El silencio que siguió al nacimiento del último cachorro fue más aterrador que los truenos que sacudían los cimientos del hospital de especialidades de la manada Erebus Black Pack. La tecnología del quirófano, que había estado titilando de forma frenética por la inmensa carga electromagnética de los neófitos Enigma, finalmente colapsó. La tormenta exterior arreciaba con tal violencia que un rayo masivo había impactado la subestación del complejo, sumiendo la sala de partos en una oscuridad gótica y absoluta.
En la penumbra, iluminada únicamente por las luces de emergencia rojas de los generadores auxiliares, el tercer lobezno no emitió sonido alguno.
Sauron Ouroboros sintió cómo el mundo se desmoronaba bajo sus botas sastre. Al mirar el rostro pálido del doctor Zelma, el Alto Vampiro de cabello plateado que sostenía el pequeño cuerpo inmóvil, lo entendió de inmediato. El menor de la camada, el cachorro que venía marcado con una hermosa línea blanca en forma de rayo sobre su diminuto pecho negro, no respiraba. El veneno tecno-mágico con el que los mercenarios habían infundido el vientre de Dabria había cobrado su precio en el espécimen más frágil.
—Dámelo... —el grito de Tessa desgarró la densa atmósfera cargada de ozono de la sala. Su voz, ronca y extenuada por la pérdida masiva de sangre, poseía una fuerza de leona que silenció el quirófano—. ¡Doctor Zelma, deme a mi bebé! ¡Démelo ahora!
Samael, el lobo colosal en la mente de Sauron, se quedó completamente quieto, conteniendo el aliento. El Alfa Enigma miró a su Luna y, con un leve pero firme asentimiento de cabeza, le dio la orden al médico vampiro para que cediera.
Zelma depositó con extrema delicadeza al cachorro inerte sobre el pecho desnudo de Tessa. La chica transmigrada, la huérfana que en su vida pasada solo había conocido la frialdad de las sábanas de un hospital y la soledad más absoluta, sintió que un hilo de fuego le recorría el alma. Ella no era la Dabria original que repudiaba este linaje; ella amaba a estos niños con la desesperación de quien por fin ha encontrado su hogar en el universo.
Envolvió al pequeño lobezno con sus brazos heridos, ignorando el dolor del pulmón perforado por la bala del francotirador, y pegó su rostro al pelaje húmedo del cachorro.
—Tranquilo, mi amor... estás a salvo —le susurró con una ternura gótica tan pura que pareció alterar la estática del aire—. Mami está aquí. Mamá te protege. Yo siempre, siempre voy a protegerlos... Te amo, mi cielo. Te amo.
Depositó un beso suave justo sobre la mancha en forma de rayo blanco de su pechito y lo estrechó contra ella.
Entonces, en medio de ese silencio tan siniestro y pesado, ocurrió el primer milagro. Un suave, agudo y tembloroso chillido rompió la quietud. El pequeño estiró las patitas, buscando instintivamente el calor del cuerpo de su madre mientras el hocico se le pegaba a la piel. Había revivido. El amor incondicional de la nueva Dabria había canalizado la energía mística suficiente para purgar el rastro de la toxina en el neófito.
Pero el precio biológico fue devastador. En el segundo exacto en que el cachorro se movió, las fuerzas de Tessa se extinguieron por completo. Los brazos ensangrentados le cayeron inmóviles a los costados de la camilla. El pulso se le desvaneció.
Un aullido de pura desolación animal, sordo y desgarrador, escapó de la garganta de Sauron. El sonido hizo vibrar los vidrios reforzados del quirófano. Samael rugía en su cabeza, enloquecido por la idea de perder a su mate justo en el instante en que sus tres cachorros estaban a salvo.
—¡Sauron, muerde tus muñecas ahora! —ordenó Zelma con urgencia médica, retirando al cachorro del pecho de la madre para ponerlo a salvo con las enfermeras—. ¡Dale tu sangre o la perderemos para siempre! ¡Hazlo ya!
