Usurpadora predestinada

Capítulo 21 Semana de Vasallos

La luz de la mañana entraba oblicua por los ventanales de la habitación cuando Dabria abrió los ojos y encontró la cama vacía a su lado, aunque no en silencio: del otro extremo del cuarto llegaban risas agudas, chillidos que ya no sonaban del todo a cachorro, y la voz grave de Sauron intentando, sin mucho éxito, imponer algo de orden.

Se incorporó sobre los codos y la escena la dejó sin aliento un segundo.

Stolas, Silas y Sion ya no eran las tres bolas de pelaje negro que apenas cabían en la palma de una mano. Habían crecido, no mucho, pero lo suficiente para que sus patas ya no temblaran al caminar, para que sus chillidos tuvieran matices distintos —uno de exigencia, otro de risa, otro de auténtica travesura—, y para que Sauron, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, tuviera que usar ambos brazos para evitar que los tres se le treparan encima al mismo tiempo.

—Stolas, no. Silas, bájate del hombro de tu hermano. Sion... Sion, no muerdas la cortina.

Dabria se quedó apoyada en el marco de la puerta del baño, sin que ninguno de los cuatro notara su presencia todavía, disfrutando en silencio de una imagen que ningún capítulo del libro había descrito jamás: el Rey del Bajo Mundo, el hombre que hacía temblar salas enteras de Consejo, completamente derrotado por tres cachorros que ya entendían, con una claridad perturbadora, exactamente cómo hacer enojar a su padre sin cruzar la línea de lo permitido.

—Buenos días —dijo finalmente, sin poder contener la sonrisa.

Sauron alzó la vista, con Sion colgando de su antebrazo como si fuera una rama, y por un segundo pareció aliviado de tener refuerzos.

—Buenos días, pequeña. Mira, ya entienden más de lo que deberían a esta edad. —Sion soltó un gruñido de protesta al sentir que la atención de su padre se desviaba, y Sauron, sin perder el ritmo, lo acomodó contra su pecho—. Creo que ya es hora de que empiecen a dormir en su propia habitación. Solo un poco más cerca de la nuestra, para no perderlos de vista, pero...

—Eso es un pretexto —lo cortó Dabria, cruzándose de brazos, aunque la sonrisa no se le borraba del rostro—. Lo que pasa es que ya te muerden los dedos cuando les das de comer, y prefieres que sea otro quien aguante los mordiscos por las noches.

—Eso también —admitió él, sin ninguna vergüenza, esquivando un manotazo de Stolas que iba directo a su nariz—. Pero mira esto.

Levantó a Silas en el aire, y el cachorro, en vez de solo chillar, giró la cabeza hacia Dabria y soltó un sonido que, sin ser todavía palabra, se parecía peligrosamente a un intento de "mamá".

Dabria sintió que el corazón se le detenía un instante.

—¿Eso...?

—Todavía no es una palabra de verdad —aclaró Sauron, aunque el orgullo en su voz era innegable—. Pero ya reconocen nuestras voces distintas. Ya entienden cuando les decimos que no. Están creciendo más rápido de lo normal, pequeña. Es la sangre Enigma pura.

Dabria se sentó en el suelo junto a ellos, dejando que los tres cachorros abandonaran a su padre en cuestión de segundos para treparse sobre ella en su lugar, y por un rato largo, nadie en esa habitación pensó en Consejos, ni en vasallos, ni en traidoras escondidas en mansiones ajenas.

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Esa misma tarde, sin embargo, la tregua doméstica llegó a su fin.

—Alfa, el Gran Salón Ancestral ya está preparado —anunció Sullivan, asomándose a la puerta con su carpeta de cuero de siempre—. Las primeras familias vasallas llegan en menos de una hora.

Sauron se vistió con la formalidad de siempre, pero esta vez con un brillo distinto en los ojos: la semana de los vasallos, con todo su protocolo agotador, también significaba una de las pocas ocasiones al año en las que todo su gabinete —su padre Vikander, el Beta Valkian, el Gamma Killian, la Delta Meliara, el Épsilon Lion Velez, el Zeta Ian Marvolos— se reunía bajo un mismo techo sin que hubiera sangre, guerra o traición de por medio, al menos no todavía, con Ezra y los gemelos Hendrixen apostados en los flancos del salón como guardia de seguridad, atentos pero un nivel más abajo, al margen de los asientos de mando.

El Gran Salón Ancestral era, literalmente, más antiguo que cualquier estructura de cristal que Ouros Corp. hubiera levantado. Columnas de piedra tallada sostenían un techo abovedado cubierto de runas doradas que narraban, en un idioma que solo los ancianos del Consejo podían leer completo, la fundación misma de Erebus Black Pack, mientras que finas líneas de luz tecno-mágica corrían entre las runas más antiguas, alimentando los sistemas de proyección y registro que Sullivan había instalado sin alterar ni un centímetro de la piedra original.

El salón se elevaba en niveles, como un anfiteatro invertido. En lo más alto, sobre una plataforma de piedra negra pulida, dos tronos gemelos dominaban el espacio: el de Sauron, tallado con la forma de un lobo devorando su propia sombra, y a su lado, un trono idéntico, vacío esa tarde, reservado para la Luna que todavía no se sentía lista para reclamarlo del todo. En su lugar, un escalón más abajo, sin obstruir jamás la vista frontal del trono principal, Vikander ocupaba un asiento propio, ligeramente ladeado, como corresponde a un Alfa retirado que ya no gobierna pero jamás deja de vigilar.

Un nivel más abajo, dispuestos a ambos lados sin invadir el centro, los asientos del gabinete formaban un semicírculo discreto: Valkian y Killian a la derecha, Meliara, Lion Velez e Ian Marvolos a la izquierda, cada uno con su propio emblema tallado en el respaldo de piedra. Y todavía más abajo, en el nivel base del salón, el resto de la corte —guardias, asistentes, Ezra y los gemelos apostados como centinelas silenciosos— se distribuía a los costados, dejando libre un espacio central inmenso, iluminado desde el suelo por runas que se encendían solo cuando alguien lo cruzaba, como si el salón mismo evaluara a cada persona que se atrevía a caminar hacia el trono.




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