El trayecto al salón fue corto en distancia y eterno en la cabeza de Dabria.
Desde la ventanilla del auto blindado, Erebus Black Pack se desplegaba ante ella con un esplendor que ninguna página de *El Ocaso de los Amantes* había logrado capturar del todo. El bosque negro que los humanos temían, y que apenas alcanzaban a ver de lejos como una reserva natural prohibida, escondía en realidad una ciudad completa: cubierta no solo por un espeso manto de árboles de aquilaria, sino por runas mágicas que se entrelazaban entre las raíces y las ramas más altas, protegiendo cada rincón de la manada de ojos que no debían verla.
Sauron, a su lado, tenía la mano entrelazada con la suya sobre el asiento de cuero, sin decir palabra, dejando que ella absorbiera el paisaje a su propio ritmo. Él sabía —lo sentía a través del lazo, en cada pico pequeño de ansiedad que le llegaba desde el pecho de ella— que esta noche pesaba distinto para Dabria que cualquier junta o cualquier gala pesaba para él.
El salón, cuando por fin llegaron, estaba desbordado de gente importante: ejecutivos de Ouros Corp., familias de la ciudadela, rostros que Dabria reconocía de reportes financieros que Sauron dejaba olvidados sobre el escritorio, y otros completamente nuevos para ella. La noche no se hizo esperar. En cuanto cruzaron el umbral, sintió el peso de cientos de miradas cayendo sobre ella al mismo tiempo, como si todo el salón hubiera contenido la respiración en sincronía.
No la miraban por su estatura, apenas metro sesenta y cinco junto al brazo descomunal del Enigma. La miraban por lo que se asomaba detrás de su cuello, bajo el corte pixie: el tatuaje del eclipse dorado, del que emanaba ese aroma denso y espeso a Enigma que no necesitaba traducción en ningún idioma del bajo mundo. Ese aroma decía, con más autoridad que cualquier corona, cuál era su lugar en la manada.
Dabria apretó los dedos entrelazados con los de Sauron. Nerviosa no solo por el lujo desbordante de la noche, sino por algo mucho más simple y mucho más aterrador: nada de esto estaba en el libreto que ella conocía de memoria. No saber quién, entre toda esa gente sonriente, podía representar un peligro real; no saber cómo moverse, qué decir, cuándo callar, la tenía al borde de un ataque de nervios que se esforzaba, con toda su fuerza de voluntad, en no dejar traslucir en el rostro.
*Tranquila*, se repitió, como un mantra silencioso. *Nadie de la historia original debería estar en la manada por estos tiempos. Nada malo va a pasar esta noche.*
La curiosidad ajena no tardó en manifestarse. Grupos enteros se acercaban con sonrisas ensayadas, presentándose, intentando ganarse un segundo de la atención de la nueva Luna, algunos con genuina curiosidad, otros con el cálculo frío de quien evalúa una nueva pieza en el tablero de poder. Sauron los mantenía a raya sin esfuerzo aparente; bastaba una mirada suya, apenas un segundo de más sobre cualquiera que se acercara demasiado, para que la conversación se acortara sola.
Entonces llegó el momento.
Subieron juntos al escenario improvisado al fondo del salón. Él la tomó de la cintura con una mano, entrelazando los dedos de la otra con los de ella, mientras sostenía una copa de cristal que brillaba bajo las luces doradas. El salón entero guardó silencio antes de que él dijera una sola palabra, como si el aire mismo reconociera la autoridad de su Alfa.
—Agradezco que hayan venido vestidos para la ocasión —comenzó, la voz resonando sin necesidad de alzarse, cada sílaba cargada de un peso que hacía imposible ignorarlo—. Disfruten del lujo de esta noche. Hoy no solo celebramos el poder de nuestro territorio, sino el futuro del mismo. Les presento formalmente a su Luna. Mírenla bien, porque a partir de esta noche, su palabra es mi ley. Cada orden que salga de su boca lleva el peso de mis colmillos. Sé que en este mundo de sombras la ambición suele nublar el juicio de algunos... así que seré muy claro: quien le falte al respeto a su corona estará firmando su propia sentencia de muerte. No estoy aquí para pedir su aceptación, ni para escuchar sus opiniones en los pasillos. Su posición en la cima de esta manada es indiscutible. Cualquiera que intente jugar a la traición, o piense que puede pasar por encima de su cabeza, recuerde que yo no tengo piedad con los traidores. Brindemos por la lealtad... o por lo que les quede de vida si la olvidan. Bienvenidos a una nueva era.
—¡Salud! —rugió el salón entero al unísono, cientos de copas alzándose como un solo cuerpo.
Dabria sintió el peso del brindis vibrar en el aire, en el suelo, en su propio pecho. Por un instante, olvidó los nervios y solo sintió el orgullo crudo de estar ahí, de pie, junto al hombre que alguna vez solo existió en las páginas de una tablet moribunda.
No todos los presentes, sin embargo, la miraban con buenos ojos.
Entre la multitud, una mujer destacaba con la facilidad de quien ha nacido para ser mirada: alta, elegante, de una belleza afilada y deliberada. Vestía de negro, un escote pronunciado al frente y la espalda completamente descubierta, el cabello castaño con reflejos color caramelo cayéndole en ondas perfectas, un maquillaje que resaltaba unos ojos aguamarina fríos como el hielo del norte, y los labios pintados de un rojo tan intenso que parecía una advertencia.
Vanya Vulkane no perdió el tiempo. En cuanto vio que Sauron se alejaba hacia un grupo de ancianos del Consejo, absorbido de inmediato por la política de siempre, cruzó el salón con la gracia de un depredador que ya conoce el terreno, y se plantó frente a Dabria con una sonrisa amable que no le llegaba a los ojos.
—Vaya evento, ¿no? —dijo, con un tono ligero, casi cómplice—. Quién diría que un hombre como él puede hacerte desfallecer en la cama, hablar tan dulce y posesivo frente a todos, ¿no?
—¿Ah, sí? ¿Quién lo dice? —preguntó Dabria, con una sorpresa genuina que por un segundo eclipsó cualquier otra emoción. Más que celos, más que molestia, sentía la incertidumbre punzante de no reconocer a esa mujer de ningún capítulo, de ninguna línea del libro que se suponía debía conocer de memoria. Un vestigio de furia le apretó la mano libre mientras el rostro le sonreía, sereno, mientras por dentro pensaba: *¿quién carajos se cree esta mujer?*
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Editado: 25.08.2026