Utopía Cristiana

Capítulo 2

CAPÍTULO 2

La Visitante Sin Respuestas

El servicio final fue el más emotivo del día.

Siempre era así. Robert había aprendido, a través de años de refinamiento, que la última predicación podía ser más breve, más concentrada, más destilada. Mientras que la predicación de las 9 AM estaba diseñada para alcanzar y evangelizar, la de las 11 AM era para la comunidad, la de la 1 PM era para estudiantes, la de las 3 PM era para personas mayores y nuevos en la fe.

Pero esta de las 5 PM era para los que querían más. Los apasionados. Los que habían venido tres veces ya hoy. Los que lloraban más fácilmente. A esta audiencia le predicaba Robert directamente desde su corazón (o lo que creía que era su corazón).

Esta predicación duró cuarenta y cinco minutos. Era sobre la resurrección de Lázaro. Cómo Jesús, aunque amaba a Lázaro, permitió que muriera. Cómo permitió que Marta y María lloraran. Cómo permitió el sufrimiento. Pero luego, en el momento correcto, en el momento de máximo dolor, resucitó a Lázaro.

—Así es con nosotros —predicaba Robert, su voz cargada de emoción genuina (aunque fuese emoción derivada de su técnica, no de su alma)—. Dios no siempre nos protege del dolor. A veces, permite que muramos. Espiritualmente, socialmente, emocionalmente, morimos. Pero siempre, si permanecemos en la fe, Dios tiene un plan de resurrección. Siempre. Él no nos abandona en la tumba.

Después de la predicación, como siempre, había un tiempo de «ministración». Esto era, en teoría, tiempo para consejería espiritual personal. En la práctica, era un ejercicio controlado donde voluntarios entrenados recibían a las personas con problemas, los escuchaban brevemente, les daban un folleto, y los derivaban al «Ministerio de Cuidado» para seguimiento posterior.

Pero Robert siempre estaba presente durante este tiempo, circulando, tocando hombros, ofreciendo palabras de ánimo rápidas. Era su toque personal, lo que hacía que los donantes mayores siguieran dando, lo que hacía que las personas sintieran que el pastor «realmente se importaba».

María González había estado esperando pacientemente durante este tiempo. Primero en su asiento. Luego en la fila. Luego cuando la fila se movía hacia adelante, ella también se movía, esperando su turno para hablar con Robert.

María tenía cuarenta años. Llevaba una blusa gris modesta y un cárdigan que había comprado en una tienda de segunda mano. Su cabello, que alguna vez había sido largo y brillante, ahora lo llevaba en un moño apretado que hacía que su rostro se viera más envejecido. Sus ojos eran lo más notable: eran cálidos, amables, pero también profundamente tristes.

Había estado asistiendo al Templo de la Cosecha durante cinco años. No porque fuera particularmente entusiasmada con las megaiglesias, sino porque su difunto esposo, Miguel, la había traído una vez hace seis años, y ella había querido continuar después de su muerte, queriendo sentir cerca a Miguel de alguna manera.

Miguel había muerto hace exactamente seis meses y tres días. Un accidente de auto. Repentino, sin advertencia. Un conductor ebrio que cruzó la línea amarilla. Todo terminó en tres segundos.

María había sido devota desde entonces. No de la iglesia en el sentido institucional, sino de Dios. Oraba cada mañana. Leía su Biblia cada noche. Asistía al servicio todas las semanas. Esperaba, en lo profundo de su alma, que Dios tuviera algo que decirle, algo que la ayudara a entender por qué su esposo había sido arrebatado de esta manera.

Ella había estado en el servicio de las 9 AM. Había estado en el servicio de las 11 AM. Y ahora, de manera algo obsesiva, había vuelto para el servicio de las 5 PM.

Después del servicio, esperó. Esperó mientras otros pasaban delante de ella. Esperó mientras voluntarios guiaban a personas a diferentes áreas. Esperó mientras Robert tocaba hombros y ofrecía palabras rápidas de ánimo.

Finalmente, ella estaba próxima. Su corazón palpitaba. Había ensayado lo que iba a decir. Era simple:

«Pastor, he estado muy sola desde que mi esposo murió. ¿Podría la iglesia ayudarme?»

Simple. Honesto. Vulnerable.

Pero entonces, justo cuando llegaba a estar a tres personas de Robert, un hombre acomodador que reconocía el patrón intervino:

—Señora, el pastor tiene un compromiso importante en quince minutos. ¿Podría dejarme su información y arreglaremos una consejería para otra vez?

—Oh —decía María—. Es que... es urgente. He estado esperando.

—Entiendo, entiendo —decía el acomodador, pero su lenguaje corporal no lo decía. Su lenguaje corporal decía: tienes que irte. No hay espacio para ti.

Pero entonces, milagrosamente, Robert mismo levantaba la vista, la veía.

—¿Hermana? —preguntaba, con su sonrisa característica—. ¿Hay algo que pueda hacer por ti?

María sentía saltar su corazón. Aquí estaba. El momento. El pastor la estaba viendo.

—Pastor, sí. Mi nombre es María. Soy miembro aquí desde hace cinco años. Mi esposo murió hace seis meses, y he estado muy sola. He estado viniendo a la iglesia esperando encontrar comunidad, pero...

Su voz se quebraba. Las lágrimas comenzaban.

Robert escuchaba. Su rostro mostraba compasión. Había practicado esta expresión. Ladeaba ligeramente la cabeza, fruncía las cejas, bajaba ligeramente la comisura de los labios. Compasión en treinta grados.

—Lo siento, hermana. La pérdida es muy difícil.

—Sí, pastor. Y simplemente... no sé cómo continuar. Estoy sola. Mi familia está lejos. Estoy sin trabajo ahora porque no puedo concentrarme. Y la iglesia es lo único que me queda. ¿Podría el ministerio de cuidado visitarme? ¿O podría conectarme con un grupo pequeño? Necesito hermanas en la fe que puedan...

—Marcus —interrumpía Robert, mirando a su asistente.

Marcus aparecía instantáneamente, sosteniendo una tarjeta.

—Hermana, aquí está la información del Ministerio de Cuidado. Ellos son increíbles. Te llamarán esta semana y arreglarán un tiempo. Debes confiar en Dios, ¿verdad? Él te sostendrá.



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En el texto hay: drama, accion, suspenso

Editado: 17.02.2026

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