El Alfa Enigma no dudó. Clavó los colmillos biológicamente reforzados en sus propias muñecas tatuadas, rompiendo la piel con tal fuerza que la preciosa, mística y dorada sangre de los Enigmas comenzó a brotar en hilos perfectos. Se inclinó sobre Tessa y unió sus labios a los de ella, obligando a su organismo humano a absorber el fluido sagrado de su linaje.
Dabria no reaccionaba. El rostro se le cubría de sudor frío y los ojos cafés claros permanecían cerrados. Zelma continuaba monitoreando el monitor cardíaco auxiliar, que emitía una línea plana horizontal. Dos minutos pasaron. Tres minutos. El tiempo, en el bajo mundo, parecía haberse congelado en una agonía eterna.
—Un poco más... responde, Luna... —murmuraba el vampiro, inyectando hormonas curativas en los supresores.
Y ahí comenzó el segundo milagro. Un latido sordo y lejano resonó en el pecho de la mujer. Luego un segundo. Luego otro, y otro más, hasta que el ritmo cardíaco se estabilizó en un compás lento pero firme. Ante los ojos asombrados del personal médico, las heridas del hombro y el pulmón perforado comenzaron a cerrarse y regenerarse de forma interna, muy lentamente. La biología de Tessa estaba experimentando la Adaptación Física Exclusiva; su ADN humano absorbía la vitalidad compartida y la regeneración celular divina del Enigma.
Sauron vio cómo el pecho de su pareja predestinada subía y bajaba con regularidad. En ese preciso instante místico, el lazo espiritual se completó de forma absoluta. En la nuca de Tessa, justo debajo del corte pixie, la saliva mágica del Enigma y la transmutación de la sangre dorada hicieron nacer un tatuaje natural: la Marca del Eclipse, que brilló con un fulgor dorado incandescente antes de asentarse bajo su piel como el sello eterno de que pertenecía al ser más poderoso del mundo.
Samael quedó al borde del colapso mental dentro de su psique. Ninguna guerra de la mafia, ninguna junta corporativa de Ouros Corp. se comparaba con el terror de haber estado a milímetros de ver morir a su otra mitad.
Impulsado por un instinto primitivo de victoria, orgullo y posesión absoluta, Sauron levantó el rostro y liberó su Voz de Mando Suprema a nivel global.
No fue un grito; fue una onda expansiva de presión espiritual y feromonas de Oud Negro y ozono que viajó por el aire de Ender, cruzando las fronteras del continente de Axia. En los bosques aledaños, en las oficinas de la corporación y en las calles de la metrópolis, cada cambiaformas sintió un escalofrío biológico recorrerle la columna vertebral. El libre albedrío de los Alfas dominantes se quebró; involuntariamente, miles de lobos cayeron de rodillas o se transformaron en sus formas animales, subiendo a los rascacielos y a las colinas para desatar un aullido monumental y unísono que hizo retumbar las montañas nevadas. El Rey del Bajo Mundo estaba anunciando que sus tres herederos Enigma estaban vivos, y su Luna, reclamada.
Fue gracias a ese imponente aviso que, a cientos de kilómetros, los padres de Sauron, el viejo patriarca Vikander Ouroboros y la dulce matriarca Vespera, se enteraron del milagro. Al igual que sus aliados, conocidos, y un enemigo silencioso que apretó los puños desde su despacho de diseñador: su primo Aethelgard Ouroboros, cuyo lobo Belial se encogió de pavor instintivo ante el eco de la Voz Suprema.
Horas más tarde, la tormenta de Ender comenzó a amainar, dejando tras de sí un aire frío y limpio.
Dabria fue trasladada a una suite médica de lujo en los pisos superiores del hospital, resguardada por perímetros de seguridad que harían palidecer a un ejército. Afuera de la habitación, el Beta Valkian, con su impecable porte y su aroma a menta gélida, el Gamma Killian, con el uniforme táctico aún manchado de la pólvora de la batalla, y un grupo de guardias de élite montaban guardia como gárgolas de hierro. Habían vivido junto a su Alfa la sorpresa, el dolor y los milagros de esa noche.
