Mientras Dabria descansaba en la comodidad de su nido con los cachorros, Sauron los observaba desde el sillón de la sala contigua, resguardando el sueño de su familia con esa vigilancia silenciosa que ya se había vuelto parte de él. Fue entonces cuando el enlace mental de su hermano Gamma le atravesó la mente: Killian traía un reporte y necesitaba que bajara. Si hubiera sido cualquier otra cosa, lo habría ignorado. Pero fue el tono de Killian, tenso incluso a través del lazo, lo que lo hizo moverse.
No salió sin antes besar el cuello de su Luna y liberar una ráfaga controlada de sus feromonas, lo suficiente para mantenerla dormida un rato más.
Al bajar las enormes escaleras, descubrió que en el lobby de su mansión no solo lo esperaba su hermano, sino también sus nuevos guardaespaldas: Ezra Hells, un lobo de élite de cabello rojo y ojos verdes, de casi metro noventa, Alfa recesivo cuya habilidad era manejar cualquier tipo de armamento sin fallar jamás un tiro, con una vista y una agilidad que rozaban lo sobrenatural incluso para los estándares de la manada. Junto a él, los siameses Alex y Axel Hendrixen, gemelos rubios de ojos azules, idénticos en cada rasgo, mezcla de leopardo de las nieves y tigre de Bengala blanco. Asesinos letales, exclusivos de Sauron desde que él mismo los había rescatado y acogido, tras la masacre y esclavitud que unos humanos habían infligido a sus padres.
Los tres tenían el rostro cargado de fastidio, casi de molestia. No querían estar ahí. Odiaban la idea de una Luna humana. Pero no podían refutar a Sauron, ni mucho menos el nacimiento de los cachorros. En cuanto lo vieron, en cuanto lo olieron, su poder fue innegable, y se mantuvieron en silencio, sin ganas de ser castigados con más entrenamiento o desterrados de nuevo.
—¡Alfa! —dijeron al unísono, con una devota reverencia.
—A su servicio, nuevamente —añadió Ezra.
Sauron bajó con total imponencia y gelidez, y siguió caminando sin detenerse, dando a entender que debían seguirlo. Llegaron a unas puertas negras con una luna dorada tallada en el centro. Arthur ya esperaba ahí a los recién llegados, y abrió las puertas para su Alfa.
—Señor, todo está listo.
Al entrar al salón —un estudio-biblioteca convertido en sala de juntas, de muebles oscuros de piel y cuero, con la elegancia y la tecnología moderna que caracterizaba todo lo que Sauron construía— ya lo esperaban Sullivan, el Beta Valkian, el Gamma Killian, el Épsilon Velez y Nix. Un escritorio de lonsdaleíta, tallado exclusivamente para soportar la presión de su temperamento, dominaba el centro de la sala. Sauron se recargó en él mientras revisaba las carpetas de cuero que Sullivan le iba pasando, y uno a uno los demás fueron entrando y saludando, quedándose de pie, mirando a los que ya estaban sentados, todos observando a su Alfa, intentando descifrar qué diría con la información que tenían.
Sus lobos internos siempre se ponían inquietos cuando su Alfa no estaba tranquilo.
Killian fue el primero en hablar.
—Los hombres que se infiltraron eran del mismo equipo táctico que secuestró a nuestra Luna. No sobrevivieron muchos; lo intentamos, pero algunos se suicidaron. Llevamos lo que quedó de ellos con la doctora Lilith Zelma. Pero Nix y Talia sí tuvieron suerte con uno. Lo tenemos en los túneles, cuando quieras, Alfa. Aunque no ha hablado mucho con nosotros... tal vez contigo sea diferente.
Sauron esbozó una sonrisa maquiavélica.
—Querrá cantar. —Cerró la carpeta de golpe—. ¿Tenemos algo más sobre las cuentas ocultas y quienes se esconden dentro de nuestra manada? ¿Alguna pista?
El Beta Valkian tomó la palabra.
—Tenemos sospechas por algunos movimientos del Consejo. Sabes que no le agradas a ciertos ancianos, pero no creo que se atrevan a tanto. O al menos eso queremos creer.
Sullivan carraspeó, ajustándose los lentes.
—Es lo mismo en Ouros Corp. Nuestras conexiones en el mercado negro tampoco son tan estúpidas como para ir en tu contra directamente...
—Pues hay un muerto caminando que se está haciendo el valiente —lo interrumpió Sauron, con un tono áspero y molesto—. Encuentren algo. Un hijo de perra sabía que fui a Hator, que encontré a mi pareja. Ese desgraciado intentó matarla y no pudo. —Su voz se volvía cada vez más gutural, más exaltada—. Ahora se empeña en intentarlo de nuevo. Sabe que tengo cachorros, e irán tras ellos también. Más les vale a todos encontrar algo sobre quiénes son estos malnacidos y traerlos ante mí, o no sobrevivirá nadie.
Arrojó los papeles sobre la mesa, dejando que la presión de sus feromonas se sintiera en cada rincón de la sala.
Arthur le acercó un vaso de whisky. Sauron intentó encender un puro, pero el mayordomo, con la discreción de siempre, le recordó que a su Luna no le gustaba que se acercaran a los cachorros con olor a cigarro, al menos no mientras ella siguiera lactando. Sauron lo dejó, resoplando, relajándose casi de inmediato con solo pensar en ella. Los nuevos guardaespaldas se sorprendieron ante la escena.
—Señor, nadie se acercará a la Luna ni a los pequeños príncipes —declaró Nix, asegurando su posición desde una esquina, dejando a Ezra y a los siameses un poco sorprendidos, algo celosos, rodando los ojos con desdén.
—Nadie va a tocarlos, Nix. Nadie... —dijo Sauron, terminando su bebida de un trago—. Ahora vayamos a escuchar cantar a un canario.
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A kilómetros de ahí, en otra zona residencial de la manada Erebus Black Pack, el estruendo de una botella de licor caro reventando contra la pared precedió a un grito furioso de rabia.
—¿Qué demonios les pasa? ¿Qué carajos sucedió? ¡Tenían un trabajo, uno solo! ¡Deshacerse de esa humana, una humana! ¡Estúpidos!
Aethelgard Ouroboros respiraba con fuerza, dirigiéndose a los pocos sobrevivientes de los ataques anteriores contra Dabria.
—¿Acaso no pueden hacer un trabajo bien hecho? ¿Para qué les pago? Pudo dar a luz a esos bastardos...
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Editado: 25.08.2026