Esa misma tarde, cuando las visitas se retiraron y el hospital recuperó su rigidez de fortaleza, la suite quedó en una penumbra pacífica. Llegó la hora de la segunda toma de leche para los pequeños.
Sauron permanecía de pie a un lado de la cama. Al ver a Dabria acomodarse la blusa y exponer la piel de sus senos para alimentar a los niños, el Alfa sintió que una oleada de envidia irracional y posesiva le recorría las venas. El hombre que jamás pedía permiso, el tirano que simplemente tomaba lo que quería por derecho de fuerza, se sentía completamente paralizado. El trauma del rechazo de la Dabria original y el miedo a asustar a esta nueva versión de su mate lo tenían en un conflicto interno agónico. Quería tocarla, quería estar pegado a ella, pero no sabía cómo pedir afecto sin parecer un monstruo.
Dabria alzó la mirada de los lobeznos y captó la fijeza de sus ojos gris tormenta, soltando una bomba directa a su orgullo corporativo.
—¿Qué sucede, Sauron? —preguntó con una sonrisa tranquila y divertida—. ¿Acaso quieres ser candidato de calidad láctea? Corre, que solo será por el bien de nuestros cachorros.
*«¡Sí! ¡Dile que sí, idiota!»*, rugió Samael en la cabeza del Alfa, dándose de topes contra las paredes de su mente.
Sauron, manteniendo su rostro estoico e inexpresivo por pura fuerza de voluntad, giró la mirada drásticamente hacia el ventanal y soltó un largo suspiro. Sin embargo, su biología Enigma lo traicionó por completo: la piel de sus mejillas y hasta la punta de sus orejas se tiñeron de un rojo incandescente por la flagrante provocación de su pareja predestinada.
Se levantó lentamente de su asiento para no hacer ruido. Ya era casi la medianoche. Los tres cachorros, exhaustos y con las pancitas llenas, dormían uno encima del otro en el cunero de madera. Sauron los acomodó con dedos milimétricos y se percató de que Dabria seguía con los ojos cafés claros abiertos en la cama, mirándolo en la penumbra.
—¿No puedes dormir? —preguntó.
—¿Puedes quedarte a mi lado? —le pidió ella.
Sauron se quedó completamente tieso en medio de la suite. Sus instintos territoriales se dispararon, pero su analfabetismo emocional lo hizo dudar. Caminó hacia el gran sillón sastre y lo arrastró a un lado del colchón.
—No iré a ningún lado —respondió, sentándose en el borde del mueble.
—No... ahí no —replicó Dabria. Con un movimiento suave, abrió la colcha de la cama de hospital, dejando un espacio libre detrás de su espalda—. Por favor... quédate aquí conmigo. A mi lado.
Sauron iba a responder que no era una buena idea médica, que sus feromonas de Enigma podían ser sofocantes para su recuperación, o que podía lastimar sus vendajes. Pero la mirada de Dabria no le dejó margen para el "no". Rindiéndose ante su ancla espiritual, el colosal hombre de negro se deslizó con extremo cuidado en la cama.
En cuanto su cuerpo de más de dos metros ocupó el espacio, Dabria se movió. Usó el musculoso brazo tatuado de Sauron como almohada y enterró el rostro rizado directamente en el centro de su enorme pecho. Pasó su propio brazo desvalido alrededor de la espalda del Alfa en un abrazo apretado, hundiéndose en ese aroma a madera de Oud, ron y ozono que antes asfixiaba a la original.
—Sí... esto es todo lo que necesito para sentirme segura —susurró contra su pecho, la voz arrullada por el latido del corazón del Enigma—. Tus brazos y este aroma que me vuelve loca...
Sauron no supo qué hacer ante tanta entrega. El choque entre la sorpresa, el amor absoluto y la agonía de la culpa lo mantuvo inmóvil por unos minutos. Pero al sentir el calor de su Luna y el ritmo pausado de su respiración contra su piel, la tensión de sus músculos se disipó. El hombre del insomnio crónico cerró los ojos y, por primera vez en semanas, se quedó profundamente dormido, arrullado por el aroma a grosellas.
A la mañana siguiente, el sol despertó a Sauron. Sus instintos de depredador reaccionaron de inmediato y, al palpar el colchón vacío a su lado, se incorporó de golpe, los ojos inyectados en alerta.
Lo que vio al pie de la ventana lo dejó completamente shockeado. Dabria estaba de pie, descalza sobre la alfombra de lujo de la suite. Cargaba a los tres lobeznos apretados contra el pecho al mismo tiempo, paseando de un lado a otro mientras les cantaba una suave melodía con una voz dulce. Su rostro denotaba el cansancio y el dolor físico de las heridas, pero lucía genuinamente feliz, el cabello corto y rizado enmarañado por el sueño, haciéndola ver hermosa ante los ojos del Enigma.
Sauron se levantó de la cama sin hacer el más mínimo ruido. Avanzó como una sombra y se posicionó justo detrás de ella, envolviendo su pequeña silueta con su imponente cuerpo. Inclinó la cabeza y depositó un beso posesivo y ronco directamente en su cuello, justo sobre la zona donde la Marca del Eclipse dorado palpitaba bajo la piel, recordándole al mundo que era suya y de nadie más.
—¿Qué haces de pie? —le murmuró al oído, con un tono cargado de un celo protector letal—. Necesitas descansar, sigues débil de la cirugía. Dame a los niños... yo lo haré.
La miraba demasiado delgada, demasiado frágil tras el cautiverio; sentía que hasta una corriente de aire frío de la tormenta podía dañarla.
—Oye... el que necesita descanso eres tú —replicó Dabria, girando sutilmente la cabeza sin soltar a los bebés—. Estoy mejor, Sauron. Tengo que irme acoplando a esto... ellos me van a exigir mucho más conforme crezcan, no puedo pasarme la vida metida en una cama.
Sauron no aceptó la réplica. Pasó las manos gigantescas por la cintura de ella desde atrás y, con una facilidad pasmosa, la levantó en vilo del suelo, cargando a Dabria junto con los tres cachorros al mismo tiempo, como si estuviera levantando una simple e insignificante taza de café matutino. Caminó los dos pasos hacia el colchón y la depositó con suavidad sobre las sábanas.
—Contigo no se puede, Sauron... necesito moverme —protestó ella con un puchero, aunque no borró la sonrisa de sus labios.
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Editado: 19.09.2026