Usurpadora predestinada

Capítulo 19 El Consejo Dividido

Sauron llegó a la sala del Consejo con quince minutos de retraso, algo que no le había ocurrido en sus cincuenta años de existencia, y con un aroma que ningún anciano presente fue tan estúpido como para mencionar en voz alta, aunque el ligero fruncimiento de varias narices delató que todos lo habían notado.

La sala, tallada en la piedra más antigua de Erebus Black Pack, mucho anterior a cualquier torre de cristal y acero que Ouros Corp. hubiera construido después, tenía la forma de un círculo perfecto. Trece asientos de piedra rodeaban una mesa central, cada uno tallado con el emblema de una línea de sangre que se remontaba, en algunos casos, a más de tres siglos atrás. Sauron ocupaba el trono más alto, al fondo, un asiento que no pertenecía al círculo sino que se alzaba por encima de él, como recordatorio permanente de que aquello no era una democracia, por más que el Consejo insistiera en comportarse como si lo fuera.

Sullivan ya estaba de pie a su derecha, con la carpeta de siempre, la tensión visible en la forma en que sostenía el bolígrafo.

Sauron conocía de memoria las líneas invisibles que dividían ese círculo de piedra, aunque nadie las hubiera dibujado jamás en ningún mapa.

La primera facción, la más pequeña pero la más ruidosa, se sentaba a la izquierda: cinco ancianos que rendían una lealtad casi religiosa a la sangre pura del linaje Ouroboros, encabezados por Ozric, el hermano menor de su propio abuelo, tío abuelo de Sauron y, por desgracia, también de Aethelgard. Eran los que consideraban que cientos de años de tradición no debían doblegarse ante ningún capricho, y menos ante uno con olor a humano. Habían tolerado a Dabria mientras se trataba solo de un rumor, de una posibilidad lejana. Pero ahora que había parido no uno, sino tres cachorros, y los tres Enigmas puros —algo que ninguna crónica de la manada registraba como posible en un vientre humano—, la tolerancia se había convertido en un resentimiento que ya no se molestaban en disimular del todo.

La segunda facción, a la derecha, eran los leales incondicionales: ancianos que habían visto nacer a Sauron, que lo habían visto convertirse en el Alfa más temido del continente sin perder jamás el control, y que lo seguirían sin cuestionarlo aunque decidiera casarse con una cabra. No amaban a Dabria en sí; amaban a Sauron, y cualquier cosa que él eligiera se convertía, automáticamente, en lo correcto.

La tercera facción, la más numerosa, ocupaba el centro: tradicionalistas de mente abierta, gente que valoraba las costumbres pero entendía que las costumbres, cuando dejaban de servir a la manada, merecían ser revisadas. No lo seguían por amor ni por sangre, sino porque, sencillamente, entendían la magnitud de lo que tenían sentado en ese trono elevado. Sauron no era solo un Alfa. Era algo más cercano a un ser místico ancestral, una fuerza que ni el Rey de los Lobos del norte, con su ejército de miles, ni el Rey Licántropo de las islas del sur, con sus alianzas centenarias, podían igualar en poder bruto. Para esta facción, cuestionar a Sauron no era cuestión de lealtad ciega, sino de sentido común: se hacía lo que más convenía a la manada, y lo que más convenía a la manada era, invariablemente, lo que Sauron decidía.

Fue Ozric quien rompió el silencio, con esa voz seca de quien lleva un siglo practicando el arte de sonar razonable mientras dice algo completamente venenoso.

—Alfa. Qué alivio verlo, aunque sea con retraso. Supongo que las... circunstancias de anoche lo mantuvieron ocupado.

—Las circunstancias de anoche —repitió Sauron, sin la más mínima inflexión en la voz— incluyeron un ataque armado contra mis herederos y un intento de secuestro contra mi Luna. Discúlpeme si el papeleo no fue mi prioridad inmediata.

Un murmullo recorrió la mesa. Ozric sonrió, la clase de sonrisa que un depredador reserva para cuando cree tener la ventaja.

—Precisamente de eso queríamos hablar, Alfa. Con todo respeto. Dos ataques en menos de un mes. Primero el secuestro original, ahora esto. Algunos en este Consejo —hizo un gesto vago hacia su izquierda, aunque todos sabían exactamente a quién se refería— empiezan a preguntarse si la presencia de una Luna humana no está atrayendo un tipo de atención que la manada no puede permitirse.

—¿Está sugiriendo que mi pareja predestinada es responsable de que hombres armados intentaran secuestrar a sus propios hijos? —preguntó Sauron, con una calma que resultaba mucho más aterradora que cualquier grito.

—Sugiero, Alfa, que una unión de sangre pura no habría generado semejante... vulnerabilidad —dijo Ozric, eligiendo cada palabra con el cuidado de quien camina sobre cristales—. Una loba de linaje conocido habría venido con alianzas, con protección, con un ejército de familia detrás. Su Luna vino con nada. Y trajo, con todo respeto, tres vidas que ahora hay que proteger a cualquier precio, porque además son...

—Diga la palabra que está pensando —lo cortó Sauron, inclinándose apenas hacia adelante, un movimiento mínimo que bastó para que dos de los ancianos más jóvenes de la facción de Ozric se hundieran visiblemente en sus asientos—. Diga la palabra completa, Ozric. Frente a todos.

El anciano cerró la boca.

—Iba a decir "imposibles" —completó Sauron por él, la voz bajando a un registro que hacía vibrar la piedra misma de la sala—. Tres cachorros Enigma puros de un vientre humano. Algo que, según sus propias crónicas de cientos de años, no debería existir. ¿Sabe qué pienso yo de esa imposibilidad, Ozric? Pienso que mis hijos son la prueba viviente de que este linaje no se rige por sus libros polvorientos. Pienso que mi Luna hizo, sola, encadenada, torturada, lo que ninguna loba de sangre pura de esta sala logró hacer en siglos de intentarlo con otros Alfas: darme herederos. Y pienso que si alguien en este Consejo tiene un problema con eso, puede decírmelo a la cara, ahora, en lugar de susurrarlo entre pasillos como una vieja chismosa de mercado.




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