El aire dentro de la suite médica de lujo seguía impregnado con el aroma denso de las grosellas negras de Dabria, un perfume que tras la transfusión de la sangre dorada de los Enigmas se había vuelto espeso, maduro y adictivo, como un licor fino envejecido en barricas góticas. La tensión del hospital parecía haberse disipado temporalmente tras la partida de la ruidosa familia Ouroboros, dejando a la pareja en una intimidad que rozaba lo irreal.
Sauron permanecía de pie a un lado de la cuna triple de madera oscura, observando cómo los tres pequeños botones de pelaje negro azabache dormían plácidamente uno encima del otro. Dabria, ahora plenamente asentada en su identidad y en su cuerpo, se acomodó las mantas con un respingo sutil. Al recordar la fría y protectora reacción que el Alfa había tenido minutos antes frente a su asistente, una chispa de picardía se le encendió en los ojos cafés claros.
Se aclaró la garganta, rompiendo el silencio sepulcral, y fijó la mirada en la imponente figura de dos metros de negro impecable que le daba la espalda.
—Entonces... —comenzó, estirando los labios en una sonrisa dulce y ligeramente apenada—, de ahora en adelante, ¿cómo deberían llamarme en este lugar? ¿Señora Dabria... o señora Ouroboros?
Sauron se giró con una lentitud aristocrática. Sus facciones afiladas y simétricas permanecieron serias, pero en el fondo de sus ojos gris tormenta brilló un destello de posesividad territorial absoluta.
—Eres mi pareja predestinada —declaró, la voz bajando a una frecuencia gélida e implacable que exigía sumisión—. Ese es tu derecho biológico y místico. Es un honor para este linaje que seas su Luna, así que cada rango de la manada y cada ejecutivo de Ouros Corp. debe rendirte ese homenaje. Es tu privilegio supremo ser llamada mi...
—¿Y tú? —lo interrumpió Dabria, apoyando la barbilla en su mano herida, mirándolo con un atrevimiento que ningún Alfa común habría osado mostrar—. ¿Tú cómo me llamarás, mmm? ¿Bree... o tal vez cariño?
Sauron se congeló a mitad de la frase. El gélido CEO, el Rey del Bajo Mundo acostumbrado a dictar sentencias de muerte con un parpadeo, se quedó completamente atónito ante el comportamiento de su hembra. Su mente y sus instintos Enigma experimentaban un cortocircuito psicológico brutal; estaba habituado al repudio y los gritos de odio de la Dabria original, así que este juego de seducción lo desarmaba por completo. En su pecho, Samael comenzó a arañar las paredes de su psique, queriendo tomar el control del cuerpo en cualquier momento.
Sauron dio un paso corto hacia la cama, inclinándose sutilmente sobre ella. Liberó una ráfaga controlada de sus feromonas de Oud Negro y Ron Envejecido, intentando recuperar el dominio de la situación, y soltó las palabras con una voz dulce y gutural que sonó peligrosamente seductora:
—Pequeña... mi Luna... bebé.
El Enigma esperó verla encogerse o sonrojarse bajo el peso de su imponente aura, pero Dabria era un alma transmigrada que lo amaba desde su otra realidad. Ella no retrocedió. Al contrario, le devolvió la coquetería multiplicada por diez, clavando los ojos cafés directamente en los de él.
—Yo te llamaría de formas diferentes según la ocasión —siseó, disfrutando de ver cómo las defensas del monstruo se agrietaban—. Te llamaré Sauron en momentos serios, en el día a día de la corporación. Te llamaré cariño en los momentos en que tú me necesites... Te llamaré mi amor cuando yo sea la que te necesite a ti. Y te llamaré mi Alfa exclusivamente para los momentos sociales frente a la manada.
El colapso emocional de Sauron Ouroboros fue instantáneo. El hombre de los cincuenta años de soberanía absoluta no supo dónde meter la cara; el calor de la provocación le subió por el cuello tatuado hasta teñirle la punta de las orejas de un rojo incandescente. En su mente, Samael se desbordó de una emoción salvaje, dándose de topes contra su cráneo mientras le gritaba enfurecido: «¡Tómala! ¡Tómala ahora, idiota! ¡La quiero! ¿Acaso no entendiste lo que nos está diciendo?!».
