Utopía Cristiana

Capítulo 1

CAPÍTULO 1

El Templo Vacío

El estadio respiraba.

No era exageración literaria. El Templo de la Cosecha —así se llamaba oficialmente, aunque todos lo conocían como «la megaiglesia»— era un edificio vivo, pulsante, que se hinchaba y desinflaba con el ritmo de miles de pulmones simultáneamente. Cinco mil personas ocupaban cada asiento, cada pasillo, cada espacio disponible en lo que había sido originalmente un estadio de baloncesto convertido en santuario.

Las luces descendían lentamente. No todas a la vez, sino en ondas, como si el cielo mismo estuviera parpadeando. Azules, púrpuras, dorados. Luces profesionales de nivel de concierto, controladas por computadora, coreografiadas con precisión milimétrica para cada momento del servicio.

La banda de rock ocupaba la plataforma frontal. Siete músicos. Guitarra eléctrica, bajo, batería, teclados, tres vocalistas. El sonido era cristalino, profesional, del nivel que escucharías en un concierto de U2 o Coldplay. De hecho, el productor musical de la iglesia había trabajado con ambas bandas antes de «responder el llamado» a tiempo completo. Era su orgullo, su carrera redimida ahora al servicio de Dios.

En la pantalla gigante detrás de la banda —una pantalla de cine de proporciones IMAX—, imágenes de familias sonrientes, de niños siendo alimentados en África, de misioneros plantando iglesias en aldeas remotas. Las imágenes cambiaban cada tres segundos, hipnóticas, diseñadas para evocar emoción.

El canto había sido magistral. Cinco canciones, cada una progresivamente más emotiva. La primera, alegre, casi festiva. La segunda, más reflexiva. La tercera, una balada que llevaba a la introspección. La cuarta, explosiva nuevamente, con guitarras retumbando. La quinta, suave, preparando el corazón para el sermón.

Ahora el Pastor Principal subía al podio.

Su nombre era Robert Silverman. Cincuenta y dos años. Cabello perfectamente peinado, teñido de manera imperceptible (pero notoriamente) para mantener su apariencia juvenil. Traje italiano de tres mil dólares que hacía lucir su figura de hombre que iba al gimnasio regularmente. Sonrisa que había sido trabajada durante décadas hasta lograr la mezcla perfecta de confianza, compasión y carisma.

Robert era magnético. Los predicadores carismáticos tienen una cualidad que no se puede enseñar completamente, aunque sí puede refinarse. Es algo en la voz, en la cadencia, en la capacidad de hacer que cada palabra suene como si fuera la cosa más importante jamás dicha. Robert tenía eso en abundancia.

—Hermanos y hermanas —comenzó, y su voz, amplificada a través de miles de altavoces, llenó el espacio como una sinfonía—. Hace cincuenta años, alguien se sentó en una silla como la tuya. Tal vez en su casa. Tal vez en un pequeño cuarto. Y escuchó el Evangelio. Una persona. Una voz. Un corazón que respondió.

Pausa dramática. Silencio completo en el estadio. Cinco mil personas, absolutamente quietas.

—Ese alguien fue mi abuelo.

La pantalla mostraba una foto antigua en blanco y negro. Un hombre de otra época.

—Mi abuelo recibió a Jesús. Y su vida cambió. Una vida. Una conversión. Pero no se detuvo ahí. Mi abuelo compartió su fe con su esposa. Con sus hijos. Con sus amigos. Y aquellos se la compartieron a otros. Y aquellos a otros. Y aquellos a otros.

Las imágenes en la pantalla ahora mostraban un árbol genealógico que se expandía. Una rama inicial que se dividía en dos, luego en cuatro, luego en ocho, luego en dieciséis, luego en treinta y dos, luego en sesenta y cuatro...

—¿Saben cuántas personas en este mundo hoy existen porque mi abuelo dijo «sí» a Jesús hace cincuenta años?

Pausa. La pregunta colgaba en el aire.

—Estimamos que tres mil personas. Tres mil almas en la eternidad porque mi abuelo fue fiel en compartir lo que Jesús le dio.

La banda tocaba música de fondo ahora, suave, contemplativa. Las luces azules se intensificaban.

—Y hermanos, eso es solo mi abuelo. Solo uno. Pero ¿qué hubiera pasado si mi abuelo hubiera decidido quedarse en silencio? ¿Qué hubiera pasado si hubiera dicho: «Bueno, mi salvación es mi salvación. Mi fe es mi fe. Mi viaje espiritual es privado»?

Voz más fuerte ahora.

—Tres mil almas habrían pasado la eternidad sin Jesús. Tres mil.

La pantalla cambió nuevamente. Ahora mostraba mapas. Diferentes países. Diferentes continentes. Íconos que representaban misioneros, iglesias plantadas, almas convertidas. Los números crecían en tiempo real, como un contador de páginas visitadas en internet.

—Hoy, la iglesia de Jesucristo es responsable de alcanzar a mil millones de personas que aún no han oído el Evangelio. Mil millones. Es la tarea más grande jamás comisionada. Pero es también la más urgente. Porque mientras hablamos, cientos de personas están muriendo sin conocer a Jesús.

La música se tornaba más dramática.

—¿Cuál es nuestra respuesta? ¿Nos quedamos en nuestras casas? ¿Nos enfocamos en nuestros problemas pequeños? ¿En nuestras luchas insignificantes? ¿En nuestras comodidades?

Voz fuerte, penetrante.

—¡NO! ¡La respuesta de la iglesia debe ser: «Aquí estoy, envíame. Usa mis recursos. Usa mi tiempo. Usa mi vida para alcanzar a los perdidos»!

Las luces se tornaban anaranjadas, rojas, como fuego.

—La Gran Comisión no dice: «Id y haced líderes espirituales de vuestras propias familias». ¡Dice: «Id por todo el mundo y haced discípulos de todas las naciones. Enseñad a todos los pueblos»!

Las imágenes cambiaban rápidamente. Misioneros en Tailandia. Misioneros en Congo. Misioneros en Siria. Iglesias siendo plantadas. Gente siendo bautizada. Rostros transformados.

—¡Este es el corazón de Dios! ¡Salvar el mundo! ¡Alcanzar a los perdidos! ¡Extender el Reino de Dios hasta los confines de la tierra!

La música alcanzaba su clímax. Las luces pulsaban. Algunos miembros de la audiencia lloraban. Otros levantaban las manos. El momento era visceral, emotivo, poderoso.



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En el texto hay: drama, accion, suspenso

Editado: 17.02.2026

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