Usurpadora predestinada

Capítulo 15 El Asalto al Nido

Vanya se retiró del salón con la barbilla en alto y la sonrisa todavía pegada a la cara, pero cualquiera con un mínimo de instinto de manada podía oler el veneno de la humillación cociéndose bajo su perfume. No llegó muy lejos. Valkian, que llevaba toda la noche vigilando el perímetro social con la misma frialdad con la que vigilaba un mapa táctico, interceptó a dos de sus acompañantes antes de que pudieran seguirla y, con un par de palabras corteses y una sonrisa que no le llegó a los ojos, los convenció de que la señorita Vulkane necesitaba tomar aire. Killian, por su parte, ya había hecho una seña discreta a dos guardias de la puerta principal. Para cuando Vanya cruzó el vestíbulo, dos hombres de traje negro la escoltaban con la cortesía suficiente para no armar un escándalo, y la firmeza suficiente para que ella entendiera que no era una sugerencia.

Dabria no vio nada de eso. Seguía de pie donde Vanya la había dejado, con la copa intacta en la mano y el corazón latiéndole con una mezcla de adrenalina y orgullo que no sabía muy bien cómo procesar. A su alrededor, varios invitados fingían no haber escuchado nada, aunque los susurros ya corrían como agua entre las mesas.

Fue Sullivan quien llegó primero, con la excusa de un documento que en realidad no necesitaba firma esa noche.

—Luna... eso que acaba de pasar... —empezó, ajustándose las gafas con nerviosismo.

—Estoy bien, Sullivan —lo cortó ella, con una sonrisa que no terminaba de convencer a nadie—. De verdad.

Al otro lado del salón, Sauron seguía atrapado en una conversación con dos ancianos del Consejo que insistían en hablarle de rutas comerciales, pero su atención ya no estaba ahí. El lazo entre ellos le llevaba oleadas pequeñas y erráticas de las emociones de Dabria: un pico de adrenalina, luego un orgullo feroz, después algo más difícil de nombrar, una mezcla de inseguridad y rabia contenida. No necesitó que nadie le contara lo que había pasado. Lo sintió.

Se disculpó con una brevedad que rozaba la grosería y cruzó el salón con esa calma depredadora que hacía que la gente se apartara sin que él tuviera que pedirlo.

—¿Qué pasó? —preguntó, con la voz baja, solo para ella, colocando una mano posesiva en su cintura.

—Nada que no pudiera manejar —respondió Dabria, más cortante de lo que pretendía. No quería arruinarle la noche contándole que una mujer se había presentado como su prometida frente a media manada. No esa noche. Ya habría tiempo.

Sauron inclinó la cabeza, aspirando discretamente el aire cerca de su cuello. El aroma a grosellas estaba teñido de algo agrio, tenso. Sabía que mentía. Pero también sabía, por instinto, que presionarla ahí, delante de todos, solo empeoraría las cosas.

—Está bien —dijo, aunque el tono dejaba claro que la conversación no había terminado, solo estaba en pausa—. Hablamos en casa.

No llegaron a hablar esa noche.

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A kilómetros de distancia, en el penthouse de la manada, la seguridad que Sauron había mandado reforzar personalmente vivía su hora más tranquila. O eso parecía.

Arthur Walker supervisaba la habitación de los cachorros con la misma precisión letal con la que supervisaba cualquier otra tarea. Vestía de negro, sin el impecable traje sastre de gala, y llevaba las dagas de plata a la vista, no ocultas en las mangas. Bajo su mando, dos soldados jóvenes de la nueva guardia que el Zeta Ian Marvolos había reclutado hacía apenas unos días custodiaban las puertas del ala privada, todavía nerviosos por la magnitud de lo que se les había confiado.

Stolas, Silas y Sion dormían en una cuna reforzada, tallada con runas de protección que Sullivan había mandado grabar personalmente, dentro de una habitación blindada con paredes de aleación y ventanas irrompibles. No era una habitación cualquiera. Era, en esencia, un búnker disfrazado de cuarto infantil.

El primer indicio de que algo iba mal fue tan sutil que casi pasó inadvertido: un parpadeo de medio segundo en las luces del pasillo.

Arthur, que en cientos de años de servicio jamás había ignorado una anomalía, por pequeña que fuera, se detuvo en seco.

—Reporten estado de los sistemas —ordenó por el enlace de seguridad del edificio.

Silencio.

—Reporten —repitió, ya con las dagas firmes en las manos.

Nada. La central de seguridad del penthouse, ubicada tres pisos abajo, no respondía. Un inhibidor de frecuencia de grado militar, similar al que habían usado semanas atrás en el rescate de Dabria, estaba anulando las comunicaciones internas del edificio, capa por capa, con una precisión quirúrgica que solo alguien con conocimiento profundo de la tecnología de Ouros Corp. podría ejecutar.

—Sellen esta ala —ordenó Arthur a los dos jóvenes guardias, su voz sin una sola fisura de pánico—. Nadie entra ni sale sin mi autorización directa.

Los intrusos llegaron por donde nadie los esperaba: no por las puertas, sino por el hueco de mantenimiento de los ductos de climatización, un punto ciego que el propio Sullivan había marcado como "de riesgo mínimo" en los planos de seguridad, precisamente porque su diámetro parecía demasiado estrecho para un cuerpo adulto. Los tres hombres que se deslizaron por ahí no eran del todo humanos. Cambiaformas de complexión menuda, entrenados específicamente para infiltración, con trajes tácticos cubiertos de runas de amortiguación de sonido y aroma, capaces de moverse casi sin dejar rastro olfativo, la única defensa verdaderamente infalible contra un Enigma.

El primer guardia joven cayó antes de poder gritar, silenciado por una descarga de una pistola de pulso modificada, un arma tecno-mágica que no producía detonación, solo un zumbido grave y una ráfaga de energía azulada que paralizaba el sistema nervioso sin matar. El segundo alcanzó a activar la alarma silenciosa antes de recibir el mismo trato.

Arthur sintió la vibración del enlace de emergencia justo cuando los tres intrusos irrumpían en el pasillo frente a la habitación blindada.




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