explosiones de granadas y ráfagas de plasma que derretían las paredes de concreto. El guardián usaba su propio cuerpo como escudo humano para Tessa, esquivando los escombros que caían del techo mientras la tormenta exterior retumbaba cada vez más cerca.
Finalmente, irrumpieron a través de la compuerta de acero, saliendo al aire libre de la azotea.
La lluvia de Ender los recibió con un frío castigador. El viento rabiaba a más de cien kilómetros por hora, batiendo el corte pixie húmedo de Tessa. Cullen corrió cojeando hacia el centro del helipuerto, ensangrentado y malherido por los roces de bala recibidos en la subida, sin percatarse de que el peligro real ya no estaba en el suelo.
A un kilómetro de distancia, en la antena de un edificio colindante, un francotirador enemigo ajustó la mira térmica de su rifle de alta gama.
Tres disparos de alta frecuencia rasgaron el viento tormentoso.
¡Pum! El primer tiro impactó en el concreto del helipuerto, levantando chispas a centímetros de las botas de Cullen, quien logró pivotar por puro instinto.
¡Pum! La segunda bala, con trayectoria descendente, le atravesó el estómago al guardián. Soltó un quejido sordo, pero apretó los brazos alrededor de Tessa para no dejarla caer.
¡Pum! El tercer proyectil, una bala blindada de calibre perforante, los atravesó a ambos. Cruzó limpiamente el hombro izquierdo de Cullen y continuó su trayectoria, impactando directamente el pulmón derecho de Tessa.
—¡¡Sauron!! —el grito de dolor absoluto de Tessa desgarró el viento de la azotea, perdiéndose entre los truenos.
Sin el collar inhibidor, el dolor agudo y punzante del pulmón perforado de su hembra viajó instantáneamente a través del lazo espiritual, golpeando el pecho de Sauron en las escaleras inferiores. Fue como si le arrancaran el corazón del propio cuerpo.
En ese milisegundo, las barreras de la cordura de Sauron Ouroboros se pulverizaron. La bestia oculta rompió las cadenas.
Sauron y Samael explotaron su límite místico, desatando la transformación superior más siniestra y peligrosa que el bajo mundo hubiese presenciado jamás. Su cuerpo se infló por la adrenalina, sus huesos crujieron y se estiraron hasta alcanzar los tres metros de altura en su forma licántropa híbrida. El pelaje negro azabache, que absorbía la luz, le cubrió los músculos masivos; el rostro se le deformó en un hocico temible lleno de hileras de colmillos biológicamente reforzados, y sus ojos brillaron en un tono violeta místico entrelazado con oro.
Antes de completar la transformación, liberó una onda expansiva de presión espiritual tan pesada y eléctrica que el aire alrededor de las escaleras se congeló; las feromonas destructivas frieron de forma instantánea los cerebros de todas las bestias modificadas con esteroides que lo rodeaban, dejándolos caer como muñecos de trapo, los ojos en blanco.
Haciendo uso de una velocidad divina que visualmente pareció una teletransportación, el colosal licántropo negro cruzó el espacio. En menos de un parpadeo apareció en la azotea del edificio vecino, desgarró al francotirador por la mitad con un solo zarpazo de sus garras de obsidiana y regresó al helipuerto, materializándose junto al cuerpo caído de Cullen.
Las aspas del helicóptero stealth que Sullivan había mandado ya cortaban el aire de la tormenta, descendiendo con las luces de posición parpadeando en azul.
Tessa yacía en el concreto frío, la sangre brotándole del hombro y de la boca, empapando el suelo. Pero el dolor del disparo no fue lo peor. De pronto sintió una presión brutal, un desgarre interno que le contrajo cada músculo del abdomen abultado. Un grito desesperado y desgarrador escapó de sus labios agrietados.
Sauron, regresando parcialmente a su forma humana de dos metros, desesperado, los ojos inyectados en sangre, cayó de rodillas a su lado. Cullen, sosteniéndose el estómago ensangrentado con una mano, usó sus últimas fuerzas para deslizar el cuerpo de la Luna hacia los brazos de su Alfa.
—Rompí... rompí la fuente... —gimió Tessa en los brazos gigantescos de Sauron, apretando la quijada mientras el dolor de las contracciones se mezclaba con la falta de aire por el pulmón herido—. ¡Sauron, los bebés... ya vienen!
