## CAPÍTULO 11: El Búnker del Enigma
Habían pasado dos semanas de descanso en el hospital de Erebus Black Pack. Dos semanas de leche, chillidos nocturnos y una paz que Dabria todavía no terminaba de creerse del todo real. Esa mañana, sin embargo, la tranquilidad del ala médica se vio interrumpida por una escena que ninguno de los presentes en la sala de juntas esperaba encontrarse jamás: un Enigma, una ex Luna y una modista, discutiendo acaloradamente sobre vestuario, mientras el Beta, el Gamma, la Delta, el Épsilon y el Zeta permanecían sentados alrededor de la mesa de titanio, sin saber si reír o fingir que aquello no estaba sucediendo.
Lo más surreal de todo no era la disputa. Era que, en medio de ella, el Rey del Bajo Mundo sostenía a uno de sus cachorros contra el hombro, con la carita del pequeño Stolas hundida en el cuello de su camisa de seda, tirando de la tela con sus diminutas garras cada vez que su padre alzaba la voz.
—Sauron, tienes que entender que ella debe lucir espléndida —insistía Vespera, con la paciencia de quien ya había librado esta batalla antes—. Una madre recién dada a luz necesita sentirse hermosa, aunque su cuerpo ya no sea el mismo de antes. Y no lo olvides: ella es la estrella de estos eventos. Tiene que resaltar.
—Lo sé —respondió Sauron, sin perder su tono gélido y ejecutivo—, pero sigue amamantando. No quiero que los vestidos se manchen de leche, ni que se sienta incómoda.
—¿Incómoda? —la ex Luna alzó una ceja, escéptica—. ¿O es que no quieres que la vean?
El rostro de Sauron permaneció completamente inexpresivo, aunque por dentro, Samael ya estaba planeando en detalle cuántos ojos arrancaría al primero que se atreviera a mirar de más a su hembra.
—Está bien —cedió por fin, exhalando con la resignación de un hombre que sabía cuándo una guerra ya estaba perdida—. Pero busquen otras opciones. ¿Acaso solo existen Chanel y Alexander McQueen? No pienso invertir en cientos de firmas si no tenemos suficiente variedad. Vess —añadió, usando el apodo con el que solía referirse a su madrastra—, te doy libertad total, pero que ella se sienta cómoda.
—Bien, yo me encargo —concedió Vespera con una sonrisa satisfecha, ya de pie—. No los interrumpo más. *Ciao*, queridos.
En cuanto la ex Luna y la modista abandonaron la sala, Sauron se llevó dos dedos al entrecejo, más por costumbre que por verdadero enfado. Todos en la mesa interpretaron el gesto como una señal de furia contenida y, sabiamente, decidieron no hacer ningún comentario al respecto.
Sullivan aprovechó el silencio para retomar la agenda.
—Alfa, ya llegaron. Los siameses y Hells regresaron; Killian los mandó directo al campo de entrenamiento a esperar sus órdenes.
Antes de que pudiera continuar, un golpe firme resonó en la puerta.
—Adelante —dijo Sauron.
El doctor Zelma entró con una carpeta bajo el brazo.
—Disculpa la interrupción, Alfa. No es necesario que te levantes, solo vengo a formalizar el alta de la Luna y de los cachorros, y a traer los informes de laboratorio. Mi esposa dijo que no vendría por ahora; sigue revisando los cuerpos de los soldados especiales que trajeron del helipuerto. Ya sabes cómo es Lilith.
—Bien —asintió Sauron, y algo parecido a un alivio genuino le suavizó los hombros—. Entonces ya puedo llevar a mi familia a donde pertenece.
Se giró hacia su gabinete, y en cuestión de segundos la sala volvió a llenarse de logística de traslado, escoltas y rutas seguras. Fue Valkian quien planteó la pregunta que todos tenían en la cabeza.
—¿A cuál de las dos casas la llevarás? ¿Al penthouse de la manada o a la mansión de Oud Park?
—Obviamente a la mansión —respondió Sauron sin levantar la mirada, todavía absorto en el pequeño que le tironeaba el cuello de la camisa—. El penthouse solo lo usaremos para eventos dentro de la manada, para salidas a la ciudad, o cuando yo tenga que viajar por negocios.
El Épsilon Velez, que jamás hablaba en voz alta y se comunicaba siempre por el enlace mental, hizo llegar su inquietud a todo el gabinete: *Alfa, pondrá a Hells y a los siameses Hendrixen a proteger a nuestra Luna. Con todo respeto, no me parece prudente. Usted sabe que no les agradan los humanos. Me preocupa que le falten el respeto.*
Todos giraron la mirada hacia el Enigma, que respondió con una frialdad absoluta, sin un ápice de duda.
—Morirían antes de poder acercarse a ella. Pero no. Ellos serán mis sombras. A mi Luna la protegerán Nix y Talia. —Hizo una pausa breve—. Tengo a alguien más en mente para más adelante. Delta, tenías algo que reportar.
Meliara se enderezó en su asiento.
—Sí. Ya recibimos respuesta de las casas de los vasallos, de los lores, de los ancianos, de algunas familias cambiaformas con las que mantenemos conexiones, y de sus altezas y majestades, tanto para la gala de los vasallos como para la boda sagrada. También hay respuesta de varias amistades suyas, Alfa. Los primeros en confirmar que llegarán pronto fueron Lord Valerius y el conde Nocturne. Sigo encargándome de recibir los regalos y presentes que llegan de todo el continente.
Sullivan iba a retomar la palabra cuando un aullido pequeño y hambriento interrumpió la reunión: Stolas, cansado de esperar, había decidido hacer notar su presencia contra el hombro de su padre.
—Creo que alguien ya se aburrió y tiene hambre —dijo Sauron, y una sonrisa colectiva recorrió la mesa.
—Nos vamos mañana temprano —anunció, poniéndose de pie—. Preparen todo. Estén listos para cualquier cosa.
Salió de la sala con Stolas todavía prendido a su hombro, y apenas cruzó el umbral, la voz de Arthur llegó a través del enlace mental: su Luna lo esperaba en el baño para bañar al pequeño. Sauron respondió que ya iba en camino.
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El vapor y las burbujas llenaban el baño cuando Sauron llegó. Dabria, hincada frente a la tina, observaba con una mezcla de nervios y fascinación cómo la enfermera le indicaba la mejor forma de sostener a uno de los cachorros bajo el agua.
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Editado: 25.08.2026