Dabria vio a Sauron salir con una velocidad que ningún humano podría haber seguido, y por un instante se quedó ahí, parada en medio del salón vacío de gente pero lleno de miradas, con el corazón estrujado por un miedo que no tenía forma todavía, solo la certeza cruda de que algo relacionado con sus hijos estaba mal.
No lo pensó dos veces. Salió tras él.
Nix la interceptó antes de que llegara a la puerta principal, con las manos alzadas en un gesto de calma que no logró calmar absolutamente nada.
—Luna, tranquila. En cuanto el Alfa dé aviso, yo misma la llevo, pero...
Se giró hacia él con los ojos desesperados y llorosos, y por un segundo, incluso en medio del pánico, Nix pensó que jamás la había visto tan hermosa como en ese instante de furia pura.
—Tengo que ir. Mis bebés. Llévame con mis bebés —dijo, la voz quebrada pero firme.
—Luna, en cuanto...
—No te pregunté —lo cortó ella, sujetándolo del saco con una fuerza que no debería tener un cuerpo tan pequeño—. Te dije que me lleves, o tomo el primer auto y me voy sola.
Nix nunca esperó semejante tenacidad de esa humana frágil que había cargado, meses atrás, con el cuerpo destrozado por el cautiverio. Antes de que pudiera responder, un auto deportivo se detuvo justo frente a ellos con un frenazo elegante, y la Delta Meliara abrió la puerta sin siquiera bajarse.
—Suba, Luna. Yo la llevo.
—Mejor manejo yo —intervino Nix, ya rodeando el auto hacia el asiento del conductor, decidido a no dejarla ir sin él.
Vikander y Vespera salieron corriendo del salón justo a tiempo para verla subir.
—¡Querida, ten paciencia! ¡Sauron lo tiene controlado, él se encargará! —suplicó Vespera, con las manos entrelazadas contra el pecho.
—¡No! —respondió Dabria, con una fuerza y una desesperación que no dejaban espacio para réplica—. No voy a perder a mis hijos por quedarme sentada. Me necesitan.
Cerró la puerta de un golpe.
------------------------------
Lo que ninguno de los tres sabía, mientras el auto se lanzaba a toda velocidad rumbo al penthouse, era que en ese preciso instante el lazo entre Dabria y Sauron se había convertido en un campo de batalla propio.
Ella, en su desesperación, se negaba a sentir la conexión con su pareja, temerosa de que algo en esa marea de emociones ajenas terminara de romperla. Sauron, por su parte, intentaba enviarle oleadas de calma a través del lazo, desesperado por evitar que ella percibiera, aunque fuera en fragmentos, la carnicería que ya teñía de rojo los pasillos del penthouse. Pero el intento de contención tuvo un efecto colateral que ninguno de los dos anticipó: la incomodidad de Sauron ante ese silencio forzado del otro lado del lazo le confirmó, con la misma certeza instintiva que lo había hecho salir corriendo de la gala, que algo también andaba mal con ella. Sin saber exactamente qué, ordenó que sus propios guardaespaldas —los gemelos Hendrixen, ya a medio camino del penthouse— dieran media vuelta.
Fue esa decisión, tomada a ciegas, guiada solo por el instinto de un lazo que ninguno de los dos entendía del todo, la que terminaría salvando una vida esa noche.
Nadie en el auto deportivo de Meliara se dio cuenta, hasta que fue demasiado tarde, de que el convoy que se acercaba de frente por la carretera no tenía ninguna intención de cederles el paso.
Nix maniobró con todos los reflejos de un guardia entrenado para lo peor, pero ni el asfalto mojado por la tormenta que se negaba a irse del todo, ni la velocidad a la que iban, le dieron margen suficiente. El auto salió disparado del camino, dando vueltas sobre sí mismo antes de estrellarse contra un terreno abierto, salpicado apenas de árboles dispersos.
Nix reaccionó antes de que el auto terminara de detenerse, cubriendo el cuerpo de Dabria con el suyo en el mismo movimiento en que Meliara ya se transformaba, la ropa de gala rasgándose contra un pelaje café caramelo que emergía con violencia, lista para atacar a los hombres que salían de las camionetas con una sola intención clara: llevarse a la Luna.
Solo cuando Dabria, temblando pero casi ilesa, salió de entre sus brazos, Nix se dio cuenta de que algo andaba profundamente mal con su propio cuerpo. Tenía la espalda y una pierna atravesadas por los restos retorcidos del chasis, la sangre empapándole el uniforme con una rapidez que no auguraba nada bueno.
Intentó transformarse. Su cuerpo se negó.
—Necesito tiempo... para regenerarme —jadeó, apretando los dientes—. Delta, llévesela. Yo los retraso lo que pueda.
—¡No! Tienes que venir, no puedes quedarte así —protestó Dabria, con las manos ya buscando la herida, como si su sola voluntad pudiera cerrarla.
Pero no había tiempo para discutir. Meliara, en su forma de loba color café caramelo, sujetó a Dabria del vestido con el hocico y la subió a su lomo con un movimiento brusco, ya corriendo hacia la espesura del bosque, intentando en vano establecer contacto mental con Sauron a través de un enlace que algo, en algún punto, estaba bloqueando con la misma precisión que había apagado las comunicaciones del penthouse.
La cacería comenzó.
Nix, todavía en el suelo, atacó a cuantos pudo alcanzar, forzando su cuerpo a una transformación parcial que le costaba cada gramo de energía que le quedaba, gritando por el enlace con una voz cada vez más débil.
—¡Alfa! ¡Alfa!
Fue Talia quien respondió primero. Había salido del penthouse minutos después que Sauron, siguiendo un instinto que no supo nombrar hasta que escuchó el grito quebrado de Nix a través del enlace. Llegó justo a tiempo para interponerse entre él y el segundo hombre que se le echaba encima, las garras ya fuera, la sangre de otro atacante todavía fresca en su pelaje desde el penthouse.
—Aguanta —le dijo, plantándose sobre su cuerpo caído como un escudo viviente—. No te vas a morir aquí, sobre pasto mojado, con ese traje tan feo.
Nix, entre el dolor y la sangre, alcanzó a soltar algo parecido a una risa.
#640 en Fantasía
#132 en Magia
#376 en Personajes sobrenaturales
sobrenatural magia fantasia, romance 18 adolescente, magia brujas lobos alfa omega beta
Editado: 19.09.2026