De vuelta en su hogar, Sauron no esperaba encontrar semejante escena al abrir la puerta.
Al pie de los escalones, envuelta en una bata que ya no ocultaba del todo el cansancio de sus hombros, Dabria arrullaba de un lado a otro a tres pequeñas bolas de pelaje negro que aullaban, hambrientas, reclamando a su padre con una sincronía casi cómica. Tenía el cabello enredado, el rostro sin una gota de maquillaje, los ojos hinchados por el sueño perdido, y aun así, al verla ahí, desvelada, desaliñada, haciendo un puchero que no lograba disimular del todo lo agotada que estaba, algo en el pecho de Sauron se enterneció de una forma que ni la peor junta corporativa habría logrado ablandar.
—Pequeña, ¿qué hacen aquí abajo? Está frío para ti, deberías estar acostada en el nido —dijo, acercándose con los brazos ya extendidos para tomar a uno de los cachorros, intentando guiarla de regreso a la habitación antes de que ella notara demasiado.
No funcionó.
—Ni lo intentes, Sauron Ouroboros —Dabria alzó la barbilla, y aunque el cansancio le pesaba en cada palabra, su voz no perdió filo—. ¿Dónde estabas a estas horas? Hueles raro...
Él se quedó estático a mitad de paso. De todas las reacciones que había anticipado —el reclamo por las horas, el enojo por dejarla sola con los tres, incluso las lágrimas del cansancio—, jamás esperó que ella pudiera identificar, entre el agotamiento y el llanto de los cachorros, el rastro casi imperceptible de sangre ajena y carne quemada que él creía haber disimulado bien con una ducha rápida.
—¿Celos? —soltó, con una sonrisa pequeña y torcida, la única defensa que se le ocurrió en el momento.
—Ni te atrevas a mentirme. ¿Y celos de qué? —Dabria entrecerró los ojos, y por un instante la broma se le cayó del rostro, dejando ver algo más crudo debajo: el miedo puro de una mujer que ya sabía, por experiencia propia, cuánto podía costarle a su cuerpo la ausencia de él—. Hueles a sangre y a algo quemado, Sauron. Cariño, ¿qué esperabas? Son las tres de la mañana y no estás. Tus hijos me despiertan por hambre, y tú, la diosa sabrá dónde andabas. Tú fuiste el que dijo que me ayudarías a cuidarlos, no puedo sola, son una tribu contra mí... Y no creas que me vas a engañar con esa sonrisita.
Sauron no supo si reír por la ternura feroz de su reclamo, o disculparse por la preocupación que le había causado. Optó por lo único que sabía hacer bien: actuar. Tomó a los tres cachorros de sus brazos, uno por uno, con una delicadeza que contrastaba brutalmente con las manos que, horas antes, habían arrancado la verdad de la mente de un hombre colgado del techo, y los llevó de regreso a la habitación, dejando que ella lo siguiera, todavía murmurando reclamos a su espalda que él no tenía intención de responder esa noche.
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Los días siguientes pasaron con una velocidad que ninguno de los dos supo nombrar del todo. Irse acoplando, irse conociendo de verdad —no como personajes de una novela ni como enemigos jurados, sino como dos personas aprendiendo a compartir una cama, un apellido y tres bocas hambrientas— no resultaba fácil para nadie, por más que el mundo entero pensara que la vida de una Luna era pura opulencia.
Las trasnochadas de pañales, biberones y chillidos nocturnos ya empezaban a cobrar factura. En la cocina, sobre la enorme isla de mármol blanco, Martha reía sin ningún disimulo ante las caras de su Alfa y su Luna, ambos apoyados en el filo del mueble como dos náufragos recién rescatados.
—¡Oh, vamos, muchachos, no es para tanto! Son tres pequeños, no sean exagerados. ¿Les preparo un café?
—Uno triple —pidió Dabria, sin levantar la cabeza de sus brazos cruzados—. Doy gracias de que estés aquí, Martha, de verdad. Al menos puedo tomarme una taza de café; si no, ni eso podría. Y este gigante también necesita una, apestas, cariño. Deberíamos cambiarnos los nombres: yo sería Leche Regurgitada, y tú, Popó.
Martha soltó una carcajada que resonó por toda la cocina, incapaz de creer que el titán al que había ayudado a criar, el mismo hombre que hacía temblar salas de juntas enteras con una sola mirada, se dejara decir semejantes cosas por su pareja sin más respuesta que una sonrisa apenas perceptible.
—Eres pésima para los nombres, pequeña —dijo Sauron, sin abrir del todo los ojos—. Pero sí necesito ese café. Y una ducha. Y dormir. Aprovechemos que tenemos niñera.
Martha todavía se reía cuando Vespera entró a la cocina como una ráfaga de buenas noticias, con la carpeta de los diseñadores apretada contra el pecho.
—¡Listo! Por fin están terminadas las confecciones de los vestidos, a tiempo. ¡Te lo dije, te lo dije! Los traerán en unos días. Ay, cariño, te verás preciosa, lucirás increíble esta noche frente a la manada... —se detuvo a mitad de la frase, notando por fin las ojeras compartidas de ambos—. Pero ¿qué les pasa? ¿Por qué están así? No lucen muy emocionados.
—Qué bien, me da mucho gusto que todo vaya bien, pero la verdad necesito dormir, Vess. ¡Piedad! —suplicó Dabria, medio en broma, medio en serio.
—Yo me encargo de ella, Vess —intervino Sauron, ya rodeándole la cintura con un brazo, listo para llevársela de ahí antes de que la conversación se alargara.
—Vale, querida, pero recuerda que el estilista llega a las cinco para arreglarte —advirtió Vespera, agitando un dedo con cariño maternal—. Ay, Martha, en menos de dos semanas tendremos una boda espectacular, ¿no te emociona?
—Claro que sí, señora —respondió Martha, todavía sonriendo—. Es algo que a esta casa le hacía falta desde hace mucho... o tal vez solo le hacía falta ella.
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Arriba, en la habitación, un Alfa de dos metros lidiaba con lo más parecido a una negociación diplomática que había enfrentado en semanas: una mujer adulta, completamente hecha un ovillo bajo las sábanas, haciendo el puchero más convincente que él había visto jamás.
—No me quiero bañar todavía, quiero dormir un ratito, porfa. Anda, durmamos un rato más...
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Editado: 25.08.2026