Usurpadora predestinada

Capítulo 18 Lo que el Agua Sella

Bajo el chorro incesante de una ducha descomunal, a las dos de la madrugada, el único sonido en la habitación era el del agua cayendo contra la piedra y el vapor caliente empañando las paredes de vidrio hasta convertirlas en un lienzo blanco. Dentro, un hombre descomunal, desnudo, de espaldas, dejaba que el agua le golpeara los hombros mientras intentaba, sin mucho éxito, vaciar la mente de la desesperación de esa noche.

No la escuchó entrar. La sintió.

Unas manos suaves se deslizaron por su cintura, subiendo despacio por el vientre esculpido, trazando cada línea de músculo como si lo estuvieran memorizando por primera vez. Sauron cerró los ojos, dejando que el calor de esas manos le recorriera el pecho, sintiendo unos labios tibios presionarse contra su espalda, un cuerpo entero pegándose al suyo bajo el agua. Las manos siguieron bajando, deliberadas, hacia su entrepierna, y justo antes de dejarlas continuar, él se giró.

La observó. Dabria, con el cabello empapado pegado al rostro, los ojos brillando bajo la luz difusa del baño, la piel enrojecida por el vapor.

*Creí que nunca me iba a permitir poder volver a tocarla así*, pensó Sauron, la garganta apretada por algo que no era deseo, o no solo eso. *Esta es la primera vez que la tendré después de aquella noche, en mi rut, cuando concebimos a los cachorros. Imaginé que ella no querría. Que me tendría miedo. Que después de todo lo que su cuerpo ha pasado, después del parto, del cautiverio, de esta misma noche de sangre, lo último que desearía sería mis manos otra vez.*

Del otro lado de ese silencio compartido, Dabria luchaba contra su propia tormenta. *Es él. Es Sauron. El hombre que leí, que soñé, que imaginé mil noches distintas en un cuerpo que ya no es el mío... y ahora es real, y me está mirando así con nervios, con hambre, y no sé si voy a saber qué hacer. Nunca he estado con nadie, de verdad. Y tengo miedo, y también quiero, y las dos cosas me aprietan el pecho al mismo tiempo sin dejarme elegir solo una.* El miedo y la emoción se le enredaron en el pecho con la misma fuerza, indistinguibles el uno del otro.

Ella pegó la mejilla contra su pecho, y él, sin decir una palabra, la tomó de la barbilla y tiró de ella hacia arriba para que lo viera mientras el bajaba el rostro.

En cuanto sus labios se tocaron, no hubo delicadeza. Solo la posesión absoluta de un hombre que había regresado del mismísimo infierno de la batalla para reclamar su único anclaje al mundo.

—Pensé que estabas dormida —murmuró él contra su boca, sin dejar de besarla.

—No podía. No sin ti —respondió ella, la voz apenas un susurro entre jadeos.

Sus manos, grandes y firmes, bajaron por las caderas de Dabria, arrastrando el agua, encendiendo un rastro de fuego a su paso. El chorro caliente golpeaba el pecho de Sauron, empapándolo mientras la presionaba contra su cuerpo con una fuerza que rozaba el dolor, una fuerza que ella recibía con la misma intensidad desesperada. Dabria enredó los dedos en el cabello mojado de él, tirando para unir sus labios en un beso más salvaje, con sabor a agua, a calor, a una entrega absoluta.

La cordura de Sauron terminó de romperse en ese instante.

La levantó por los muslos, obligándola a enroscar las piernas alrededor de su cintura, mientras la gravedad del deseo los empujaba al borde de un abismo que ninguno de los dos tenía intención de evitar.

—Eres mía —sentenció él contra su oído, cada palabra vibrando con la locura del hombre que había masacrado ejércitos enteros esa misma noche solo para volver a este baño, a este rincón diminuto del mundo—. Aunque afuera se queme todo, aquí te vas a deshacer conmigo.

—Entonces no te detengas —lo desafió ella, clavando las uñas en sus hombros.

El agua hirviendo les golpeaba la espalda, pero el verdadero calor nacía de la fricción de sus cuerpos. Sauron hundió el rostro en su cuello, en un beso que fue más una declaración de guerra que una caricia, los colmillos rozando la piel palpitante justo sobre la Marca del Eclipse.

Dabria arqueó la espalda, soltando un grito sordo que se ahogó contra el pecho mojado de él. Los dedos se le clavaban con fuerza en los hombros, arañando la piel en un intento desesperado por sostenerse mientras el mundo entero se desvanecía entre el vapor y la fuerza con la que él la dominaba.

Él la sostuvo por los muslos con una fuerza descomunal, elevándola por completo mientras la urgencia por penetrarla dictaba un ritmo frenético y posesivo, sin espacio para la pausa ni para la cordura. Cada embestida contra la pared de piedra se sentía como el eco de sus propios gemidos, una batalla silenciosa donde el dolor de la distancia de esa noche se transformaba en un placer violento y devorador.

Soltando sus piernas y bajando una a una suavemente en el suelo, girandola contra la pared, bajo de su cuello a su espalda como si sus besos y su lengua le tallaran cada impureza de la piel húmeda, mordiendo lentamente y bajando con el ritmo de su ansiedad, cada vez más hasta llegar a sus nalgas mientras sus manos jugaban con sus senos que se restregaban en la piedra, tuvo que soltarlos para seguir comiendo la carne de sus caderas y con agilidad abrió sus piernas inclinandola mientras él se ponía de rodillas seguía comiendo la carnosidad de su trasero hasta introducir su lengua tibia en su jugosa humedad bebiendo cada gota de su trabajo, hundiendo cada vez más su lengua dentro de ella intrujo sus dedos más profundo y rápido, ella solo gemia ahogadamente, tras el emocionante ritmo que la hacía levantarse en la punta de sus pies, moviendo sus caderas en el rostro de su hombre como si quisiera que el entrara un poco más en ella, mientras él no dejaba de mover los dedos fue metiendo uno más hasta que Dabria empezó a temblar los espasmos se empezaron a notar en el cuerpo la piel erizada, las contracciones y el también lo sintió atraves de su lengua, ella estaba llegando a su éxtasis, Pero el no lo permitió paro de golpe, dejándola caer sobre el casi sentandola sobre el, la respiración entrecortada de ella intentando levantarse el la acomodo en el piso en cuatro y volvió a introducir su miembro en ella gimiendo en su oido —bebe estás muy apretada si no te relajas te lastimare— mordiendo su marca, volvió a penetrarla con desesperación casi devota, golpeando cada vez más profundo mientras el enlace ayudaba a Dabria a soportar el enorme, grueso y largo tamaño de su enigma— vamos bebé gime más para mí, un poco más — embistiendo una y otra vez más rápido hasta que ella volvió a tensarse y el sin parar el rito lo sintió la tensión dejándose vaciar dentro de ella. Mientras la respiración se estabilizaba en sus cuerpos ella mirando sobre su hombro mirándolo de reojo y con la voz un poco ronca soltó seductoramente— aún no, quiero más — restregandose el cabello hacia atrás Sauron sonrió dejándola sentir su miembro nuevamente endurecido en su espalda.




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