Cuando las puertas de titanio de la suite médica se cerraron a su espalda, el silencio regresó al nido. Sauron avanzó hacia el cunero triple y constató que Stolas, Silas y Sion dormían plácidamente hechos un ovillo, oliendo a la leche con la que se habían saciado horas atrás. Sin embargo, la cama de hospital estaba vacía.
El lobo Samael levantó las orejas en su mente, olfateando el aire húmedo. *«Está en el baño»*, siseó la bestia.
A través de la puerta entreabierta del cuarto de baño de mármol, se escuchó el rutilante sonido del agua cayendo y un leve ruido de un frasco de cristal moviéndose. Sauron avanzó como una sombra y empujó la puerta por completo.
Lo que vio congeló el aire en sus pulmones.
Dabria estaba completamente desnuda dentro de la cabina de ducha de cristal templado, dándole la espalda. Para el Enigma, la visión fue un impacto estético y místico asombroso; contemplar su silueta mojada y jabonosa bajo el agua, con los rizos negros azabache humedecidos cayendo desordenados por su rostro, era la estampa de una belleza irreal. La piel se le veía tersa, perfecta, purgada de la suciedad de la cueva por los milagros de la sangre dorada. El espacio estaba sobresaturado con su aroma exclusivo a grosellas negras góticas y jugosas, que al unirse con las feromonas de Oud Negro que Sauron traía en la piel, creaba un licor embriagador capaz de enturbiar la razón de cualquier depredador.
La mirada gris tormenta del Enigma la recorrió muy lentamente, de arriba a abajo, memorizando cada curva de su hembra reclamada. Involuntariamente, su biología reaccionó con una fuerza salvaje: sintió cómo su entrepierna comenzaba a abultarse de forma descomunal bajo los pantalones sastre, tensando la tela negra por el puro deseo acumulado de Samael.
Dabria, sintiendo la densa y pesada presión espiritual del Enigma a su espalda, cerró la llave de la ducha de golpe. Giró sutilmente el rostro rizado hacia él y le soltó una bomba atómica con una sonrisa llena de una seguridad coqueta desarmante.
—¿Te gusta lo que ves, Sauron? —preguntó, barriendo su porte desaliñado con los ojos cafés—. Puedes acompañarme aquí adentro si gustas...
El reto hizo que Samael casi se saliera de la psique del Alfa. La bestia deseaba a su hembra con una desesperación destructiva y comenzó a pelear violentamente con Sauron por el control de los músculos de sus dos metros de altura. Pero el raciocinio del CEO se impuso a duras penas, recordando que ella seguía débil de las cirugías del pulmón. Sauron apretó los puños, intentando desviar los ojos carmesí de su cuerpo mojado.
—Necesitas comer más... —siseó, la voz ronca vibrando por el esfuerzo de contenerse—. Te ves demasiado delgada tras el cautiverio. Casi puedo notar tus huesos a través de la piel. Tienes que regresar a la cama.
Sauron dio media vuelta para intentar salir del baño antes de perder el juicio, pero la intensidad del deseo y los nervios lo hicieron moverse con una torpeza inaudita en un guerrero de su calibre: giró mal el pomo de la puerta de mármol y chocó de lado contra la estructura de madera de un armario de toallas.
Una risa sutil y cantarina escapó de los labios de Dabria ante la cómica escena del temible Rey de la mafia perdiendo la compostura.
—Sauron... cariño —le llamó con una voz que derritió sus defensas—. Si quieres, puedes quedarte a ayudarme a secarme. No necesitas hacer nada más...
Dabria salió de la ducha, completamente desnuda y goteando agua, segura de que el autocontrol de su personaje favorito la protegería de cualquier brusquedad. Se acercó a él por detrás con pasos silenciosos sobre el mármol húmedo.
Sauron sintió la proximidad de su piel tersa y el calor lácteo de su aroma a grosellas rozándole la espalda. Avergonzado de que en todos sus cincuenta años como un seductor aristocrático intocable no supiera cómo actuar frente a las provocaciones de su verdadera pareja predestinada, el Alfa se giró de golpe. Ya no pudo ocultar la furia de su deseo ni la rigidez de su cuerpo, que explotaba por tomarla y reclamarla contra las paredes.
—No creas que no veo tus verdaderas intenciones, pequeña —siseó, los ojos tornándose de un violeta místico peligroso.
Antes de que Dabria pudiera burlarse de nuevo, las manos gigantescas del Enigma se cerraron alrededor de su cintura y, levantándola en vilo con una fuerza descomunal, la subió al borde del lavabo de mármol, sentándola de frente a él. Sauron se encajó entre sus muslos abiertos y se acercó lentamente a sus facciones. Unió sus labios en un beso lento, pausado, atrapando su respiración; mordió sutilmente su labio inferior con sus colmillos licántropos y volvió a besarla con una intensidad y una rapidez que les incendió la sangre a ambos.
Dabria respondió a cada estímulo, perdiéndose en el éxtasis del lazo espiritual definitivo. Metió los dedos entre el cabello negro desaliñado de Sauron, acercándolo más a su rostro, aceptando la invasión de su boca de depredador. El Enigma metió la lengua, jugando con la de ella con una dominancia pura, hasta que el aire del baño pareció evaporarse.
El deseo ya no fue suficiente. Sauron bajó los labios carnívoros por su barbilla y se hundió en su cuello, justo sobre la Marca del Eclipse dorado, que brilló intensamente bajo su saliva mágica. Las manos cubiertas de tatuajes oscuros se movieron hacia el frente, acariciando los senos grandes e hinchados de leche que él tanto se moría por tener cada vez que veía a sus hijos comer en el cunero; los amasó con una delicadeza posesiva que hizo que Dabria soltara un gemido dulce, arqueando la espalda en el lavabo, pidiendo más de su Enigma.
Las palmas de Sauron bajaron por sus caderas, apretando su trasero como si esa anatomía hubiese sido esculpida biológicamente de forma exclusiva para sus enormes manos. Dabria seguía gimiendo de placer, perdiendo la noción del hospital y del libro mientras sentía la dureza del Alfa presionando contra su intimidad húmeda.
#1650 en Fantasía
#322 en Magia
#748 en Personajes sobrenaturales
sobrenatural magia fantasia, romance 18 adolescente, magia brujas lobos alfa omega beta
Editado: 25.08.2026