Ezra Hells fue el primero en verla bajar.
Estaba apostado al pie de la gran escalinata de mármol, con el rifle enfundado a la espalda por protocolo de gala, cuando el murmullo de las conversaciones a su alrededor se apagó de golpe, como si todo el vestíbulo hubiera contenido la respiración al mismo tiempo. Giró la cabeza hacia las escaleras y sintió que se le olvidaba, por un segundo completo, cómo se respiraba.
Dabria bajaba despacio, una mano apoyada en el barandal, el vestido plateado de Vespera moviéndose alrededor de sus piernas como si estuviera hecho de luz líquida, cada paso revelando y ocultando la abertura de la falda con un ritmo casi hipnótico. La Marca del Eclipse, enmarcada por el collar de obsidiana y plata, brillaba tenue bajo las luces del vestíbulo.
—Diosa del bajo mundo —murmuró Talia, a un costado, sin apartar los ojos.
Los gemelos Hendrixen, que hasta ese momento se habían mantenido con su habitual desdén felino ante cualquier cosa relacionada con humanos, se quedaron completamente inmóviles, las pupilas dilatándose apenas, un gesto involuntario de su naturaleza depredadora reconociendo, muy a su pesar, algo digno de asombro.
—Bien —dijo Axel, en voz baja, casi para sí mismo—. Bien, bien, bien.
En algún rincón de la mente de Sauron, que esperaba al pie de la escalera con el traje negro de hilo plateado ajustándose a cada línea de su cuerpo, Samael soltó un rugido bajo, mitad advertencia, mitad orgullo puro.
*«Mírenla. Mírenla todos. Y ninguno de ustedes va a tocarla jamás. Es nuestra. Solo nuestra.»*
Sauron no necesitó traducir el sentimiento en voz alta; su propio cuerpo lo hizo por él, la postura irguiéndose apenas un grado más, una advertencia silenciosa dirigida a cualquier guardaespaldas, vasallo o noble que se atreviera a mirar más de la cuenta. El susto y los celos de Samael se mezclaban, sin poder distinguirse del todo, con algo mucho más simple: un orgullo casi arrogante, el de un hombre que sabe, con absoluta certeza, que nadie más en esa sala llena de poder y sangre antigua podría reclamar jamás lo que él ya tenía.
Cuando Dabria llegó al último escalón, él la esperaba con la mano extendida.
—Te ves... —empezó, y se detuvo, como si las palabras de un CEO acostumbrado a negociar imperios enteros de pronto no le alcanzaran.
—¿Sin habla? —completó ella, con una sonrisa traviesa, aunque el pulso le latía con fuerza bajo la piel.
Sauron no respondió con palabras. La atrajo hacia sí con un brazo alrededor de la cintura y la besó, despacio, ignorando por completo a la multitud que los observaba, un beso que decía con más claridad que cualquier discurso a quién le pertenecía esa noche.
—Vámonos —murmuró contra sus labios—, antes de que decida que ya no quiero compartirte con nadie más.
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El salón de la gala, distinto al del Gran Salón Ancestral, se desplegaba bajo un techo abovedado de cristal encantado que proyectaba un cielo nocturno artificial, estrellas que en realidad eran runas de luz suspendidas en capas invisibles. Mesas con inventos, artefactos mágicos y muestras de comercio de cada rama vasalla se alineaban en los costados, mientras el centro del salón quedaba libre para el baile y las presentaciones.
Dabria sintió que los nervios le apretaban el estómago desde el instante en que cruzaron el umbral. Esto —todo esto— era territorio completamente nuevo. La presentación ante la manada, por más aterradora que hubiera sido, al menos tenía un eco lejano en las páginas que ella conocía de memoria. Pero esta gala, esta reunión de vasallos de todo el continente, jamás se mencionaba en *El Ocaso de los Amantes*. Ni una línea. Ni una nota al margen.
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La inquietud se disolvió, aunque fuera solo temporalmente, cuando Killian apareció a su lado con dos copas de champán y esa sonrisa torcida que siempre precedía a algún comentario que Sauron terminaría lamentando.
—Cuñada, ven, tienes que conocer al resto del circo antes de que la noche se ponga interesante.
La guio hacia un rincón del salón donde Valkian ya conversaba con dos hombres que Dabria no reconoció de inmediato, aunque la sola presencia de ambos parecía doblar la temperatura del aire a su alrededor por razones completamente distintas. Uno era Lord Ignis Valerius, a quien ya había visto de lejos, con esa elegancia felina de quien sabe exactamente el efecto que causa entrando a cualquier habitación. El otro, más pálido, de cabello negro peinado con una precisión casi antinatural y unos ojos de un gris tan claro que parecían casi blancos bajo las luces del salón, la observó con una curiosidad fría, calculadora, como quien evalúa una pieza de ajedrez antes de decidir si vale la pena moverla.
—Conde Alistair Nocturne —se presentó él mismo, tomando su mano con una formalidad impecable, la piel fría como mármol contra la suya—. Vampiro de sangre pura, amigo de la infancia de su esposo, y, según él mismo admitiría si tuviera el valor, la única persona en este continente capaz de vencerlo en una partida de estrategia sin usar la fuerza bruta.
—Eso último es mentira —intervino Sauron, apareciendo detrás de Dabria justo a tiempo para rodearle la cintura con un brazo, la voz cargada de un humor seco que pocos en la manada llegaban a presenciar—. Le he ganado tres de cada cinco partidas desde hace años.
—Le ha ganado tres de cada cinco porque yo le dejo ganar, para que no destruya el tablero cuando pierde —replicó Nocturne, sin una sola fisura en su expresión, aunque el brillo en sus ojos delataba que disfrutaba enormemente de la provocación.
Valerius soltó una risa grave, uniéndose al círculo con una copa de vino tan oscuro que parecía casi negro.
—Cuidado, Luna, está a punto de presenciar el único deporte en el que estos dos nunca se ponen de acuerdo: quién es más insufrible, el dragón o el vampiro.
—El dragón, obviamente —dijo Killian, sin dudarlo, ganándose una mirada asesina de Valerius que solo lo hizo reír con más ganas.
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Editado: 19.09.2026