Usurpadora predestinada

Capítulo 7 La Reverencia del Mounstro

Esa misma tarde, cuando las visitas se retiraron y el hospital recuperó su rigidez de fortaleza, la suite quedó en una penumbra pacífica. Llegó la hora de la segunda toma de leche para los pequeños.
Sauron permanecía de pie a un lado de la cama. Al ver a Dabria acomodarse la blusa y exponer la piel de sus senos para alimentar a los niños, el Alfa sintió que una oleada de envidia irracional y posesiva le recorría las venas. El hombre que jamás pedía permiso, el tirano que simplemente tomaba lo que quería por derecho de fuerza, se sentía completamente paralizado. El trauma del rechazo de la Dabria original y el miedo a asustar a esta nueva versión de su mate lo tenían en un conflicto interno agónico. Quería tocarla, quería estar pegado a ella, pero no sabía cómo pedir afecto sin parecer un monstruo.
Dabria alzó la mirada de los lobeznos y captó la fijeza de sus ojos gris tormenta, soltando una bomba directa a su orgullo corporativo.
—¿Qué sucede, Sauron? —preguntó con una sonrisa tranquila y divertida—. ¿Acaso quieres ser candidato de calidad láctea? Corre, que solo será por el bien de nuestros cachorros.
«¡Sí! ¡Dile que sí, idiota!», rugió Samael en la cabeza del Alfa, dándose de topes contra las paredes de su mente.
Sauron, manteniendo su rostro estoico e inexpresivo por pura fuerza de voluntad, giró la mirada drásticamente hacia el ventanal y soltó un largo suspiro. Sin embargo, su biología Enigma lo traicionó por completo: la piel de sus mejillas y hasta la punta de sus orejas se tiñeron de un rojo incandescente por la flagrante provocación de su pareja predestinada.
Se levantó lentamente de su asiento para no hacer ruido. Ya era casi la medianoche. Los tres cachorros, exhaustos y con las pancitas llenas, dormían uno encima del otro en el cunero de madera. Sauron los acomodó con dedos milimétricos y se percató de que Dabria seguía con los ojos cafés claros abiertos en la cama, mirándolo en la penumbra.
—¿No puedes dormir? —preguntó.
—¿Puedes quedarte a mi lado? —le pidió ella.
Sauron se quedó completamente tieso en medio de la suite. Sus instintos territoriales se dispararon, pero su analfabetismo emocional lo hizo dudar. Caminó hacia el gran sillón sastre y lo arrastró a un lado del colchón.
—No iré a ningún lado —respondió, sentándose en el borde del mueble.
—No... ahí no —replicó Dabria. Con un movimiento suave, abrió la colcha de la cama de hospital, dejando un espacio libre detrás de su espalda—. Por favor... quédate aquí conmigo. A mi lado.
Sauron iba a responder que no era una buena idea médica, que sus feromonas de Enigma podían ser sofocantes para su recuperación, o que podía lastimar sus vendajes. Pero la mirada de Dabria no le dejó margen para el "no". Rindiéndose ante su ancla espiritual, el colosal hombre de negro se deslizó con extremo cuidado en la cama.
En cuanto su cuerpo de más de dos metros ocupó el espacio, Dabria se movió. Usó el musculoso brazo tatuado de Sauron como almohada y enterró el rostro rizado directamente en el centro de su enorme pecho. Pasó su propio brazo desvalido alrededor de la espalda del Alfa en un abrazo apretado, hundiéndose en ese aroma a madera de Oud, ron y ozono que antes asfixiaba a la original.
—Sí... esto es todo lo que necesito para sentirme segura —susurró contra su pecho, la voz arrullada por el latido del corazón del Enigma—. Tus brazos y este aroma que me vuelve loca...
Sauron no supo qué hacer ante tanta entrega. El choque entre la sorpresa, el amor absoluto y la agonía de la culpa lo mantuvo inmóvil por unos minutos. Pero al sentir el calor de su Luna y el ritmo pausado de su respiración contra su piel, la tensión de sus músculos se disipó. El hombre del insomnio crónico cerró los ojos y, por primera vez en semanas, se quedó profundamente dormido, arrullado por el aroma a grosellas.
A la mañana siguiente, el sol despertó a Sauron. Sus instintos de depredador reaccionaron de inmediato y, al palpar el colchón vacío a su lado, se incorporó de golpe, los ojos inyectados en alerta.
Lo que vio al pie de la ventana lo dejó completamente shockeado. Dabria estaba de pie, descalza sobre la alfombra de lujo de la suite. Cargaba a los tres lobeznos apretados contra el pecho al mismo tiempo, paseando de un lado a otro mientras les cantaba una suave melodía con una voz dulce. Su rostro denotaba el cansancio y el dolor físico de las heridas, pero lucía genuinamente feliz, el cabello corto y rizado enmarañado por el sueño, haciéndola ver hermosa ante los ojos del Enigma.
Sauron se levantó de la cama sin hacer el más mínimo ruido. Avanzó como una sombra y se posicionó justo detrás de ella, envolviendo su pequeña silueta con su imponente cuerpo. Inclinó la cabeza y depositó un beso posesivo y ronco directamente en su cuello, justo sobre la zona donde la Marca del Eclipse dorado palpitaba bajo la piel, recordándole al mundo que era suya y de nadie más.