Sauron permanecía de pie junto a la cuna triple de madera oscura donde el primogénito, negro azabache y de ojos carmesí; el segundo, con sus perfectas manchas blancas en forma de alas góticas; y el pequeño del rayo, dormían profundamente, emitiendo pequeños soplidos.
La puerta de la suite se abrió sutilmente. Sullivan entró con pasos ágiles, ajustándose las gafas corporativas. El asistente híbrido zorro/lobo lucía inusualmente inquieto, los ojos color ámbar brillante fijos en la tablet digital que sostenía contra su pecho. Le había tomado un profundo respeto a Dabria, y lo que traía en las manos le revolvía el estómago.
—Alfa... —murmuró, bajando la voz para no alterar el nido de feromonas de la habitación—. Los comandos de Killian terminaron de limpiar el edificio del helipuerto. Logré rescatar los servidores locales de los pasajes antiguos antes de que los traidores activaran el borrado térmico. Encontré esto: son los videos del cautiverio de la Luna.
Valkian y Killian entraron silenciosamente a la habitación al escuchar al híbrido. Sauron tomó la tableta con sus manos cubiertas de tatuajes oscuros y presionó play.
El silencio en la suite médica se volvió sepulcral. Las imágenes digitales mostraban la crudeza más absoluta del bajo mundo: a Dabria siendo golpeada por los mercenarios encapuchados, encadenada a los cuatro grilletes sobre la piedra fría, soportando las agujas del veneno tecno-mágico mientras su cuerpo humano se desgastaba día tras día. Las torturas eran tan despiadadas, tan explícitas en su crueldad, que incluso Killian y Valkian tuvieron que desviar la mirada, apretando las quijadas y los puños hasta hacerse daño por la rabia contenida. Era un milagro absoluto que el alma dentro de ese cuerpo hubiera resistido semejante infierno sin rendirse.
Sauron sintió que la tinta de sus antebrazos —las bandas de conquista— palpitaba con un brillo carmesí peligroso debido a la furia de Samael. El rostro se le tornó de piedra.
—¿Quiénes eran? —preguntó, la voz bajando a una frecuencia tan ronca y gélida que congeló el ambiente—. ¿Cómo entraron a mis túneles ancestrales sin que Ouros Corp. lo detectara? ¡¿Quién financió este ataque?!
—Aún no hay registros de los nombres de los comandantes, Alfa —respondió Sullivan, tragando saliva con dificultad—. El equipamiento táctico pertenece a una facción de mercenarios de élite escurridiza en el mercado negro. Los rastreos financieros muestran que el dinero se movió a través de una telaraña de cuentas fantasma... pero todas se originan dentro de nuestra propia manada. Hay un traidor de alto rango patrocinándolos desde las sombras, pero borró sus huellas a la perfección antes de que entráramos.
Sauron apagó la pantalla de la tableta y la dejó sobre la mesa de noche. Sus ojos gris tormenta se clavaron en la cama de hospital.
—Nadie busca pruebas —siseó—. Busquen cuerpos. Killian, mantén a la guardia en alerta máxima. Sullivan, duplica la seguridad en el ático de Ender; no quiero que Madison o la abuela corran peligro. Yo no me moveré de aquí.
Durante los tres días siguientes, el Rey del Bajo Mundo se convirtió en la viva imagen de la sobreprotección letal. Sauron no se quitó el traje negro obsidiana, no se afeitó, ni se separó un solo milímetro de la cama de Dabria. Mantenía la habitación saturada con su aroma a Oud Negro y Ron Envejecido, frotando sutilmente las muñecas contra las sábanas para marcar el territorio, avisando a cualquier criatura en un radio de kilómetros que tocar ese nido significaba la exterminación.
La cuarta noche, el silencio de la suite se rompió.
Dabria abrió los ojos de golpe. Su mente transmigrada reaccionó antes que sus músculos; se sentó en la cama de hospital con la respiración entrecortada, el pánico reflejado en sus ojos cafés claros mientras las manos le buscaban desesperadamente el vientre, ahora plano y vendado.