El momento, tan emotivo y cargado de tensión, se vio interrumpido por un golpe firme en la madera de la puerta.
¡Toc, toc!
Sauron recuperó su postura rígida en un milisegundo, apartándose de la cama mientras el aire a ozono de la habitación vibraba. Su teléfono celular, la línea de alta seguridad configurada para el nido, vibró en el bolsillo de su traje negro obsidiana.
—Adelante —ordenó con su voz habitual de trueno militar.
La puerta se abrió con elegancia y el impecable Mayordomo Imperial, Arthur Walker, entró a la suite médica con su postura aristocrática perfecta. Detrás de él, escoltaba con suma delicadeza a la abuela de Dabria, sentada en una silla de ruedas de Ouros Corp., de la mano de la pequeña Madison, de diez años.
Al ver a su tía a salvo en la camilla tras el horror del asalto y las semanas de desaparición, Madison soltó la mano del mayordomo y corrió a través de la alfombra de lujo, estallando en lágrimas de pura felicidad mientras se refugiaba en los brazos débiles de Dabria.
—¡Tía! ¡Creí que te habían matado! —sollozaba la niña, escondiendo el rostro en su cuello, entre los rizos del pixie.
Dabria la abrazó con fuerza, acariciándole el cabello, mientras sus ojos se cruzaban con los de la abuela. La anciana se había quedado completamente helada, los ojos abiertos de par en par, mirando el monumental nido de mantas y seda donde los tres pequeños lobeznos negros dormían plácidamente. La confusión y el miedo humano flotaban en el aire.
Sauron se enderezó educadamente, dio un paso hacia atrás para darles espacio y se inclinó sutilmente hacia Dabria.
—Tengo que atender esto en la sala de juntas. Enseguida vuelvo —le murmuró con su frecuencia ronca, usando el enlace mental de la manada para darle una instrucción directa al mayordomo—. Arthur, quédate con ellas. Perímetro absoluto.
Arthur solo asintió con la cabeza, deslizando las manos cerca de las dagas de plata ocultas en sus mangas sastre. Sauron depositó un beso suave y posesivo en la coronilla de la cabeza de Dabria y se retiró de la suite, cerrando las compuertas de titanio detrás de él.
Dentro de la habitación, Dabria tomó las manos temblorosas de la abuela, atrayendo su silla de ruedas hacia el borde del colchón. Con una paciencia infinita y una voz dulce que calmó el llanto de Madison, comenzó a revelarle el gran secreto del bajo mundo sobrenatural. Les explicó con detalle que Sauron no era un humano común, sino un Alfa Enigma, el Rey Supremo de una especie oculta de cambiaformas licántropos, y que debido a la poderosa e inevitable magia de su linaje de sangre pura, sus tres herederos habían nacido directamente en su forma animal para demostrar su fuerza.
—No tienen nada que temer, abuela... Madi, mírame —les aseguró con una sonrisa de hierro que denotaba su fortaleza—. Sauron es mi pareja predestinada. El universo nos unió. Él nos ha construido una hermosa villa médica, ultra protegida y lujosa, justo en los límites internos del bosque de la ciudadela de Erebus Black Pack. Vivirán allí, con todas sus necesidades médicas cubiertas por la corporación, seguras, con sirvientes y muy cerca de mí. En cuanto los trillizos crezcan un poco en este mes y aprendan a tomar su forma humana, podrán cargarlos en sus brazos como a cualquier bebé normal.
La abuela miró el nido de los cachorros, luego miró la puerta por donde el gigante de dos metros había salido, recordando el respeto reverencial con el que ese temible monstruo trataba a su nieta, y asintió con lágrimas de agradecimiento, aceptando su nuevo hogar bajo el Escudo del Enigma.
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Editado: 31.07.2026