Ahí, sintiendo la lluvia helada golpearle el rostro, el dolor punzante y las ganas incontrolables de pujar, Tessa lo entendió con una claridad brutal. Esto ya no era una simple novela con letras muertas en una tablet. Las personas a su alrededor no eran clichés literarios; eran seres de carne y hueso que sufrían, sangraban, amaban y morían. Y con el miedo recorriéndole las venas, pero con una convicción de hierro que reescribía su destino, se juró a sí misma que no iba a morir en ese helipuerto. Iba a cambiar la historia original, y sería feliz junto a su Alfa Enigma.
Sauron la levantó en vilo, cargándola con una delicadeza extrema mientras corría hacia la cabina del helicóptero. El gélido y estoico CEO de Ouros Corp., el Rey Supremo de la mafia, tenía los ojos gris tormenta completamente llenos de lágrimas, transmitiendo una tristeza, un agobio y una impotencia absolutos. El dios intocable del bajo mundo se sentía reducido a un simple hombre asustado ante la posibilidad de perder a la mujer que amaba.
Al subir a la cabina, el doctor Zelma ya los esperaba con el equipo médico de emergencia encendido.
—¡Déjame revisarla, Sauron! ¡Controla tus feromonas o vas a asfixiar su sistema! —ordenó el Alto Vampiro de cabello largo plateado, empujando los hombros del Alfa para abrir espacio—. Si no te calmas, la perderemos. Está perdiendo demasiada sangre por el impacto de la bala.
Zelma le dio instrucciones precisas para que presionara la herida del pulmón con las manos tatuadas y conteniera la hemorragia, mientras él mismo rasgaba la ropa de Dabria para revisar su vientre. Al palpar la tensión de los músculos y ver la dilatación biológica exprés generada por los cachorros Enigma, los ojos carmín del vampiro se abrieron de par en par.
—Ya está casi totalmente dilatada —gritó sobre el rugido de los motores, conectando los supresores de dolor tecno-mágicos—. ¡Piloto, aborte la ruta pública! ¡Llévenos directo al hospital de especialidades de la ciudadela en la manada Erebus Black Pack! ¡Apresúrate o la Luna no llegará viva!
El helicóptero se elevó en un ángulo cerrado, perdiéndose entre las nubes negras de la tormenta.
Dentro de la cabina, el parto exprés del linaje Enigma comenzó en condiciones críticas. Dabria sentía que la consciencia se le escapaba por la anemia, pero la energía vital de los cachorros, que la sostenían mística y tecno-mágicamente desde el útero, actuó como un ancla biológica.
—¡Puja, Dabria! ¡Tienes que ayudar al primero! —ordenó Zelma en la penumbra de la cabina, mientras el helicóptero temblaba por las turbulencias.
Sauron la sostenía por la espalda, dejando que su rostro se escondiera en el cuello de ella, usando la Voz que solo ella escuchaba, un murmullo ronco, increíblemente suave y protector:
—Tú puedes, mi pequeña... puja por nuestros cachorros. Estoy aquí, no te voy a dejar caer. Una más, pequeña...
El helicóptero stealth de Ouros Corp. aterrizó de emergencia en el helipuerto del hospital de especialidades de la manada Erebus Black Pack bajo una lluvia torrencial que golpeaba las instalaciones como ráfagas de metralla. Las puertas de la aeronave se abrieron y Sauron, el rostro desencajado por el agobio y la impotencia, saltó a la pista cargando el cuerpo ensangrentado de Dabria. El equipo médico de urgencias, liderado por Zelma, ya corría a su encuentro con una camilla de alta tecnología.
—¡Muévanse! ¡Está perdiendo demasiada sangre por el pulmón y ya está en labor de parto! —rugió el vampiro de cabello plateado, guiando la camilla a toda velocidad por los pasillos blancos del complejo.
Dabria sentía que la consciencia se le escapaba por la anemia. El dolor del pulmón perforado era asfixiante, pero la presión en el vientre bajo era un infierno mil veces peor. Los tres cachorros Enigma, sintiendo el peligro de muerte, inyectaban ráfagas de su propia energía mística en el torrente sanguíneo de su madre, actuando como un ancla biológica para mantenerla con vida. Gracias a esa ayuda sobrenatural, la chica transmigrada logró resistir el trayecto hasta el quirófano, aferrándose con sus manos débiles a la camisa rota de Sauron.
Al entrar a la sala de partos, la tensión se volvió asfixiante. Las luces del quirófano parpadeaban intermitentemente por la sobrecarga electromagnética que los mismos fetos Enigma proyectaban debido al estrés. El instrumental médico vibraba sobre las bandejas metálicas.