—¿Dónde están? —exclamó al borde de las lágrimas, la voz ronca rompiendo la penumbra—. ¡¿Dónde están mis bebés?! ¡¿Están todos bien?!
En la esquina más oscura de la lujosa habitación, una silueta colosal de más de dos metros se movió con una elegancia aristocrática y silenciosa. Sauron Ouroboros dio un paso hacia la luz de la luna que entraba por el ventanal. Su aspecto era imponente pero desaliñado: la barba de días le marcaba la mandíbula simétrica, y sus ojos gris tormenta reflejaban un cansancio sobrehumano.
Al verla tan alterada, el Alfa Enigma simplemente giró el rostro con sutileza, señalando con la mirada hacia la cuna triple que descansaba al lado de la cama, donde los tres lobeznos dormían plácidamente.
Dabria siguió la dirección de su mirada. Al ver las tres pequeñas siluetas de pelaje negro respirando al unísono, el aire regresó a sus pulmones y las lágrimas de alivio le rodaron por las mejillas, pasando sobre sus dos lunares característicos. Se relajó contra la almohada, pero de inmediato volvió a clavar los ojos en el hombre de negro.
—Casi me matas del susto... —susurró, intentando estabilizar el pulso—. ¿Por qué no me hablas? ¿Qué sucede? ¿Tú estás bien?
Sauron se quedó completamente atónito bajo la penumbra. Su mente y sus instintos Enigma estaban experimentando un choque psicológico brutal. Durante los tres meses anteriores, la Dabria original siempre lo había alejado con asco, repudiando su aroma, gritándole que era un monstruo, peleando cada vez que cruzaban palabra. Pero la mujer que tenía enfrente ahora lo miraba con una devoción absoluta, preocupada por su bienestar, buscándolo con la mirada. No sabía cómo reaccionar ante esa sumisión voluntaria y pacífica.
Dabria, al ver que no respondía y fiel a su meta de sanar el corazón de su personaje favorito, intentó apartar las sábanas para levantarse e ir hacia él.
En un parpadeo, haciendo uso de su velocidad licántropa, la masa imponente de Sauron estuvo sobre ella. Colocó las manos tatuadas con suavidad extrema sobre los hombros de la chica, obligándola a recostarse de nuevo en la cama con una firmeza que no admitía discusiones.
—Tranquila... —su voz sonó en esa frecuencia ronca, baja y extremadamente suave que solo usaba con ella, la voz que ninguna otra criatura del bajo mundo tenía el derecho de escuchar—. Ellos están bien. Solo descansa. No tienes que esforzarte... duerme, Luna.
Dabria se dejó guiar por la presión de sus manos, pero no le quitó los ojos de encima. Notó el rastro de sangre seca en sus muñecas por la mordida del parto, la fatiga en sus hombros anchos y el olor a tabaco y whisky fino que se mezclaba con su aroma a tormenta.
—Dios, Sauron... te ves terrible —le dijo con una sonrisa sutil y dulce, estirando una mano débil para intentar acariciar suavemente el borde de su mandíbula afilada—. ¿Hace cuánto que estás despierto? ¿Has comido algo? ¿Te has aseado?
El Alfa Enigma congeló el movimiento del rostro ante el contacto de los dedos de Dabria en su piel. El lobo Samael soltó un quejido manso en su interior, adicto instantáneamente a las caricias de su hembra predestinada. El hombre que controlaba los hilos financieros de Axia se sentía completamente desarmado en esa suite médica. Con un movimiento lento, le tomó la mano y la ayudó a acomodarse bajo las mantas, reteniendo sus dedos entre los suyos con una posesividad protectora.
—¿Te irás de nuevo? —preguntó Dabria con los párpados comenzando a pesarle por el efecto de los analgésicos de Zelma, mirándolo con fijeza—. ¿Estarás aquí cuando despierte...?
Sauron Ouroboros apretó sutilmente su agarre, inclinándose sobre ella para que su aroma a Oud Negro la envolviera por completo en el nido, sellando su promesa ante la Diosa Luna.
—Definitivamente —respondió.
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Editado: 31.07.2026