Usurpadora predestinada

Capítulo 6 El Nido y la Corona

El calor de la mañana se filtraba sutilmente por las rendijas de las persianas de la suite médica de lujo, dibujando líneas de luz dorada sobre la cama de hospital. Dabria se sentó de golpe en el colchón, con el corazón golpeándole el pecho y la respiración entrecortada. El pánico de una mente humana la invadió por un segundo, suplicando internamente que todo lo vivido —el quirófano, el apagón, los dolores de parto— no hubiese sido más que un cruel y hermoso sueño.

Giró la cabeza con desesperación hacia la gran cuna de madera oscura colocada al lado de la cama. Al ver el cunero vacío, el alma se le cayó a los pies. Estaba a punto de saltar de la cama, ignorando el dolor de sus heridas, cuando sus ojos cafés claros captaron una silueta imponente recortada contra la ventana.

Sauron Ouroboros estaba de espaldas. Sus hombros, de una anchura descomunal, propios de un hombre de más de dos metros, se balanceaban de un lado a otro con una suavidad rítmica casi hipnótica, arrullando el aire. Al escuchar el jadeo de Dabria, el Alfa Enigma se giró lentamente. Ella soltó una ligera sonrisa y el aire le regresó a los pulmones al ver lo que cargaba: entre sus masivos brazos tatuados, los tres cachorros descansaban apretados, pareciendo tres pequeños e indefensos botones de pelaje negro azabache.

—Es que no quieren tomar el biberón —dijo Sauron, la mirada gris tormenta fija en ella, la voz ronca sonando inusualmente baja para no romper la paz de la habitación—. Y tú necesitas descansar, Dabria.

Ella soltó una pequeña risa que le estiró sutilmente los puntos del hombro, pero no le importó. Miró el contraste entre la bestia de Ouros Corp. y la delicadeza con la que sostenía el nido.

—¿Qué criatura guardaría silencio con el estómago vacío? —respondió, con un tono lleno de una calidez que desarmó al Enigma—. Y más para dormirse...

—Descansa —insistió él, dando un paso corto hacia adelante—. Yo me encargo de ellos.

—Tráemelos —le ordenó Dabria, acomodándose los cojines detrás de la espalda—. Les daré pecho.

Sauron se congeló a mitad del paso. Sus facciones afiladas y aristocráticas se tensaron, y una chispa de sorpresa inmutable le recorrió los ojos. Miró a la humana, luego a los lobeznos, y soltó un murmullo un poco sarcástico, atrapado entre la incredulidad y el instinto protector.

—¿Tú? ¿Tú les darás de tu pecho?

Dabria lo miró de arriba abajo sin ofenderse en lo más mínimo. Al contrario, una chispa de picardía e ingenio le brilló en los ojos cafés, casi burlándose del imponente Rey del Bajo Mundo.

—A menos que tú también estés guardando leche en esos enormes pectorales... sí, tráemelos.

Sauron se quedó completamente en blanco. Jamás en sus cincuenta años de existencia nadie, y mucho menos una humana frágil, le había hablado con semejante audacia ni se había atrevido a jugarle una broma sobre su físico. Su lobo Samael soltó un bufido de orgullo en su mente, encantado por la audacia de su hembra. Sin saber muy bien cómo responder ante esa sumisión voluntaria y juguetona, el Alfa caminó hacia la cama, depositó a los niños con extremo cuidado y presionó el intercomunicador para llamar a una enfermera.

Minutos después, una enfermera de la manada entró trayendo una almohada especial de lactancia, ayudando a acomodar al primer cachorro, el mayor. Dabria sintió un respingo cuando su blusa se abrió, dejando a la vista sus senos grandes, hinchados y doloridos por la retención del fluido místico. Un pensamiento irónico le cruzó la mente: *hace unos días el dolor era por ser torturada en una cueva... y ahora es por tener los pechos repletos de leche.*

El primogénito, guiado por un instinto salvaje y el hambre voraz que había estado aguantando desde el quirófano, reconoció el aroma a grosellas góticas y se puso en marcha. Se prendió al pecho con una energía que le hizo hacer un leve gesto de dolor. Era una sensación extraña, completamente irreal para una chica que en su vida anterior nunca se vio con otra oportunidad, con otra vida, y mucho menos amamantando a tres lobeznos Enigma.

Enseguida, Sauron le pasó al segundo cachorro. El lobezno de las alitas góticas en la espalda olió la leche y se movió directamente a mamar, sujetando el pecho con sus pequeñas garras como si alguien más quisiera alejarlo de su fuente de comida. Era una escena divertida de ver: los dos hermanos estiraban las patitas delanteras contra la piel de Dabria, masajeándola rítmicamente como si con eso forzaran a salir más leche.

El mayor terminó más que satisfecho; la leche blanca le chorreaba por las comisuras del hociquito, eructó un par de pequeñas bombas de leche y se quedó profundamente dormido, con las patitas flojas. Sauron tomó al primero y le entregó al más pequeño de la camada, el del rayo blanco en el pecho. El menor se prendió al seno como si no hubiera un mañana, mamando con una fuerza mística impresionante, devorando hasta la última gota que sus hermanos mayores le habían dejado.

Mientras tanto, Sauron y Samael observaban la escena completamente embelesados, sumidos en un silencio sagrado, rebosantes de un orgullo y una felicidad que les entibiaba el pecho.

Dabria alzó la vista del cunero improvisado y detalló el rostro de Sauron. El gélido CEO lucía desaliñado, con la barba de días crecida y las ojeras más marcadas de lo normal, la ropa sucia por el ajetreo del rescate.

—Sauron... ¿hace cuánto que no te das una ducha? —preguntó ella con suavidad—. ¿No te gustaría...?

*¡Bum!*

La puerta de la suite médica se abrió de un golpe seco, interrumpiendo sus palabras. Por el umbral irrumpió un hombre de porte imponente, cabello canoso y unos ojos grises inyectados en sangre que destilaban una seriedad fulminante. El hombre caminó con zancadas militares directamente hacia Sauron, lo sujetó con firmeza por el cuello de la camisa y comenzó a zangolotearlo de un lado a otro como si el Rey del Bajo Mundo fuera un simple muñeco de trapo.




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