—¡Sauron, quédate a su lado y mantén la presión en la herida del hombro! —ordenó Zelma, colocándose los guantes quirúrgicos mientras las enfermeras conectaban los monitores auxiliares—. ¡Dabria, mírame! Sé que estás exhausta, sé que no puedes más, pero el primer lobezno está coronando. Tienes que pujar con todo lo que te queda. ¡Ahora!
Sauron se inclinó sobre ella, dejando que su denso aroma a Oud Negro y Ron Envejecido envolviera la camilla, creando un nido de seguridad improvisado. Con su voz ronca, baja y protectora, la que solo ella tenía derecho a escuchar, le murmuró al oído:
—Tú puedes. Una más, pequeña, hazlo por nuestros cachorros...
Dabria juntó cada gramo de su fuerza transmigrada, cerró los ojos con fuerza y pujó con un grito desgarrador que se mezcló con los truenos que sacudían el edificio por fuera. El esfuerzo físico reabrió parte de su herida, manchando de sangre las sábanas blancas, pero su convicción de hierro no se doblegó. Las luces led del quirófano titilaron violentamente. Con un último espasmo de agonía, el primer cachorro salió al mundo.
Un chillido agudo y vibrante rompió el murmullo de los aparatos. Las enfermeras lo limpiaron rápidamente y, con manos temblorosas por el miedo que inspiraba la criatura, se lo enseñaron a la madre. Era un pequeño lobo completamente negro azabache, calco idéntico de la imponencia de su padre y de la bestia Samael. El recién nacido estiró el hociquito, olió el aire saturado de grosellas y lamió la mejilla sudorosa de Dabria con su pequeña lengua, tranquilizándose al instante en cuanto reconoció su calor.
Sauron, el enigma gélido e implacable, sintió que el pecho se le partía de un éxtasis de amor que jamás creyó posible. Samael daba vueltas en su psique, hinchado de orgullo salvaje por su primer heredero. Pero el respiro duró apenas unos segundos; una nueva contracción, mucho más violenta y dolorosa, dobló el cuerpo de Dabria sobre la camilla.
—¡Ya viene el segundo! —anunció Zelma, la pálida frente cubierta de sudor mientras controlaba la hemorragia del pulmón herido—. ¡No te rindas ahora, Luna! ¡Puja una vez más!
Tessa estaba al límite de sus capacidades físicas, sintiendo que rozaba nuevamente el filo de la muerte por segunda vez en su existencia. Pero miró a Sauron, vio las lágrimas de agobio contenidas en sus ojos gris tormenta, y se negó a dejarlo solo. Volvió a apretar los puños ensangrentados contra los bordes de la camilla y acumuló la poca energía que le quedaba en el abdomen.
Afuera, la tormenta de Ender arreció con una furia gótica sin precedentes. Justo en el segundo milimétrico en el que Dabria exhaló un alarido de puro dolor y pujó con todas sus fuerzas, un rayo colosal de energía tecno-mágica impactó directamente contra la subestación principal del hospital.
¡Bum!
Los transformadores estallaron. Las pantallas de los monitores médicos se apagaron de golpe, los aparatos digitales emitieron un pitido sordo antes de morir, y todas las luces del quirófano se extinguieron, dejando la sala sumida en una oscuridad absoluta y gótica, rota únicamente por el parpadeo rojo y agónico de los generadores de emergencia auxiliares.
En medio de esa penumbra roja y tenebrosa, nació el segundo cachorro. Era fuerte y elegante, de pelaje negro, pero con una mutación visual impactante: dos perfectas manchas blancas se extendían sobre sus omóplatos, simulando un par de alas angelicales góticas. Los médicos lo acercaron de inmediato a su madre; el lobezno chillaba con desesperación, buscando con la lengua el rostro de Dabria, besándola mientras la lluvia golpeaba con violencia los ventanales oscuros.
Tessa, con la respiración sumamente débil y el rostro pálido por la brutal pérdida de sangre, apenas tuvo fuerzas para sentir el pelaje del segundo bebé antes de que los párpados le pesaran como el plomo.
De pronto, todo el quirófano quedó sumido en un silencio sepulcral, siniestro y asfixiante. Las enfermeras dejaron de moverse, los monitores apagados guardaron un mutismo de tumba, y el doctor Zelma se congeló en su posición mientras intentaba recibir al tercer y último lobezno en medio de la penumbra roja. No hubo más chillidos, no hubo más ruido de aparatos. Solo el rugido de la tormenta exterior, y el silencio mortal de una tragedia a punto de desatarse en la oscuridad.ca
#1138 en Fantasía
#222 en Magia
#625 en Personajes sobrenaturales
sobrenatural magia fantasia, romance 18 adolescente, magia brujas lobos alfa omega beta
Editado: 31.07.2026