Usurpadora predestinada

Capítulo 17 El Silencio del Nido

—La llevaremos con el Alfa —dijo Axel, sin el más mínimo asomo de pudor por su cuerpo desnudo, todavía manchado de sangre ajena por la transformación reciente.

La tomó en brazos con una delicadeza que contrastaba brutalmente con la masacre que acababa de protagonizar, y la subió al mismo auto en el que, minutos antes, planeaban secuestrarla.

—¿En serio nos iremos en este auto? —preguntó Dabria, rodando los ojos entre el asco y la incredulidad.

—Bueno, no podemos irnos a pie. Meliara está herida, y el gigantón de allá también necesita una mano —respondió Axel, acomodando a la Delta, todavía en su forma lobuna, en el asiento trasero antes de subir él mismo—. No podemos cargarlos a todos. Además, si hay más de ellos cerca, necesitamos movernos rápido, y con ustedes dos encima no podríamos pelear. ¿Tiene una mejor idea, Luna?

Dabria solo asintió, todavía temblando.

—Entiendo. Solo... solo encuentren algo con qué taparse, ¿quieren?

El auto arrancó, abriéndose paso entre los árboles de vuelta a la carretera. No tardaron en toparse con Nix y Talia —ella todavía con las manos humeantes, el rastro de una técnica incendiaria apagándose sobre sus dedos, después de haberse encargado personalmente de los rezagados del convoy que Nix ya no tenía fuerzas para enfrentar—. Los subieron también, apretados entre los asientos, y se encontraron con una escena que a los gemelos no les resultaba en absoluto extraña, aunque a Dabria le revolvió el estómago: cuerpos por todas partes, algunos desgarrados por las garras de los siameses minutos antes, otros reducidos a ceniza por el fuego de Talia, otros todavía humeantes.

En cuanto vio a su Luna, Talia la abrazó de inmediato, sin importarle la sangre ni el vestido roto, preguntándole con desesperación si estaba bien. Dabria, por su parte, no podía apartar los ojos de Nix, tan mal herido que apenas podía mantenerse consciente, y sintió que la culpa se le enroscaba en el estómago como una serpiente. *Si tan solo no hubiera insistido en salir.*

—Va a estar bien —le aseguró Talia, notando su mirada—. Solo necesita descanso, ya lo revisé. Debemos darnos prisa. —Levantó un pequeño artefacto cubierto de runas extrañas, del tamaño de una moneda, que zumbaba con una energía apenas perceptible—. Encontré esto. Es lo que estaba bloqueando los enlaces. Nivel militar. Puede que haya más en los otros vehículos, pero de eso se encargará nuestra gente, ya vienen en camino.

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Al llegar al penthouse, Sauron cruzó la distancia entre ambos en menos de un parpadeo, abrazando a Dabria, olfateándola de arriba abajo con una desesperación que no intentó disimular. En cuanto sus ojos registraron cada herida, cada moretón, sintió que la sangre le hervía en las venas. Pero también vio a su gente —a Nix, a Meliara, a los gemelos manchados de sangre ajena hasta las cejas— y entendió, con una claridad brutal, que todos habían peleado con todo lo que tenían para proteger a su mujer.

Quiso regañarla por haber salido del salón sin esperar. Se detuvo a mitad de la idea, recordando que él también la había dejado sola en ese mismo lugar, sin una sola palabra de explicación. Así que en vez de reclamos, solo la abrazó más fuerte.

—Los niños están bien. ¿Dónde están? —preguntó ella, la voz todavía quebrada.

Él la guio, silencioso, hacia el ala privada. Aunque ya habían despejado el lugar por completo, todavía quedaban rastros de la pelea en las paredes, en el aire cargado de pólvora y runas quemadas. Pero en cuanto Dabria vio a sus tres cachorros, dormidos, ajenos por completo a lo que había pasado esa noche, sintió que por fin podía respirar de verdad. En cuanto sintieron su cercanía, los tres despertaron a la vez, exigiendo atención con chillidos hambrientos que, por primera vez esa noche, sonaron como la música más hermosa del mundo.

En una habitación ya limpia, Sauron le preguntó cómo había pasado todo. Ella le contó, palabra por palabra, y al llegar a la parte de Meliara esperándola con el auto ya listo, ambos coincidieron en lo extraño del detalle: nadie le había pedido a la Delta que estuviera ahí, con el motor encendido, como si ya supiera que Dabria intentaría seguirlo.

Sauron miró al Épsilon Velez, que permanecía de pie junto a Arthur, y le envió una orden silenciosa por el enlace: *lo averiguaremos en cuanto la Delta despierte del todo.*

Mientras tanto, Sullivan ya había mandado a su equipo de hackers a rastrear el origen de los artefactos inhibidores. Sauron, por su parte, seguía pistas junto a Killian sobre cómo, exactamente, un convoy armado había logrado cruzar las fronteras protegidas de Erebus Black Pack sin activar una sola alarma. Valkian, de vuelta en el salón, permanecía junto a sus padres, observando con atención quirúrgica a cada invitado que aún no se retiraba, buscando cualquier gesto, cualquier desliz, que delatara complicidad.

Dabria seguía alterada. Sauron lo sentía a través del lazo con una claridad que le apretaba el pecho. Samael, inquieto, no dejaba de rugirle desde dentro: *«Nos necesita. Está triste. ¡Mátalos, mátalos a todos! Mírala, está herida. Abrázala, imbécil, o lo haré yo.»*

Se acercó a ella y la envolvió con su propio saco. Se agachó frente a su silla, le acarició el rostro con una suavidad que contrastaba con las manos que horas antes habían desgarrado gargantas, revisó el corte en su brazo por el impacto del auto, los moretones que ya empezaban a oscurecerle la piel. Se inclinó, casi por instinto, para lamerle el rostro.

—¿Qué haces? —preguntó ella, apartándose apenas un centímetro, más por sorpresa que por rechazo.

—Tranquila —murmuró él—. Cuando encuentras a tu pareja predestinada, tu saliva tiene propiedades curativas.

—¿Y para tu ex funcionará igual? —interrumpió una voz ronca desde la puerta.

Era Meliara, ya vendada, todavía herida, apoyándose en el marco con el orgullo intacto pese al cansancio.




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