Usurpadora predestinada

Capítulo 5 El Eco de la Sangre Dorada

El silencio que siguió al nacimiento del último cachorro fue más aterrador que los truenos que sacudían los cimientos del hospital de especialidades de la manada Erebus Black Pack. La tecnología del quirófano, que había estado titilando de forma frenética por la inmensa carga electromagnética de los neófitos Enigma, finalmente colapsó. La tormenta exterior arreciaba con tal violencia que un rayo masivo había impactado la subestación del complejo, sumiendo la sala de partos en una oscuridad gótica y absoluta.

En la penumbra, iluminada únicamente por las luces de emergencia rojas de los generadores auxiliares, el tercer lobezno no emitió sonido alguno.

Sauron Ouroboros sintió cómo el mundo se desmoronaba bajo sus botas sastre. Al mirar el rostro pálido del doctor Zelma, el Alto Vampiro de cabello plateado que sostenía el pequeño cuerpo inmóvil, lo entendió de inmediato. El menor de la camada, el cachorro que venía marcado con una hermosa línea blanca en forma de rayo sobre su diminuto pecho negro, no respiraba. El veneno tecno-mágico con el que los mercenarios habían infundido el vientre de Dabria había cobrado su precio en el espécimen más frágil.

—Dámelo... —el grito de Tessa desgarró la densa atmósfera cargada de ozono de la sala. Su voz, ronca y extenuada por la pérdida masiva de sangre, poseía una fuerza de leona que silenció el quirófano—. ¡Doctor Zelma, deme a mi bebé! ¡Démelo ahora!

Samael, el lobo colosal en la mente de Sauron, se quedó completamente quieto, conteniendo el aliento. El Alfa Enigma miró a su Luna y, con un leve pero firme asentimiento de cabeza, le dio la orden al médico vampiro para que cediera.

Zelma depositó con extrema delicadeza al cachorro inerte sobre el pecho desnudo de Tessa. La chica transmigrada, la huérfana que en su vida pasada solo había conocido la frialdad de las sábanas de un hospital y la soledad más absoluta, sintió que un hilo de fuego le recorría el alma. Ella no era la Dabria original que repudiaba este linaje; ella amaba a estos niños con la desesperación de quien por fin ha encontrado su hogar en el universo.

Envolvió al pequeño lobezno con sus brazos heridos, ignorando el dolor del pulmón perforado por la bala del francotirador, y pegó su rostro al pelaje húmedo del cachorro.

—Tranquilo, mi amor... estás a salvo —le susurró con una ternura gótica tan pura que pareció alterar la estática del aire—. Mami está aquí. Mamá te protege. Yo siempre, siempre voy a protegerlos... Te amo, mi cielo. Te amo.

Depositó un beso suave justo sobre la mancha en forma de rayo blanco de su pechito y lo estrechó contra ella.

Entonces, en medio de ese silencio tan siniestro y pesado, ocurrió el primer milagro. Un suave, agudo y tembloroso chillido rompió la quietud. El pequeño estiró las patitas, buscando instintivamente el calor del cuerpo de su madre mientras el hocico se le pegaba a la piel. Había revivido. El amor incondicional de la nueva Dabria había canalizado la energía mística suficiente para purgar el rastro de la toxina en el neófito.

Pero el precio biológico fue devastador. En el segundo exacto en que el cachorro se movió, las fuerzas de Tessa se extinguieron por completo. Los brazos ensangrentados le cayeron inmóviles a los costados de la camilla. El pulso se le desvaneció.

Un aullido de pura desolación animal, sordo y desgarrador, escapó de la garganta de Sauron. El sonido hizo vibrar los vidrios reforzados del quirófano. Samael rugía en su cabeza, enloquecido por la idea de perder a su mate justo en el instante en que sus tres cachorros estaban a salvo.

—¡Sauron, muerde tus muñecas ahora! —ordenó Zelma con urgencia médica, retirando al cachorro del pecho de la madre para ponerlo a salvo con las enfermeras—. ¡Dale tu sangre o la perderemos para siempre! ¡Hazlo ya!

El Alfa Enigma no dudó. Clavó los colmillos biológicamente reforzados en sus propias muñecas tatuadas, rompiendo la piel con tal fuerza que la preciosa, mística y dorada sangre de los Enigmas comenzó a brotar en hilos perfectos. Se inclinó sobre Tessa y unió sus labios a los de ella, obligando a su organismo humano a absorber el fluido sagrado de su linaje.

Dabria no reaccionaba. El rostro se le cubría de sudor frío y los ojos cafés claros permanecían cerrados. Zelma continuaba monitoreando el monitor cardíaco auxiliar, que emitía una línea plana horizontal. Dos minutos pasaron. Tres minutos. El tiempo, en el bajo mundo, parecía haberse congelado en una agonía eterna.

—Un poco más... responde, Luna... —murmuraba el vampiro, inyectando hormonas curativas en los supresores.

Y ahí comenzó el segundo milagro. Un latido sordo y lejano resonó en el pecho de la mujer. Luego un segundo. Luego otro, y otro más, hasta que el ritmo cardíaco se estabilizó en un compás lento pero firme. Ante los ojos asombrados del personal médico, las heridas del hombro y el pulmón perforado comenzaron a cerrarse y regenerarse de forma interna, muy lentamente. La biología de Tessa estaba experimentando la Adaptación Física Exclusiva; su ADN humano absorbía la vitalidad compartida y la regeneración celular divina del Enigma.

Sauron vio cómo el pecho de su pareja predestinada subía y bajaba con regularidad. En ese preciso instante místico, el lazo espiritual se completó de forma absoluta. En la nuca de Tessa, justo debajo del corte pixie, la saliva mágica del Enigma y la transmutación de la sangre dorada hicieron nacer un tatuaje natural: la Marca del Eclipse, que brilló con un fulgor dorado incandescente antes de asentarse bajo su piel como el sello eterno de que pertenecía al ser más poderoso del mundo.

Samael quedó al borde del colapso mental dentro de su psique. Ninguna guerra de la mafia, ninguna junta corporativa de Ouros Corp. se comparaba con el terror de haber estado a milímetros de ver morir a su otra mitad.

Impulsado por un instinto primitivo de victoria, orgullo y posesión absoluta, Sauron levantó el rostro y liberó su Voz de Mando Suprema a nivel global.




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