El primer sonido que Cullen Jackson escuchó al recuperar la consciencia fue el pitido constante de un monitor, y el segundo fue la voz del doctor Zelma, calmada como siempre, dictando indicaciones a una enfermera.
—Presión estabilizada. Que alguien avise al Gamma que despertó.
Cullen abrió los ojos despacio, la luz del techo demasiado blanca, demasiado limpia, para las semanas de penumbra que su cuerpo parecía haber atravesado. El dolor en el estómago era sordo, distante, más recuerdo que sensación real, gracias a lo que fuera que corriera por la vía intravenosa conectada a su brazo.
—Bienvenido de vuelta, guardián —dijo el doctor Zelma, apareciendo en su campo de visión con esa elegancia que nunca lo abandonaba, ni siquiera a las tres de la mañana atendiendo a un paciente en coma—. Nos tuvo preocupados durante un tiempo considerable.
—¿Cuánto...? —la voz le salió rasposa, casi irreconocible.
—Varias semanas. La bala dañó más de lo que cualquiera hubiera querido, pero su genética de guardián hizo el resto del trabajo. Va a vivir, Cullen. Y va a caminar. Eso ya es más de lo que muchos hubiesen apostado la primera noche.
Killian llegó minutos después, casi derribando la puerta, y por primera vez desde que Cullen lo conocía, el rudo Gamma de la manada no intentó disimular la humedad en los ojos antes de soltar una risa ronca y darle un golpe suave en el hombro sano.
—Casi nos dejas viudos a todos, idiota. La próxima vez que te lancen a proteger a mi cuñada, procura que no te disparen tres veces.
—Créeme que no estaba en mis planes —murmuró Cullen, esbozando una sonrisa débil—. ¿Y ella? ¿Está...?
—A salvo. Con tres hijos, un compromiso roto con una traidora, y un Alfa que la cuida como si fuera de cristal —resumió Killian, sentándose en el borde de la cama—. Te perdiste bastante, hermano.
Cullen cerró los ojos, dejando que el alivio le recorriera el cuerpo entero. Había cumplido su misión, al final. Eso era todo lo que necesitaba saber por ahora.
------------------------------
En otra ala de la mansión, mucho más silenciosa, Dabria tocó suavemente la puerta de la habitación donde la Delta Meliara seguía recuperándose.
—Adelante —respondió una voz todavía ronca, aunque ya sin el filo del dolor de los primeros días.
Meliara estaba sentada junto a la ventana, una manta sobre las piernas, la pierna herida todavía inmovilizada, pero con el color de vuelta en el rostro. Al ver a Dabria, intentó incorporarse por instinto de reverencia.
—No, por favor, quédate así —le pidió Dabria, cerrando la puerta tras de sí—. Vine a verte a ti, no al protocolo.
Se sentó en la silla frente a ella, con las manos entrelazadas sobre el regazo, buscando las palabras correctas para algo que llevaba días queriendo decir.
—Gracias —dijo, finalmente, sin adornos—. Por subirme a tu lomo en ese bosque. Por quedarte, aunque te estaban disparando. Nadie me había protegido así, nunca, ni en mi otra vida.
Meliara la miró con una sorpresa genuina, como si no esperara que la Luna tuviera intención de agradecerle nada más allá de un asentimiento cortés.
—Es mi trabajo, Luna.
—No me refiero al trabajo —insistió Dabria, sosteniéndole la mirada—. Me refiero a ti. A que decidiste quedarte cuando podías haber corrido más rápido sola. Eso no es protocolo, Meliara. Eso es elegir.
La Delta bajó la vista un momento, incómoda con la sinceridad cruda de la conversación, poco acostumbrada a que alguien la mirara así, sin jerarquía de por medio.
—Tampoco podía dejarte —admitió, en voz baja—. Y no solo por ser mi Luna. Desde que llegaste, esta manada... respira distinto. Los siameses, que odiaban a los humanos con toda su alma, casi lloran de la rabia cuando te tocaron esa noche. Nix casi muere por ti. Yo casi muero por ti. Y no es porque nos lo hayan ordenado. Es porque, sin darnos cuenta, empezamos a quererte.
Dabria sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, y no intentó disimularlo.
—Cuando te recuperes del todo —dijo, después de un momento—, quiero que me enseñes a defenderme. No a pelear como ustedes, sé que jamás podré, pero sí a no ser un peso muerto la próxima vez que algo así pase.
Meliara, por primera vez desde que Dabria había entrado a la habitación, sonrió de verdad.
—Será un honor, Luna.
------------------------------
Más tarde esa misma tarde, con los cachorros dormidos bajo el cuidado de Martha, Dabria se aventuró hasta el ala médica más restringida de la ciudadela, donde Lilith Zelma mantenía a los dos cautivos que Meliara había rescatado de la subasta de Talos.
La niña loba blanca estaba acurrucada en una esquina de la habitación acolchada, las rodillas contra el pecho, el cabello plateado cayéndole sobre el rostro como una cortina protectora. No tenía más de ocho o nueve años. A su lado, en una especie de nicho oscuro que él mismo parecía haber elegido, el chico serpiente permanecía inmóvil, los ojos entreabiertos, la piel de un tono grisáceo que no parecía del todo vivo.
Dabria se quedó en el umbral, sin entrar, dándoles el espacio que instintivamente sabía que necesitaban.
—Hola —dijo, con la voz más suave que pudo encontrar—. No voy a acercarme si no quieren. Solo quería saludar.
La niña levantó la vista apenas un segundo, evaluándola con una desconfianza que llevaba, sin duda, el peso de haber sido vendida como mercancía. No dijo nada.
—Me llamo Dabria —continuó ella, sentándose despacio en el suelo del umbral, sin cruzar el límite de la puerta—. No sé tu nombre. Si no quieres decírmelo, está bien. Podemos quedarnos aquí en silencio, si prefieres.
Pasaron varios minutos así, sin palabras, hasta que la niña, con una voz apenas audible, dijo:
—Nieve. Así me decían.
—Nieve —repitió Dabria, con una sonrisa pequeña—. Es un nombre hermoso.
El chico serpiente no habló. No se movió. Pero Dabria notó, o creyó notar, que sus ojos entreabiertos se habían desplazado apenas un grado, lo suficiente para observarla de reojo.
#640 en Fantasía
#132 en Magia
#376 en Personajes sobrenaturales
sobrenatural magia fantasia, romance 18 adolescente, magia brujas lobos alfa omega beta
Editado: 19.09.2026