Usurpadora predestinada

Capítulo 4: El Llanto de la Tormenta

Las palabras no sonaron humanas. Salieron cargadas con la vibración destructiva de la Voz Suprema, un eco gutural que hizo parpadear las láminas de acero del ascensor con chispas de estática. En la penumbra roja de la cabina, el Alfa Enigma se irguió en toda su imponente estatura de más de dos metros. Su camisa negra estaba rasgada, dejando ver los tatuajes de obsidiana y ceniza de plata que comenzaban a palpitar con un brillo carmesí líquido, respondiendo a la furia desbocada de Samael.

Antes de que el líder de los captores pudiera reaccionar o usar a Tessa como escudo, las pesadas puertas automáticas del piso 42 se abrieron a la fuerza desde el exterior.

El hackeo de Sullivan había retrasado el sistema, pero los comandos enemigos en el pasillo activaron los generadores auxiliares. Lo que se abrió no fue una vía de escape, sino las puertas del mismísimo infierno. Un escuadrón táctico de más de diez mercenarios encapuchados, armados con rifles de asalto modificados, abrió fuego a quemarropa en cuanto las luces parpadearon.

El cubículo se iluminó con el destello ensangrentado de las ráfagas.

Sauron no dudó. Con una velocidad que desafiaba las leyes físicas, arrojó su enorme cuerpo hacia adelante, envolviendo a Tessa entre sus brazos y usando su ancha espalda tatuada como una armadura de carne y hueso. Los impactos de los proyectiles resonaron secos, desgarrando la tela de su ropa y enterrándose en su piel.

—¡Ahg! —un gruñido de dolor puro escapó de sus dientes apretados.

Las balas no eran comunes; estaban infundidas con extracto concentrado de acónito negro. Para cualquier Alfa dominante común de la manada Erebus Black, esa cantidad de veneno mata-lobos en el torrente sanguíneo habría significado una parálisis inmediata o una muerte fulminante. Pero Sauron era una anomalía divina. Aunque el veneno le quemaba las terminaciones nerviosas y la plata de los casquillos le causaba una molestia punzante, su curación acelerada comenzó a sellar los tejidos alrededor del metal de forma casi instantánea, expulsando las toxinas.

Con un rugido de rabia, estiró un brazo cubierto de sangre, sujetó la pesada puerta de titanio del ascensor y la jaló hacia el centro, doblándola y trancándola a la fuerza para bloquear la línea de fuego del pasillo.

El cubículo volvió a quedar a oscuras, roto solo por la respiración agitada de ambos.

Sauron se agachó en el suelo metálico, ignorando los hilos de sangre que le goteaban por la espalda. Sus manos gigantescas y tatuadas acunaron el rostro pálido de Tessa.

—Estás a salvo, mi Luna... estoy aquí —murmuró, intentando modular su voz de trueno para no lastimar sus oídos humanos.

Tessa, con el labio ensangrentado y los dos pequeños lunares bajo su ojo derecho brillando en la penumbra, parpadeó con debilidad. Sentía el cuerpo de Dabria al límite, letárgico por el veneno que le habían inyectado durante semanas en la cueva. Pero al respirar de cerca ese aroma de él —esa densa e imponente mezcla de madera de Oud Negra y Ron Envejecido—, algo cambió en su interior. La fragancia de las grosellas negras en su piel se intensificó de golpe, respondiendo al lazo. El alma transmigrada, la fanática que siempre había querido salvar al villano, se aferró a la realidad.

Samael arañaba las paredes de la mente de Sauron, queriendo transformarse ahí mismo, en toda su forma licántropa de tres metros, para destrozar el edificio. Pero el Alfa logró contener a la bestia. Samael lloraba por dentro, con un chillido lastimero, al ver a su pequeña humana con los grilletes ensangrentados en muñecas y tobillos.

*¡Mátalos! ¡Deslízales las gargantas! ¡Tocaron a nuestra hembra!*, rugía el lobo interno.

Manteniendo una espeluznante calma ejecutiva, Sauron sujetó el collar inhibidor tecno-mágico que rodeaba el cuello de Tessa y, aplicando una fuerza milimétrica para no romperle la laringe, lo arrancó de cuajo, destrozando los circuitos que bloqueaban su marca. En ese segundo, ella dejó caer la cabeza exhausta contra el enorme pecho del Enigma. Sus dedos débiles arañaron la tela rota de su camisa, absorbiendo su calor. Por primera vez desde que había despertado en este maldito libro, las lágrimas le rodaron por las mejillas y, con una voz suave que apenas era un susurro ronco, dijo:

—Yo sabía... yo sabía que vendrías por nosotros...

Sauron se quedó completamente atónito. La mandíbula se le tensó y sus ojos carmesí se abrieron con fijeza. En los tres meses que la Dabria original había estado a su lado, ella solo le había dedicado miradas de asco, gritos de odio y peleas salvajes, repudiando su existencia. Escuchar a esta misma mujer esperarlo, llamarlo "nosotros", buscar refugio en su pecho, fue un impacto que reescribió en un parpadeo todas las prioridades del Enigma.

En ese instante, el auricular táctico en su oído vibró con la voz distorsionada de su hermano Gamma.

—¡Sauron! Mi gente ya está asegurando el piso 42 —informó Killian, el aroma a pólvora y humo de fogata casi filtrándose por la línea—. Pero los pisos superiores están infestados. Hay soldados especiales, lobos modificados con esteroides y el cerebro lavado. No podemos avanzar al ritmo que necesitas.

—No importa —siseó Sauron, poniéndose de pie con Tessa sujeta firmemente contra su pecho—. Los esperaré en el último piso. Sullivan, manda el helicóptero stealth de Ouros Corp. al helipuerto ahora mismo. Sacaré a mi Luna de aquí.

Las puertas trancadas del ascensor cedieron con un estallido. El pasillo se había convertido en una zona de guerra de balaceras y rugidos salvajes, donde los comandos de la mafia peleaban cuerpo a cuerpo contra los gigantes encapuchados. En medio del humo de las detonaciones de plasma, una figura alta y atlética irrumpió con la mirada alerta. Era Cullen Jackson.

El joven Guardián de Élite traía el hombro vendado, arrastrando las secuelas de un entrenamiento infernal en las fosas del bajo mundo semanas atrás. Su velocidad se había duplicado; se movía como un espectro entre las balas, usando dos armas de pulso para limpiar el perímetro.




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