—¿Qué haces de pie? —le murmuró al oído, con un tono cargado de un celo protector letal—. Necesitas descansar, sigues débil de la cirugía. Dame a los niños... yo lo haré.
La miraba demasiado delgada, demasiado frágil tras el cautiverio; sentía que hasta una corriente de aire frío de la tormenta podía dañarla.
—Oye... el que necesita descanso eres tú —replicó Dabria, girando sutilmente la cabeza sin soltar a los bebés—. Estoy mejor, Sauron. Tengo que irme acoplando a esto... ellos me van a exigir mucho más conforme crezcan, no puedo pasarme la vida metida en una cama.
Sauron no aceptó la réplica. Pasó las manos gigantescas por la cintura de ella desde atrás y, con una facilidad pasmosa, la levantó en vilo del suelo, cargando a Dabria junto con los tres cachorros al mismo tiempo, como si estuviera levantando una simple e insignificante taza de café matutino. Caminó los dos pasos hacia el colchón y la depositó con suavidad sobre las sábanas.
—Contigo no se puede, Sauron... necesito moverme —protestó ella con un puchero, aunque no borró la sonrisa de sus labios.
El Alfa no respondió. Se inclinó sobre su nuca, hundiéndose por completo en el olor de su marca del eclipse dorado, absorbiendo su aroma antes de soltarla. Besó la piel de forma inconsciente por el puro instinto de posesión, y al percatarse de su intensidad, se separó sutilmente y aclaró la garganta.
—Disculpa... —murmuró el gélido CEO, intentando recuperar su postura rígida.
Antes de que Dabria pudiera decirle algo para calmarlo, un suave y firme golpe resonó en la madera de la entrada.
¡Toc, toc!
La puerta se abrió y Sullivan entró a la suite médica. Traía una carpeta de piel bajo el brazo y sus lentes corporativos limpios, pero se detuvo en seco en el umbral, los ojos almendrados de color ámbar brillante abiertos de par en par por el shock. Se acomodó las gafas, completamente sorprendido de ver a la humana de pie, cargando a los niños y sonriendo, en lugar de estar al borde de un colapso físico o mental tras haber dado a luz a tres neófitos Enigma siendo una civil.
—¿Sucede algo, Sullivan? —la voz de Sauron cortó su sorpresa, regresando instantáneamente a su tono gélido, estoico e implacable de CEO de Ouros Corp.
Sullivan se cuadró de inmediato, sacudiéndose los pensamientos de la cabeza y recuperando su postura ejecutiva.
—Señor... lamento interrumpir el nido —dijo el asistente con respeto—. Traje los informes analíticos y los reportes financieros tanto de la seguridad de la manada como de las transacciones de la corporación. Y sobre la...
—Entiendo —interrumpió Sauron, levantando una mano enguantada para cortarle la frase antes de que perturbara la paz de su hembra—. Los veré más tarde en la sala de juntas del hospital. Retírate.
—Sí, señor —asintió Sullivan, dando un paso atrás. Sin embargo, se detuvo y miró la carpeta antes de agregar—: Ah, por cierto, Alfa... la familia de la señora Dess está afuera en la sala de espera principal. Quieren pasar a visitarla. ¿Las traigo aquí?
El ambiente de la suite médica se congeló en un milisegundo.
Sauron giró el rostro muy despacio hacia su asistente. Sus ojos gris tormenta se tornaron de un color negro profundo y gélido, desatando una presión espiritual tan pesada en la habitación que las persianas parecieron vibrar. Fue una mirada tan letal, tan cargada del elitismo y la territorialidad del Enigma, que a Sullivan se le olvidó por completo el aire en los pulmones y que la misma Luna estaba presente en la cama.
—¿Cómo la llamaste? —siseó Sauron, la voz bajando a una frecuencia gutural que hizo que Sullivan bajara la cabeza por puro instinto biológico de sumisión—. Ella no es una civil desamparada, Sullivan. Ella es tu Luna. Mi mate. Y la madre de mis tres hijos. No te atrevas a nombrarla en esta manada como si estuviese sola en el mundo.
El asistente sintió un sudor frío correrle por la nuca cobriza. El recordatorio de la jerarquía absoluta del Enigma lo golpeó de frente.
—Perdóneme, Alfa... —logró decir con la voz firme pero sumisa, inclinando el torso—. Nunca fue mi intención faltarle al respeto a nuestra Luna. Fue la costumbre del papeleo legal humano de la corporación.
—No es conmigo con quién deberías disculparte —sentenció Sauron, cruzándose de brazos en una postura aristocrática y distante que infundía pánico—. Ya hablaremos de tu desempeño más tarde en la oficina. Retírate de mi vista.
—Sí, Alfa —respondió Sullivan, girándose de inmediato hacia la cama con un respeto reverencial y sincero—. Luna... mil perdones por mi insolencia. Le aseguro que no volverá a suceder de nuevo en este imperio. Con su permiso.
Dabria observó al asistente salir a paso rápido de la suite, cerrando la puerta con cuidado. Se quedó mirando a Sauron, procesando la escena. Acababa de presenciar al monstruo despiadado del bajo mundo, al villano de su novela favorita que no perdonaba un solo error político... pero ese mismo monstruo acababa de arrodillar el orgullo de su mejor analista solo para exigir que el mundo entero la tratara con la reverencia de una reina.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.